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Febrero 2005

Guido Mizrahi: el filósofo

Viajó a La Sorbona, París, por una maestría y regresó para volver a aprender todo de nuevo, y para contar y escribir que la filosofía es parte de la vida y que es cosa de grandes, chicos... y medianos.

Texto: Luciana Peker. Fotos Mariana Ruddock.

  • Antes de hablar y escribir sobre filosofía, primero Mizrahi prefiere poner las cosas en desorden y patas para arriba. "La filosofía la enseñan disociada de la vida personal de quien la estudia y a mí no me parece interesante escribir desde el conocimiento puro", asegura.
  • Mizrahi le escribe a los chicos para compartir en familia
"Los niños tienen una capacidad muy elevada de pensamiento filosófico”, asegura Guido Mizrahi, un filósofo argentino de 38 años que estudió cinco años en Francia hasta diplomarse con una maestría en la Universidad de la Sorbona, París, y que después –aclara– le tomó otros cinco años más “desaprender” lo que había aprendido para empezar a escribir.
Ahora, acaba de lanzar No se sabe (cuentos para colorear) en formato de texto y de CD con relatos que nacieron de la experiencia personal con sus propios hijos: Lucía (11), Ivana (10) y Lázaro (6), quienes ilustraron el libro que el autor asegura que escribió “para aprender de ellos”.
¿Y por qué el título? ¿Por qué decirles a los chicos No se sabe, justamente cuando quieren saberlo todo? “No se sabe es una forma de enseñarles que no todo se agota en el conocimiento”, explica Mizrahi, un profesor que dejó de enseñar en las aulas de la UBA para pasar a dar clases abiertas a todo público con propuestas tan originales como desayunos, almuerzos, cenas y banquetes filosóficos, e incluso asados y caminatas en los cuales –según el tema de estudio–, convoca a artistas, chefs, hasta masajistas… ¡y monos! “La filosofía siempre tuvo conexión con la vida”, dice, como leit motiv de un espíritu enemigo de que los libros sólo sirvan para empolvarse en bibliotecas. “Si saber sirve de algo, ese algo tiene que ser tan complejo y sencillo como ser feliz”.

–¿Por qué decís que tuviste que tomarte varios años para quitarte lo que habías aprendido en La Sorbona?
–Porque la filosofía tiene que ver, sobre todo, con la vida. En la universidad uno aprende de autores y conceptos, pero después tiene que aprender de uno, y en eso “desaprender” es una manera de vincular los conocimientos con la propia vida y a partir de ahí recién se puede decir algo. El problema es que la filosofía la enseñan disociada de la vida personal de quien la estudia y a mí no me parece interesante escribir desde el conocimiento puro. La filosofía tiene que contribuir a que los seres humanos tengamos una vida más sana, más plena, más conectada con su ser, y si no contribuye a eso es mejor dejarla de lado.

–¿Cómo surgió la idea de escribir un libro para chicos?
–A fines de 1997, con mis hijas estábamos jugando con escarbadientes después de cenar y yo les dije: “¿Quieren que les muestre de dónde salió este escarbadiente?” Enseguida me dijeron que sí y después me empezaron a pedir la historia del clavo, la del jabón, y así con otras cosas. Como la conversación se hizo tan extensa, ante cada nueva pregunta de ellas empecé a decir No se sabe, que es el nombre del libro. Me di cuenta de que esos cuentos los tenía que escribir y que valía la pena que ese fuera el primer libro que publicara, aunque tengo otros trabajos terminados. Es una decisión interna que tiene que ver con creer que la filosofía es para todos, porque este libro es para grandes, para chicos, para medianos y para ser compartido, porque es concreto y práctico. El problema es que vivimos en una época sumamente comercial. Así que yo llevé este libro a varias editoriales que me decían que las historias eran interesantes pero que no tenían un rango de edad definido. Pero eso es porque hay que segmentar las edades desde el punto de vista comercial.

–Desde la pedagogía te podrían argumentar que hay diferentes niveles de desarrollo según las edades…
–¿Y los viajes de Gulliver? ¿Y los cuentos de los hermanos Grimm? En la literatura infantil clásica no se escribía pensando en la diferencia entre chicos y adultos. ¿Qué es un niño? Yo soy un niño, cada ser humano no está condenado por lo cronológico sino por el espíritu, uno tiene todas las edades dentro de uno. La segmentación ayuda a la incorporación de productos al mercado, no al crecimiento de los chicos.

–Cuando los padres enfrentan la edad de los por qué de sus hijos, muchas veces se quedan sin respuestas y recurren al “porque sí”. En cambio, es muy difícil que un adulto diga “no s锅
–Decirles a los chicos “no se sabe” es transmitir un espíritu de respuesta. No es que digo no sé porque soy un ignorante, sino porque sé que hay temas que no se agotan sólo con el conocimiento. No hay sólo certezas, también existe la incertidumbre. Decir no sé es una actitud que tiene que ver con el asombro.

–Decís que se puede aprender de los chicos. ¿A vos qué te enseñaron tus hijos?
–Ellos me enseñaron a estar dispuesto a ver la cosa desde la imaginación, a estar abierto a que un lápiz tenga la capacidad de la metamorfosis. En la mitología griega los dioses tienen esa capacidad de transformación y uno admite eso. Los chicos tienen esa gran disposición a pensar que algo puede cambiar, lo que implica una aptitud de pensamiento muy grande. En cambio, a los adultos les cuesta mucho entender que un punto de vista puede transformarse y no es algo fijo, dogmático y único.

–¿Los chicos tienen mayor, igual o menor capacidad de pensamiento que los adultos?
–¿Qué es el pensamiento? Si es un pensamiento racional es cierto que el adulto razona más. Pero pensar no es sólo razonar, es un modo de vida. La ventaja de los niños es que pueden pensar, sentir y actuar, y por eso tienen mayor coherencia y autenticidad que los adultos. Además, viven con suma alegría el proceso de pensamiento. A veces el adulto pierde esa capacidad y cae en la tristeza, el mal humor y la negatividad.

–¿Creés en esa línea de pensamiento que asegura que tu libro compite en la atención de un chico contra la televisión y el cine?
–En la televisión y el cine hay cosas muy interesantes, como Los Simpsons o películas como Shrek. Yo no creo que la imagen audiovisual sea negativa. La violencia no es culpa de la televisión, sino del estado de tristeza que tienen los seres humanos. La violencia es un grito desesperado de pedido de ayuda. Y tiene que ver con un grado de insatisfacción, de falta de plenitud, pero se puede ir transformando lentamente, pero no con soluciones mágicas.

El libro No se sabe se puede conseguir en Caleidoscopio (Echeverría 3268, Cap.), El Faro (Gorriti 5204, Cap.), Tierra de lectores (Rivadavia 4648, Cap.) o, por encargo en el sitio de filosofía de Guido Mizrahi: www.caradepelon.com.ar.

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