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Marzo 2003

Lourdes Di Natale

Le decían "la secretaria del poder"… Le decían "loca"… Ella denunciaba. Vivió cerca del poder al que luego amenazó con sus testimonios. Tenía miedo, se sentía perseguida y amenazada, vivía sola y angustiada por su hija, a la que no podía ver. El sábado 1º de marzo su cuerpo fue hallado sin vida en el pulmón de su edificio tras caer desde una ventana de su departamento en el décimo piso. ¿Qué pasó realmente? ¿Por qué? ¿Suicidio, accidente, asesinato?
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Texto D. Fajardo/M. F. Sanguinetti. Fotos: C. Martínez/A. Atlántida. Informes y fotos: desde Mendoza J. Ponce

  • Lourdes, con su hija Agustina en su departamento de la calle Mansilla. Fue en 1997, cuando Para Ti las entrevistó y fotografió en el marco de los coletazos del escandaloso caso Coppola.
  • La ventana del 10º piso del departamento de Mansilla al 2.400 desde donde cayó.
  • El sábado 1º de marzo su cuerpo fue hallado sin vida en el pulmón de su edificio tras caer desde una ventana de su departamento en el décimo piso.
 "Otra vez, la loca de los cables!" Primero lo dijo un vecino, después otro. La misma frase se repetía en los pasillos de los tres edificios de Mansilla al 2.400, y en los de toda la manzana. Era el miércoles 26 de febrero, faltaban minutos para que comenzara el partido Boca-Colo Colo por la Copa Libertadores, y todos se habían quedado sin señal de cable. No era la primera vez que pasaba. La cuadrilla de cable ya había ido 17 veces para reinstalar la señal. Y el culpable tenía un nombre: Lourdes Di Natale. Es que la del 10 "C", como le decían, tenía problemas con el consorcio del edificio y -a modo de represalia- se dedicaba a cortar los cables. El sábado 1° de marzo, según los primeros informes policiales de la comisaría 19º, Lourdes habría intentado hacer lo mismo. Subida a un banquito, se habría asomado por la pequeña ventana del lavadero (tiene como máximo un metro y medio de ancho). Lourdes, la ex secretaria de Emir Yoma, la amante del abogado mediático Mariano Cúneo Libarona, la misma que tenía que presentarse a declarar en el sonado juicio de las armas, habría sentido vértigo, trastabillado y caído al vacío. A las 20.30, el sereno encontró el cuerpo, semidesnudo -sólo tenía ropa interior- en el patio interno del edificio. Junto al cadáver, había un cuchillo filoso y largo de los que se usan para rebanar el pan. Arriba, en una mesa del departamento quedó -intacto- un vaso de limonada.

Actualmente, la investigación está a cargo del juez en lo Criminal de Instrucción N° 14 de la Capital, Ricardo Farías. ¿Quién era en realidad Lourdes Di Natale? ¿Sufrió un accidente? ¿Se suicidó? ¿O la mataron?

La locura del poder

"La secretaria del poder". Así se la conoció a Lourdes Di Natale. Su relación con el mundo de la política comenzó en 1988. Por ese entonces, esta rubia, flaca y atractiva mujer, se convirtió en secretaria de Ramón Hernández y Miguel Angel Vicco, en la privada de la Presidencia de la Nación. En 1989, renunció para aceptar el puesto que le ofreció Emir Yoma en su empresa. Fue ahí donde conoció al amor de su vida, el abogado Mariano Cúneo Libarona, con quien tuvo a su única hija, Agustina Sol (10). Seis años después, Emir Yoma decidió despedirla ofreciéndole una indemnización que ella consideró irrisoria. Para Lourdes eso fue una afrenta. Despechada, decidió hablar, contar todo lo que había visto y oído en las oficinas de su jefe. Con el tiempo, se convirtió en una testigo clave y creíble para siete causas (la del desvío de armas a Ecuador y Croacia fue una de las más calientes). Hasta sus últimos días aseveró que sólo había revelado un 10 % de todo lo que sabía y después de su muerte se supo que había tenido la precaución de dejar documentos en una escribanía.

Mientras más hablaba Lourdes, más perseguida y amenazada se sentía. Por años una patrulla policial custodió la entrada de su casa. Para ese entonces, empezaron a tildarla "loca". El primero en descalificarla fue su ex empleador. Después se sumó Mariano Cúneo Libarona. Si hasta los vecinos de la calle Mansilla la señalaban. "Si tengo que clasificar su locura en una tabla que vaya del uno al cinco, te diría 3,50. Aunque no era de las locas que gritan", comentó uno de los encargados del edificio en donde Lourdes vivió durante doce años. Los vecinos decían que "ella no estaba en sus cabales. Un día puso un equipo de audio en el hueco del ascensor a todo volumen hasta las ocho de la mañana". Otra vecina asegura haber recibido tiros de "parte de una Lourdes desquiciada".

En cada uno de los juicios en los que estuvo involucrada como testigo tuvo que someterse a pericias psiquiátricas. En uno de esos peritajes, el doctor Mariano Castex, perito psiquiatra, la consideró como "inestable". Poco después, sus propios vecinos la denunciaron por ruidos molestos y -otra vez- tuvo que pasar por una nueva pericia psiquiátrica. Esta acusación le costó la pérdida de la tenencia de su hija, a quien no veía desde julio del año pasado.

Vivir con miedo

La periodista Marisa Grinstein, quien tuvo ocasión de hacerle varias entrevistas en su casa, cuenta que "las persianas permanecían cerradas. El teléfono sonaba todo el tiempo pero, del otro lado, sólo había amenazas. Al final del día había recibido tantas llamadas que terminaba desquiciada". Jorge Urien Berri, periodista del diario La Nación que entrevistó en varias oportunidades a Di Natale, relata que "su departamento estaba tan encerrado que lo que más recuerdo es el calor que sentía ahí. Tenía miedo de que le dispararan desde el edificio de enfrente". El departamento no tenía muebles y se venía abajo: había un fuerte olor a humedad y ella siempre estaba reclamándole al consorcio que se lo arreglaran. El 10º C de Mansilla era un fiel reflejo de la precaria situación en la que Lourdes cayó luego de perder su trabajo. Aquella mujer autosuficiente y con buen sueldo (dicen que cobraba $ 4.000 mensuales) había terminado viviendo en la pobreza. "Algunas tardes venía a pedirnos fruta porque hacía tiempo que no comía", contó uno de los dueños de la verdulería lindante al edificio de Mansilla. Según comentó a Para Ti la secretaria de la Parroquia Nuestra Señora del Carmelo, adonde Lourdes iba periódicamente a rezar -era una ferviente creyente-, en varias oportunidades obtuvo la asistencia de Cáritas. Dicen que, por falta de dinero, a veces no comía, pero todos los meses pagaba puntualmente los $ 350 por las expensas. En el último tiempo, intentó buscar empleo: a Jorge Urien Berri le dijo que quería cuidar ancianos. "Estaba avergonzada de vivir en esas condiciones. Siempre venía a la Iglesia a llorar", comentaron en la Parroquia. Estaba muy sola. Dicen que desde las denuncias, sus amigos se alejaron, y que su círculo de amistades se limitaba a dos mujeres y cuatro hombres.

Lourdes tenía algunas obsesiones. Su trabajo era una de ellas. Los periodistas Marisa Grinstein y Jorge Urien Berri recuerdan su memoria prodigiosa y llamativa: "Todo lo que ella contaba lo tenía en sus agendas. Podía recordar detalles laborales y personales de todo el mundo, desde lo que hablaban hasta cómo iban vestidos". Las enfermedades eran otro de sus temas. Un médico clínico de un conocido servicio de emergencia reveló a Para Ti que: "Tanto Lourdes como su hija se enfermaban con mucha frecuencia. La madre imaginaba que su hija estaba enferma y finalmente terminaba por enfermarla". Conjuntivitis crónicas, alergias, problemas de la piel y úlceras figuraban en la lista de las enfermedades más frecuentes del departamento de Mansilla. "Un día, Lourdes me llamó para que fuera a su casa. Se quejaba de un dolor de espalda. Le sugerí que tal vez sería de tanto dormir en el piso, sobre los colchones. Fue entonces cuando abrió un placard y me mostró dos chalecos antibalas. '¿Será por esto, doctor?', preguntó", contó el médico. Ese mismo profesional agregó que esta rubia de labios y lolas de siliconas: "Se degradaba. Pesaba 40 kilos, recién empezaba a recuperar el pelo tras una alopecia, tenía dentadura postiza". Para algunos, había perdido los por dientes tantos antidepresivos. Otros señalan que tenía bruxismo. A su hija, su obsesión más importante, la terminó perdiendo. Según Alcira Ríos, asesora legal de Abuelas de Plaza de Mayo, la abogada que estaba intentando recuperar la guarda, a Agustina "se la quitaron arbitrariamente. Nunca, en todos mis años de experiencia, he visto que un consorcio haya quitado la tenencia a un padre de su hijo y de una forma tan violenta, le voltearon la puerta y a Lourdes la llevaron al hospital Fernández para saber si estaba drogada o no".

Una madre desesperada

"Un día me dijo: 'Usted sabe, doctora, cómo me quieren enloquecer'. En uno de sus cumpleaños le dejaron un paquete con un libro sobre la locura". El recuerdo es de Alcira Ríos. El fiscal federal Carlos Stornelli también expresó lo mismo. "No estaba loca", aseveró ni bien se enteró de la muerte. Es que no hay nada que demuestre que esta mujer nacida hace 43 años (el 9 de setiembre de 1959) en San Rafael, Mendoza, haya tenido algún indicio certero de locura, sino que, más bien, hay indicios de que era una mujer acorralada. Ríos, que está convencida de que a Lourdes la perseguían, la vio dos días antes de su muerte: "La vi como nunca. Había engordado y estaba feliz". Según su familia de Mendoza, que la vio viva en enero por última vez, Lourdes seguía tan familiera y dulce como siempre fue… aunque un poco más preocupada. "La vi desesperada como madre. Ella quería recuperar la tenencia de Agustina. La nena era lo más valioso que tenía en su vida: su motivo para vivir", aseguró su tía en una conversación telefónica con Para Ti. Agustina es una de las razones por las cuales a nadie de su círculo le cierra la hipótesis del suicidio: tenía una cita de revinculación en la Fundación Casa Verde el martes 4 de marzo a las 17:30 horas. Al cierre de esta edición, las pericias aseguraban que ese salto al vacío fue un accidente. Sus allegados, en cambio, hablan de homicidio.

En lo que todos coinciden es que Lourdes vivía con miedo; ese sentimiento insondable y ese motor tan impredecible. Amenazada, sola, abandonada, traicionada moralmente, sin dinero y privada de ver a su hija, Lourdes redobló su apuesta hasta la desesperación. Con la voluntad enferma, la depresión la tomó por rehén. Vio que perdía otra vez y creyó enloquecer.  ¿Quién no?

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