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Septiembre 2006

Deudores anónimos

Funciona desde 1995, pero después de la crisis de 2000 el grupo creció y aumentó la cantidad de reuniones, que se realizan en una parroquia de Palermo. Con una modalidad similar a la de Alcohólicos Anónimos, su misión es ayudar a sus miembros “a no gastar más de lo que ganan”.
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Texto Kari Araujo Fotos Claudia Martínez

  • 1. No tenés clara tu situación financiera (no conocés el balance de tus cuentas, tus gastos mensuales, la tasa de interés mensual de tus préstamos ni tus obligaciones contractuales). 2. Sin quererlo, olvidás frecuentemente que te prestaron pequeñas cantidades de dinero. 3. No planificás el pago de impuestos, planes de retiro u otros gastos no recurrentes pero predecibles. 4. No podés dejar pasar una “buena oferta”, hacés gastos compulsivos y no usás las cosas que compraste. 5. Tenés un sentimiento diferente al comprar cosas con crédito que al pagar en efectivo, un sentimiento de “estar en un club y ser aceptada”. 6. Vivís un drama alrededor del dinero: usás una tarjeta de crédito para pagar otra y siempre estás enfrentando una crisis financiera.
Parroquia Nuestra Señora de Loreto, Palermo, sábado a las 18 y lunes y miércoles a las 11. No son horarios de misa, sino el turno para que la iglesia funcione como sede de las reuniones de Deudores Anónimos (D.A.). ¿Quiénes son ellos? Seguramente, aquellos que se sintieron identificados con los “síntomas” descriptos en un folleto que lleva el sello de esta organización, que apunta a combatir una “adicción”, a la manera de Alcohólicos Anónimos, Jugadores Anónimos y Obesos Anónimos, cuyos participantes se reúnen en este mismo recinto, en otros horarios. “El endeudamiento compulsivo, como el alcoholismo y las drogas, son lo mismo: adicciones”, enfatiza el coordinador de las reuniones de los sábados.

“El uso de créditos no garantidos destruye nuestras vidas, lastima nuestras familias y genera otros problemas. Nos sentimos asustados. Tenemos noches de insomnio y miedo de abrir la casilla del correo por lo que podamos encontrar dentro. Algunos llegamos a desarrollar síntomas físicos de preocupación, cuando nos han acosado interminables informes de computadora, cobradores de facturas y abogados. Por esto, familiares o amigos nos rechazan, o lo que es más frecuente, evitamos encontrarnos con ellos porque les debemos dinero”, reza un “preámbulo” de D.A. Sus fundadores la definen como “una hermandad de hombres y mujeres que comparten su experiencia, fortaleza y esperanza con el propósito de resolver sus problemas en común y ayudar a otros a recuperarse del gasto y la deuda compulsiva”.

Para Ti participó en uno de sus encuentros, para recabar testimonios que –por razones obvias– no se identifican, y bastan sólo algunos para darse cuenta de que las causas que llevan a este fenómeno de endeudamiento son tantas como personas asisten a las reuniones. “Las penas son nuestras, las vaquitas son ajenas...”. La frase paterna todavía da vueltas por la cabeza de Sandra, de 43 años, que hoy la reconoce como un “estigma”. “Sólo pensar en el dinero me hace sufrir muchísimo, me aterra y me hace sentir muy insegura –revela–. A pesar de que tengo una situación económica estable, ahorro todo lo que me sobra, sin comprar nada para mí. Pero llegar a fin de mes lo vivo como un tormento, porque tengo miedo de que mañana no me quede ni un peso”. El suyo es un caso de “ataque preventivo” contra los trastornos económicos y no de los provocados por las deudas. Sin embargo, revela una relación traumática con el dinero. “Si no se frena, toda adicción puede potencialmente reemplazarse por otra, porque el problema sigue estando –advierte Carlos Titolo, psicoanalista del área asistencial de la Asociación de Psicólogos de Buenos Aires (APBA)–. Siempre estará directamente relacionado con las emociones de la persona”.

Un integrante de la reunión afirma: “La idea de que algún día podamos controlar nuestras finanzas es la gran obsesión de todos los que estamos acá”. Para conseguirlo, dentro del tratamiento se utiliza como herramienta fundamental una libreta, en la que se anotan los gastos que se realizan, y un plan de gastos, que refleja el rubro en el que suele invertir (o simplemente gastar) el deudor. Este último se analiza dentro de “un grupo de alivio”, formado por el autor del plan y dos personas del grupo, con antigüedad en el tratamiento, que colaboran con él en la previsión de los gastos futuros.

Los 12 mandamientos
A lo largo de la conversación con los coordinadores y miembros del grupo queda claro que, sobre todo, se apunta a evitar las situaciones límite, como la que hoy padece Mario, de 54 años. “Tenía siete tarjetas de crédito e innumerables préstamos en los bancos. Llamaba a uno para cancelar la cuenta de otro, y así sucesivamente. Pero llegó un punto en el que fue imposible seguir, todos los meses me olvidaba de pagar algo o, al revés, lo pagaba dos veces. No sabía lo que gastaba, ni lo que ganaba. Y lo peor fue cuando quedé desempleado y seguía usando plata que no tenía para cosas que no necesitaba. A toda hora escuchaba sonar el teléfono, veía pasar cartas bajo la puerta y sabía que eran acreedores o abogados buscando cobrar. Te vuelven loco, hay bancos que hasta te llaman el sábado por la noche. Sentí que me moría, tenía una angustia impresionante y una presión constante en el pecho”.

A lo largo de las charlas, se intenta que cada participante obtenga claves para pasar de ser un “deudor” a ser “solvente”. “Es necesario hacer un cambio personal progresivo y tratar de entender los conceptos básicos de ´Los 12 pasos de Deudores Anónimos´”, indica un miembro que hace de anfitrión. Estos se refieren sobre todo a admitir la propia impotencia ante las deudas y reconocer los defectos que permitieron llegar a tal estado. También invitan a elaborar una lista de las personas queridas a las que se “ofendió” y a las que se les provocó algún daño. Y todo de acuerdo a una fórmula de mandamiento religioso. “Habiendo obtenido el despertar espiritual como resultado de estos pasos, tratamos de llevar el mensaje a los deudores compulsivos y de practicar estos principios en todos nuestros asuntos”, es la promesa final del duodécimo paso.

“Acá hay de todo, desde chicas capaces de gastar el valor de un departamento en taxis, personas que no tienen para hacer los gastos mínimos, hasta otras que compran cosas para jamás volver a mirarlas –comenta una mujer, que concurre a los encuentros desde hace tres años–. Todos venimos por diferentes trastornos con el dinero, pero no todos somos gastadores compulsivos”. Entre los asistentes a las reuniones de Deudores Anónimos predominan los de la clase media y, si bien al principio había una marcada supremacía femenina, la tendencia cambió en los últimos años. Al respecto, una de sus integrantes cuenta: “El número de mujeres es mayor al de los hombres porque nosotras tendemos a buscar más ayuda que ellos”. Mario es uno de los hombres que exceptúa a la regla. “Mi problema empezó porque no les podía decir que no a mis hijos cuando me pedían algo. Tal vez les compraba tantas cosas porque no sabía cómo darles afecto de otra manera. Cuando me quedé sin trabajo debería haber cambiado, pero no lo hice. Después pedí un préstamo al banco...”.

El representante del grupo de los sábados explica: “Cada reunión dura dos horas: a la primera la llamamos ´de literatura´, y en ella leemos otros casos y analizamos los pasos que seguimos en cada uno. En la segunda, nos dedicamos a la charla grupal, vemos las diferentes situaciones de los presentes y aportamos recomendaciones. Hay mucha contención, porque nos entendemos y hablamos el mismo lenguaje”. Una deudora anónima, vecina de la parroquia de Palermo, refuerza la idea. “Cuando a mí se me rompe el televisor, busco un técnico, y acá es lo mismo: tenemos un problema y buscamos ayuda especializada. Cada uno tiene su historia y, por lo general, tenemos el defecto de cerrarnos en nuestro propio punto de vista, como un caballo con anteojeras. Pero al compartir tu situación individual con otras personas, la visión de los demás permite que se te abra todo un panorama que antes no podías ver... De tanto ver el árbol, no veíamos el bosque”.

(Las reuniones de D. A. se realizan los sábados a las 18:15 y los lunes y miércoles a las 11, en la parroquia Nuestra Señora de Loreto, Juncal 3115, Cap.).

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