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Julio 2006

El cura que se enamoró

Delfor “Pocho” Brizuela, sacerdote desde 1986, llegó a la parroquia Chamical, un pequeño pueblo, ubicado a 150 kilómetros de la capital de La Rioja, en 2002. En octubre del año pasado, inició una relación con Nicéfora del Carmen Maldonado (docente, separada y con dos hijos) por la que acaba de dejar los hábitos. Aquí, su historia y el debate entorno al celibato, uno de los mandatos de la Iglesia más cuestionados de los últimos tiempos.
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Texto Agustín Gallardo Fotos Maxi Didari Enviados a Chamical, La Rioja

  • Pocho junto a Niza en la casa de Chamical en la que ella vive con sus dos hijos (por ahora, él vive en La Rioja capital, en la casa de sus padres). Desde allí, planean un futuro compartido. “Creo que las cosas están dadas como para formar una familia, es algo muy probable –confiesa el ex sacerdote–. Formar una familia es otra manera de estar consagrado a Dios”.
  • Pocho en la casa parroquial donde vivió los últimos cuatro años y a la que volvió exclusivamente para charlar con Para Ti. “Ya no me corresponde estar acá”, aclaró.
  • Pocho Brizuela (45) junto a Nicéfora Maldonado (45). “Nuestro amor se fue dando solo, no lo buscamos”, confiesa ella. Y él asegura: “Con el tiempo, empecé a vivirlo como una bendición y como una experiencia de Dios”.
Rezó “el Gloria”, y en plena homilía se disponía a leer el evangelio de la tempestad –el que dice: “Jesús calma la tempestad mientras el barco se está hundiendo”–. Entonces, sintió que era el momento de hacer pública su confesión: “A veces en la vida sentimos que nosotros estamos hundidos y ahora yo estoy sintiendo eso, que tengo agua por todos lados. Quiero que sepan la verdad: tengo un sentimiento hacia una mujer, me he enamorado de ella, así que me voy de la Iglesia”, reveló Delfor “Pocho” Brizuela, 45 años, hasta hace unos días, párroco de Chamical. Luego de 20 años de sacerdocio, anunció que lo dejaba por amor a Nicéfora del Carmen Maldonado, una mujer de 45 años, separada y con dos hijos.
Era un secreto a voces en el pueblo, pero aquella tarde del domingo 26 de junio, en la Plaza Castro Barros –frente a la iglesia donde Pocho ofrecía misas desde hacía cuatro años– alrededor de 300 feligreses se quedaron estupefactos. Después, la gran mayoría de los vecinos de Chamical, localidad de 13 mil habitantes, ubicada a 150 kilómetros de la capital de La Rioja, le dio su apoyo. En la calle, la gente se le acerca constantemente para saludarlo, y muchos le ofrecen trabajo y hasta un nuevo lugar dónde dormir. A partir de ese momento, la historia del flamante ex cura fue noticia y sus teléfonos celulares (tiene dos) no paran de sonar.

De mirada amable y con el reconocido acento de los riojanos, Pocho destila sinceridad. “Tengo una doble sensación: por un lado, siento una paz interior por haber dicho mi verdad con total humildad, sin pretensión de ser aplaudido ni justificado. Y la otra, es de dolor, porque sé que mi decisión puede generar sentimientos de enojo en aquellos fieles que me siguieron durante años”, le cuenta a Para Ti en la casa parroquial, ubicada al lado de la iglesia, que abandonó apenas tres días atrás. “Ya no me corresponde estar acá”, afirma mirando la figura de un crucifijo. Su mirada parece nublarse, pero basta sólo un segundo –el tiempo en que dura pronunciar el nombre de su novia– para que su mirada recupere el brillo. “Estoy enamorado de ella”, dice refiriéndose a Nicéfora del Carmen Maldonado, docente en Chamical, de la escuela Nº 258 Rosario V. Peñaloza. Y ella se suma a la conversación: “Yo también estoy enamorada, pero nunca tuvimos la intención de que todo esto sucediera, no lo buscamos, se dio así”, asegura Niza.

Cambio de hábito
Para Pocho –criado en una familia de clase media con una fuerte ascendencia religiosa– la decisión de dejar la Iglesia no fue nada fácil. Es el mayor de tres hermanos varones (Luis y Eduardo). Su madre, María Isabel, es ama de casa y fue voluntaria de la Parroquia San Francisco en La Rioja, y su padre, Delfor Augusto, es abogado, fue ministro de Carlos Menem durante el primer mandato como gobernador del ex presidente, y diputado nacional hasta 1990. De chico, cuenta que fue un muchacho tímido, con una fuerte inclinación por las letras. A los 15 años, se acercó por primera vez a la Iglesia para ayudar a los chicos de la calle, como voluntario de la Catedral de La Rioja. “Me invitó a participar una chica que me gustaba. La verdad es que ella fue el gancho”, recuerda Pocho, revelando, ya sin tapujos, sus inclinaciones. Cuenta que en su adolescencia descubrió una iglesia “distinta” a la que se imaginaba, con párrocos sin poses, “sencillos”, despojados de sotanas permanentes, y con un fuerte compromiso social. “Me entusiasmé con todo eso, ahí me olvidé de la chica que me gustaba y le di para adelante”.

Luego, devino una etapa muy dura, la del golpe militar de 1976, en la que Pocho –seguidor de Enrique Angelelli, el Obispo asesinado el 1º de agosto de 1976– sufrió en carne propia la desaparición de familiares directos: tías, tíos y un primo. “Pese a que fueron momentos duros, también fueron muy intensos y ricos, de entusiasmo y riesgo. Ser cura era estar ´en la punta del riesgo´, y eso me apasiona”. Tras finalizar la secundaria –en 1978– entró al seminario, en la provincia de Tucumán, en el que permaneció siete años, hasta que en 1986 se ordenó como sacerdote. “Ese fue un período de libertad. No era un internado, como muchos sacerdotes dicen. Nosotros podíamos salir, hacíamos vidas normales y nos juntábamos con amigos. Por supuesto que llevábamos a cabo el celibato”, aclara.

–¿Tuviste alguna crisis en ese aspecto en esa primera etapa?
–Sí, a veces sentía ganas de volver y pensaba en que sería muy lindo estar de novio. Pero, si bien lo viví con dificultades, por suerte las fui sorteando. Era muy fuerte la atracción que tenía por ser cura.

El amor a Dios... Y el amor a una mujer
En julio de 2002, el por entonces Obispo de la Rioja, Monseñor Sigampa le asignó a Pocho que fuera a dar misa en Chamical. Y fue en ese lugar en el que, cuatro años después, Nicéfora irrumpió en su vida. “Ella tenía una gran sintonía conmigo –cuenta–. Apoyaba las causas de la Iglesia y, cada vez que terminaba la misa, solíamos conversar. Una vez me vino a buscar para que le bendijera la casa. Recién ahí empecé a saber algo de ella y me fui enterando de que estaba viviendo un momento duro por la separación de su marido”.

–¿Cuándo te diste cuenta de que te pasaba “algo especial” con ella?
–Fue a finales de octubre del año pasado, al término de una celebración, cuando ella me dijo: –Padre, ¿usted tiene un rato para que conversemos sobre algunos problemas que tengo? Ahí me di cuenta de que pasaban cosas, yo sentía que estaba pasando algo y que existía una atracción recíproca que yo ni me imaginaba. Yo pensaba: ¿qué puede atraerle a ella de mí? En cambio, era lógico que yo me sintiera atraído hacia ella, porque es muy linda. Pero ese día no pasó nada.

–Precisamente, ¿qué sentías vos en esos primeros instantes de la relación?
–Estaba shockeado. Me preguntaba: –Caramba, ¿qué es esto que me está pasando? ¿quién soy yo?. Además, ella tenía fama de ser una mujer inaccesible. Después de aquella conversación, tomamos cierta distancia, el último fin de semana de octubre nos saludamos fríamente luego de la misa y nos fuimos cada uno por su lado. Pero cuando llegué a mi casa, ella me llamó para que nos viéramos.

–¿Cuándo se besaron por primera vez?
–Fue el sábado 29 de octubre, a las 2 de la mañana, en la casa parroquial. Habíamos hablado mucho de lo que nos pasaba. Ella me dijo: “Yo no quiero pelearle a Dios porque yo creo en él. Vos sos buen cura y no te tiene que pasar esto. Me voy...”. Pero yo la paré, la tomé por los hombros y le di un beso... Fue estremecedor. Debo confesar que ese componente tan humano y tan erótico que ella tenía me desestructuraba. De ahí en más, empezamos a vernos todos los días para hablar de lo que nos estaba pasando. Al principio, era algo vivido en secreto, ya que por mi condición no había más remedio que vivirlo en la clandestinidad. Eso me tensionaba mucho, porque yo siempre he sido muy transparente.

–¿Quiénes fueron los primeros con los que compartiste lo que les estaba pasando?
–A los 10 días de esa noche del primer beso, le avisé a un cura amigo. Fui a la hora de la siesta y me quebré emocionalmente, porque veía que se me venía un problema encima. El me consoló. Me dijo: “Es lindo que te pase esto, no te aflijas”. Al poco tiempo, también se lo comuniqué al actual responsable de la diócesis, el presbítero Roberto Queirolo.

–¿Y a tu familia cómo se lo contaste? ¿Cómo lo tomaron?
–Bien, primero hablé con mi hermano Luis, quien me comprendió. Me dijo que lo que yo había hecho era un acto de libertad y que los actos de libertad suelen ser dolorosos. Con mis padres, en cambio, fue más complicado. Finalmente, en el mes de mayo les comenté que estaba angustiado y viviendo cosas y que iba a dejar la parroquia. Si bien la noticia ya se había corrido a través de una radio, ellos no estaban muy al tanto. Cuando se lo conté quedaron “tildados”, pero no les dije nada más que la cuestión central. Después, tuve una charla con mi padre como nunca antes había tenido, en la que le conté que estaba enamorado de una mujer. El me dijo que, aunque le doliera mucho, me iba a apoyar.

–¿Y ahora, cómo creés que seguirá tu vida?
–Yo ya no pienso más que lo que va a pasar mañana. Me ofrecieron trabajo de todos lados, pero esto no es mi inquietud inmediata. Creo que las cosas están dadas para formar una familia, es algo muy probable, y estoy convencido de que formar una familia es otra manera de estar consagrado a Dios.

–¿Te gustaría tener hijos?
–Por supuesto, si bien los dos somos personas grandes, lo pensamos. Tener hijos debe ser el gozo más lindo que tiene alguien que ama a otra persona. Por algunos momentos se me cruza esa imagen fuerte de convertirme en papá, aunque es algo difícil de imaginar. A veces me da miedo, porque por momentos siento que a esta altura de la vida no sé hacer otra cosa que ser cura.

–¿Te sentís en deuda con la Iglesia?
–Para nada. Lo que sí siento es culpa por no haber sido valiente un poco antes, para no hacer sufrir a los más débiles y a la comunidad que me quiere y a la que le he lastimado su fe. A esa lastimadura la pongo en la cuenta mía, en el debe mío.

–Y al revés, ¿le cuestionás a la Iglesia la imposición del celibato a partir de tu propia historia?
–Claro que cuestiono su obligatoriedad. Pero en este momento soy juez y parte, y sé que no puedo estar en los dos lados. Reconozco que con esta historia a nivel legal he transgredido una norma y me banco lo que venga (al cierre de esta edición, el administrador de La Rioja, Monseñor Roberto Queirolo, comunicaba que no sería sancionado). En cada misa, cada vez que traía el pan y el vino, decía: “Señor no sé si soy digno de estar acá”. Pero con el tiempo empecé a vivirlo como una bendición y como una experiencia de Dios. Hoy creo que, con Niza, vivo como nunca la experiencia del amor de Dios.

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