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Noviembre 2002

Argentinos en Israel

La muerte de Julio Magrán (51) y Gastón Perpinal (15) en un ataque terrorista en Kfar Saba, a 20 km de Tel Aviv, reavivó el temor por la vida de los argentinos que residen en un país signado por la guerra. Ya son 70 mil los que emigraron a Israel y este año la cifra aumentó un 400%. Se fueron soñando con un buen trabajo, para construir un futuro con mayor seguridad… Pero, ¿hasta dónde esta búsqueda puede significar un riesgo para la vida?, ¿es Israel un destino más peligroso que los Estados Unidos o cualquier país de Europa?
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Texto: Paulina Maldonado

  • Ilanit Erijman con Jaron, su novio holandés, y Miri, también argentina, en Jerusalén.
  • Pedro Grehan eligió Estados Unidos para vivir. El destino lo encontró en las Torres Gemelas.
  • Berdichevsky en la ciudad vieja de Jerusalén.
  • La familia Cohen en el centro de Zikron Yaakov, 20 minutos al sur de Jaifa.
  • Alejandro Levin durante su instrucción militar.
  • Gastón Perpinal
  • Julio Magrán
Gastón Perpinal tenía 15 años y hacía pocos meses que había llegado a Israel con su familia. El pasado 4 de noviembre, como su en trenamiento de básquet se había suspendido, Gastón decidió dar un vuelta por el shopping más importante de Kfar Saba, una ciudad a 20 kilómetros al noreste de Tel Aviv, en la que vivía. Allí se encontró con otro argentino, el misionero Julio Magrán (51), que trabajaba como custodio en el lugar. Mientras conversaban tranquilamente, ninguno se dio cuenta de que estaban enfrentándose con la muerte. En ese momento, apareció un atacante palestino suicida, militante de la Jihad Islámica, cargado con un cinturón explosivo de 20 kilos. A esa hora, el centro comercial estaba atestado de gente, por eso Julio se lanzó sobre él y así salvó la vida de decenas de personas.

Gastón Perpinal y Julio Magrán fueron las únicas dos víctimas mortales que dejó el atentado, y sus muertes conmovieron de manera especial a los 70.000 argentinos que viven en Israel. "Por supuesto que te shockea, porque era un joven, que había ido a pasear al shopping como tantas veces vamos nosotros. Lamentablemente, eso es algo que acá le puede pasar a cualquiera. Pero en la Argentina también te pueden matar por cinco pesos o por un par de zapatillas", aseguran Roxana (38) y Mario (42) Berman, dos marplatenses que hace 19 meses decidieron mudarse junto con sus hijos, Uri (14) y Erik (8) a Ashdod, una ciudad a orillas del Mediterráneo, 45 kilómetros al sur del Tel Aviv. Ellos están felices con su nueva vida y, al igual que la gran mayoría de los argentinos que viven en Israel, deciden planear su futuro a pesar de la guerra.

Tierra Prometida, ¿tierra peligrosa?

Faltan menos de dos semanas. En tan sólo 14 días cambiará por completo su vida. Sabe que no es fácil vivir lejos de casa. Y mucho menos en un país con costumbres tan diferentes, en el que los hombres-bomba, las máscaras antigás y los controles militares son algo de todos los días. Como todos los inmigrantes mayores de 21 años, tendrá que pasar 100 días en la milicia y, hasta que cumpla 55 años, deberá dedicar un mes de su vida por año al ejército. Reconoce que ya no va a poder entrar a un shopping con la misma tranquilidad con que lo hace ahora. Pero no está nervioso. Hoy más que nunca, está seguro de su decisión. Leonardo Grinberg siente que la Argentina, su país, no le da otra opción. A los 24 años le pesa demasiado ser un desocupado más y no encontrar posibilidades de cambio. Por eso eligió abandonar su casa en la Argentina para irse a vivir a Jerusalén y arriesgarse por un futuro mejor. "Elegí el Ulpan de Jerusalén porque me pareció que era el que me ofrecía la mejor propuesta. Sé que es la ciudad donde hay más atentados y que vivir ahí es como estar en el medio de la fogata. Mi mamá no está muy convencida, tiene miedo. Pero yo trato de tranquilizarla, y le explico que en ningún otro lugar voy a encontrar los beneficios que me da Israel, un país del Primer Mundo, con un gran respeto por los ciudadanos".

Al igual que Leonardo, muchos argentinos ven en Israel una posibilidad concreta de una vida mejor. Por eso, a pesar del deterioro en el proceso de paz, la ola de atentados terroristas en las calles y de que el país no atraviese su mejor momento económico, el número de inmigrantes argentinos aumentó considerablemente estos últimos años. Según datos oficiales de la embajada de Israel, antes del año 2000 emigraban 1.000 argentinos por año, en el 2001, viajaron 1.500 y en lo que va de este año ya son 4.500 los que decidieron ir a probar suerte a la "Tierra Prometida". La emigración argentina a Israel alcanzó este año una cifra récord: aumentó un 400 % y se calcula que entre 5.000 y 6.000 argentinos se instalarán en Israel. 

En una Argentina golpeada por la crisis, con un 21 % de desocupación y 5,2 millones de nuevos pobres, las facilidades y oportunidades que brinda el gobierno de Israel son más que tentadoras. La Ley del Retorno, en vigencia desde 1948, garantiza a todo judío del mundo que decida retornar a Israel, los mismos derechos y deberes de un ciudadano israelí. Además del pago del pasaje, a los inmigrantes que permanecen cinco años en el país, el gobierno les otorga diferentes beneficios económicos: exenciones impositivas, cursos de hebreo gratuitos, obra social y seguro de salud, vivienda temporaria por seis meses y la Sal Klitá o canasta de absorción, que consiste en una ayuda económica de U$S 12.000 que se entrega a cada familia para vivir durante los primeros siete meses. Para todos estos beneficios Israel creó un ministerio especial, el Misrad Klitá, que se encarga de recibir y adaptar al país a los nuevos inmigrantes. "Nosotros estamos más preocupados por lo que pasa en la Argentina que por lo que puede pasarnos a nosotros -asegura la marplatense Roxana Berman, flamante ciudadana de Tel Aviv-. Pero entiendo a la gente que no comprende cómo podemos elegir vivir en un país en guerra. Cuando yo vivía en Argentina me preguntaba cómo sería la vida en un país como Israel. Pero la verdad es que nosotros teníamos más miedo en la Argentina. Venimos de un país donde tenés que cuidarte hasta de la sombra, que te hace sentir estafado desde el momento en que te levantás hasta que te acostás. Entonces, cuando llegás a un país como Israel, donde tenés mucha contención por parte del Estado, te sentís muy protegido y cuidado. Y entonces, empezar a apostar por la vida cobra sentido". 

Alejandro Levin (20)
"Desligarte de la realidad para seguir viviendo"
"Muchas veces pienso qué tengo acá que allá no tenía y la respuesta siempre es la misma: un futuro. En este país, si sos una persona que estudia, se dedica y le importa progresar, cuando terminás de estudiar tenés tu trabajo asegurado. En cambio, en Argentina, los arquitectos en vez de construir edificios manejan taxis..." A los 20 años, Alejandro Levin parece tener en claro lo que quiere. Llegó a Israel el 31 de enero de este año, vivió más de cinco meses en un kibutz donde aprendió el idioma hebreo y hoy está haciendo el curso de ingreso para Medicina en la Universidad Hebrea de Jerusalén. A pesar de que vive solo y sus padres se quedaron en la Argentina, Alejandro asegura que la gran comunidad de argentinos y de latinos que viven en la Universidad, lo ayuda a "no extrañar tanto". Sin embargo, cada vez que ocurre un atentado, Alejandro se acuerda de su familia. "Ellos apoyaron mi viaje desde un principio. Sé que no debe ser fácil enterarse de lo que pasa acá, pero espero que ellos lo tomen como yo, con tranquilidad. No doy demasiada importancia al tema de la guerra, creo que a veces necesitás desligarte de la realidad para seguir viviendo. Si estás pensando todo el tiempo en que te podés morir, no podés vivir". 

Familia Cohen: Ingrid (39), Alberto (45), Milton (14) y Abigail (16)
"Los soldados y aviones son parte de la rutina"

"Ni bien bajamos del avión, nos encontramos con carteles en castellano con nuestros nombres y con varias personas que estaban esperándonos para ayudarnos a hacer los trámites. Al día siguiente, ya teníamos nuestros documentos y éramos ciudadanos israelíes. No lo podíamos creer". Desde que, en agosto de 2000, dejaron su Santa Fe natal y pisaron suelo israelí, Ingrid (39) y Alberto Cohen (45) no dejan de sorprenderse de Israel. Ellos habían viajado un año antes y habían quedado maravillados con las oportunidades que podía brindarles esa "Tierra Prometida". Entonces lo conversaron con sus hijos, Milton (14) y Abigail (16), vendieron el comercio familiar y, sin dudarlo demasiado, armaron las valijas. Hoy viven en Zikron Yaakov, una ciudad a orillas del Mediterráneo, a 20 minutos al sur de Jaifa . "Nosotros queríamos crecer, y lo logramos. Acá ganamos en calidad de vida. Tenemos dos autos, vivimos en un hermoso departamento y podemos disfrutar de más tiempo libre. La salud pública es fantástica y la educación que podemos darles a nuestros hijos es inmejorable", asegura Alberto, que no se cansa de enumerar las posibilidades que les da su país de adopción. Si bien cuando los Cohen llegaron a Israel el país estaba en pleno proceso de paz y hoy afronta nuevamente una guerra, ellos aseguran que viven tranquilos. "Tenemos muchos amigos en Argentina que nos llaman preocupados cada vez que se enteran de algún atentado. Acá, encontrarse con soldados, helicópteros y aviones de guerra ya forma parte de nuestra rutina. Muchos de los hijos de nuestros amigos son soldados, pero es algo natural. La verdad es que vivimos muy tranquilos y, por suerte, en esta ciudad la guerra casi no se siente". 

Manuel Berdichevsky (36)
"En Argentina me sentía mucho más inseguro"

Primero, tuvo que vender su comercio y empezar a trabajar de remisero. Pero los clientes escaseaban y tampoco pudo seguir con eso. Después, tuvo que vender el auto. Entonces, Manuel Berdichevsky (36) sintió que su propio país, la Argentina, lo estaba forzando a buscar nuevos rumbos. Así fue como, el 26 de febrero de 2002, compró pasaje de ida rumbo a Israel. Eligió radicarse en Beersheva, una ciudad del desierto del Neguev, a 120 kilómetros de Tel Aviv, donde reside la mayor comunidad argentina. "La llaman la pequeña Buenos Aires. Por sus calles es común escuchar castellano, muchos de los negocios son de argentinos y podés conseguir yerba, alfajores, dulce de leche, y hasta dulce de batata y bizcochitos de grasa", comenta Manuel, que al mes de llegar ya tenía trabajo y hoy proyecta abrir una pizzería con un crédito del Estado. Pero, más allá de la tranquilidad económica, Manuel rescata que, a pesar de la guerra, él se siente mucho más protegido en Israel que en nuestro país. "La gente confía en el ejército y uno se acostumbra a ver soldados por todos lados, a que te revisen al entrar en lugares públicos, a que la policía corte el tránsito constantemente y a ver actuar a las brigadas antiexplosivos. Si te olvidás un bolso o un paquete en un lugar público, nadie se atreve a tocarlo y lo más probable es que termine detonado por las brigadas de explosivos. Ahora vivo en un país en guerra, pero en la Argentina me sentía mucho más inseguro y las autoridades no hacían nada. Yo agradezco infinitamente a Israel porque considero que es el lugar que me brindó la posibilidad de volver a tener la dignidad del trabajo, y eso lo defiendo a muerte". 


Ilanit Erijman (28)
"A veces tengo miedo, pero trato de superarlo"

 "Aunque resulte extraño lo que digo, acá tengo paz. En Israel siento la paz de saber que trabajo en algo que me gusta y la dignidad que eso me da. Salvo por la guerra, éste es un país floreciente. Veo futuro profesional y, en el lado muy personal, me sienta bien". Ilanit Erijman es psicóloga, tiene 28 años y desde junio de 2001 está viviendo en Nahlaot, uno de los barrios más antiguos de Jerusalén. Desde que llegó tiene trabajo y vive bien, pero sin grandes lujos. "Por supuesto me pagan por mi trabajo, pero el sueldo es bajo. No me alcanza para comprarme ropa, ni para ir una vez por mes a la peluquería, ni nada de eso", explica. A pesar de eso, está feliz. Ilanit llegó a Israel a buscar una nueva vida y la encontró. Está de novia con un holandés que llegó en la misma época que ella, con el que está esperando un hijo. Sin embargo, reconoce que no le fue fácil acostumbrarse a la vida en un país en guerra. "Entre marzo y abril de este año me sentí asfixiada por la guerra, entonces nos fuimos a una carpa de beduinos en el desierto por un par de días. Cuando volvimos decidí tomarlo estoicamente. Podría decirse que aprendí a convivir con esto. Pasé una época de pánico, pero ya no. A veces tengo miedo, pero trato de superarlo. No me privo de hacer nada por vivir en guerra. Eso sí, trato de cuidarme. Al mercado shuk intento no ir el viernes, cuando subo al autobús me fijo con atención en las caras de cada uno de los que están sentados, pero sé que los atentados son imprevisibles. A pesar de todo, elijo quedarme, tener a mi hijo y construir mi vida acá".

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