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Octubre 2006

Renata Schussheim

Con una carrera que ya lleva cuarenta y dos años de intensa actividad, impuso a todo lo que hace un sello inconfundible: siempre es la misma y siempre es nueva. Ahora, en una suerte de retrospectiva, expone su obra en el Museo Nacional de Bellas Artes. Aquí, una conversación con una artista que jura no saber qué es la vanguardia.

Texto Luis Buero Fotos Axel Indik

  • Desde 1966, expone óleos y dibujos en las más importantes galerías de arte de Argentina, México, Venezuela e Italia. A partir de 1968, comenzó a alternar su trabajo en las artes plásticas con diseños de arte: realizó trabajos para teatro, ópera, ballet, comedias musicales, rock, cine y video. Trabajó junto a Lluís Pasqual en “Edipo XXI” para el Teatro Grec, Barcelona. Recibió el Premio Konex y el Premio del Fondo Nacional de las Artes, el Premio Florencio Sánchez y el ACE en varias oportunidades. Epifanía reúne un poco de todas las disciplinas que hizo suyas: dibujos, instalaciones, esculturas, diseño de vestuario.
  • A puro brillo y pelo alborotado, una imagen que remite a los años ochenta.
  • Renata entre sus conocidas esculturas con cuerpos humanos y cabezas de perro. “Me llevo muy bien con todos los animales –confesó en la charla con Para Ti–, será por eso que estoy sola...”
Tiene el cabello rojo como el fuego y unos ojos clarísimos que parecen descubrir una revelación en cada cosa que presencian. Y aunque en las revistas y en sus autorretratos aparece seria, meditabunda, triste o inquietante, en persona es todo lo contrario. Una sonrisa constante y la buena onda acompañan todo lo que cuenta. Hasta el próximo 12 de noviembre los visitantes al Museo Nacional de Bellas Artes tendrán la oportunidad de disfrutar Epifanía, la nueva exposición-instalación de Renata Schussheim (57), una bellísima conjunción de pinturas, esculturas, fotos, diseños de vestuario, luces y sonidos especialmente preparados por su hijo Damián Laplace (35), que resume parcialmente algunos hitos de su diversificada carrera. Pero no es una muestra más para mirar en silencio cuadros colgados en un salón de luces amarillentas. Nada parecido. Entrar es iniciarse en un viaje por una puesta en escena con fondo negro y murmullos de mar , una inquietante fiesta de la imagen que obliga a abandonar el rol del turista curioso para transformarse en un personaje más.

–¿Provenís de un hogar de artistas?

–En parte, mi abuelo era periodista y mi abuela era muy compañera de él, era una persona con mucho sentido del humor, y su casa era un lugar adonde venían los artistas que estaban de paso por Buenos Aires, sobre todo actores de teatro judío, escritores, pianistas... Ahí viví lo que era un poco la bohemia en esa época. Pero claramente de chica dije: “Quiero ser dibujante”, y a los 9 años ya empecé a estudiar dibujo, o sea que fue muy definida mi vocación por suerte. En general, soy más dibujante que pintora, y dibujé muchísimos años en blanco y negro.

–Qué curioso: en tus pinturas abunda el rojo …

–Me gusta mucho el rojo, lo asocio con la vida, con la sangre…

–¿Cómo llegás al teatro?
–Oscar Araiz me pidió que hiciera el vestuario para Romeo y Julieta, y en esto fui una autodidacta, todo lo que concierne a la producción en teatro lo fui aprendiendo con el tiempo. Pero después apareció en mi vida la música, el video-clip. Finalmente, cuando empecé a hacer exposiciones grandes fue cuando comencé a mezclar las cosas. Hasta llegar a Epifanía, que es donde la “licuadora” está funcionando con los elementos necesarios. Acá está todo (se ríe).

–¿Epifanía es una retrospectiva?
–Estaba planteada así, pero la palabra retrospectiva me resulta antipática. Yo preferí hacer algo más espontáneo, libre, tomando especialmente los últimos veinte años, con cosas representativas de cada disciplina. Por ejemplo, de mi paso por el rock hay un afiche nada más. Yo no quería hacer una selección específica, no quería documentar.

–Es como una puesta en escena…
–Siempre mi trabajo fue muy visual y la iluminación es fundamental para valorizar el objeto.

–¿Te considerás una artista de vanguardia?
–Vanguardia es una palabra que para mí no tiene significado, no sé qué es. Prefiero la palabra estilo, que hace reconocible a un artista. Eso le da una identidad. Además, soy bastante difícil de encuadrar, porque estoy en ámbitos muy variados, gracias a Dios.

–O sea que no tenés imitadores o creaste un movimiento…
–No. El otro día vino a ver la muestra una pareja de americanos y me decían que yo como artista soy la versión femenina del marido de la cantante Björk, Matthew Barney, cuya obra desconozco, pero lo voy a buscar en Internet, pues siento que tengo un hermano por ahí sin saberlo…

–En tu muestra hay vestidos dorados sin personas que parecen estar habitados y en serie como fotogramas, una sirena que mira el mar de espaldas apoyada en una baranda de barco, estatuas de hombres o mujeres con cabeza de perros o pájaros, ¿te preocupa que la gente interprete tus ideas?
–Al contrario, me encanta que cada uno proyecte su película en cada trabajo, no quiero dar explicaciones porque cada uno tiene su propia vivencia. Me gusta mezclar figuras humanas con animales, me llevo muy bien con todos los animales, especialmente con los perros, y tengo muchos, será por eso que estoy sola (ríe) …

–Es que las figuras humanas de tamaño natural provocan una sensación extraña…
–En Recoleta había hecho unas mujeres que se estaban bañando a nivel del piso, una imagen plácida, bucólica, placentera, y un señor horrorizado se quejaba: “¡¿Y esas mujeres que se están ahogando?!”. Yo puedo saber o no del todo lo que quise decir, y cuando alguien busca entenderlo yo le pregunto: “¿Para usted qué es esto?”. Porque… ¡qué importa lo que yo quise decir! Lo único que me interesa es que la obra se termine de construir en la mirada del otro. Totalmente, viene mucha gente a mis exposiciones, y de diferentes lugares, incluso personas que nunca pisaron una galería y que leyeron una nota y sienten curiosidad, y te dan una devolución enorme, directamente o dejándote mensajes en un cuadernito que hay en la entrada.

–¿Es fácil ser artista plástico en nuestro país?
–No, en cuanto a la obtención de becas, apoyos, planes de estudio, proyectos, es un infierno (ríe), igual que para un científico. No va a venir alguien a preguntarte: “¿Qué tenés ganas de hacer?, te doy el dinero, tomate un año sabático y hacélo”. Eso aquí no existe. Y a nivel de política cultural tampoco sucede.

–¿Y cómo lograste entonces tu abracadabra?

–Lo único que me mueve siempre es la fuerza del deseo. El deseo es lo que me impulsa y hace que consiga las cosas, que contagie a otro. Porque estoy como una posesa queriendo hacer un proyecto y finalmente convenzo a un señor que me apoya y que lo único que ve es a una loca dándole importancia increíble a una obra que quiere hacer (ríe otra vez).

–¿Y ser mujer no te complicó las cosas?

–Yo no lo sentí así, (se queda pensando) y eso que he trabajado en el mundo del rock que es bastante machista. Una sola vez me pasó, hace muchos años, con un galerista italiano, en Roma, que me pidió que en mis cuadros pusiera sólo Schussheim, porque al firmar como mujer se cotizaban menos (se ríe). Por supuesto que lo odié y firmé con mi nombre y apellido, pero me impresionó su pedido.

Chica mágica y misteriosa


En Epifanía sus obras son intrincadas, llenas de simbolismos, el rostro de Renata y el de sus, a veces, indefinidos personajes miran fijo a los ojos del espectador provocándole una agradable incomodidad, una conexión distinta en la que el visitante también es observado.
Un galán ocasional que quisiera conquistarla podría preguntarse: “¿Qué le digo a esta chica?”.

–¿Vos creés que das una imagen de mujer complicada, difícil, inalcanzable?

–(Se ríe sorprendida) No, para nada. Yo vivo a media cuadra de un supermercado y te digo que lo que más me calma los nervios en la vida es ir con el changuito a hacer las compras. Me encanta cocinar, ver películas en casa…

–Pero por ahí te da por tener una dieta de arroz integral y té de soja…
–(Se ríe divertida) No, yo como de todo y soy absolutamente carnívora, soy la persona menos light que hay en la vida. Y hoy me siento mal porque anoche festejé mi cumpleaños y me maté comiendo de todo. Y me encanta probar comidas distintas cuando viajo…

–¿Lo etéreo sólo para la hora de crear?
–Sí, yo tengo 57 años y desde los 15 trabajo en una profesión que es realmente inestable. Y viví toda mi vida de esto –a veces mejor, otras peor–, siempre evitando meterme en una actividad que me impusiera una relación de dependencia para lograr un sueldo fijo o una seguridad económica. Yo fui madre a los 21 años y me separé muy joven, y crié a mi hijo y lo mantuve al mismo tiempo que exponía, en una época más difícil que la actual para una mujer sola, en este aspecto.

–Y en respuesta a ese esfuerzo recibiste muchos elogios, premios internacionales, reconocimiento…
–Hay un texto que escribió sobre mí, hace muchos años, un periodista venezolano y que yo incluí en un libro que se acaba de publicar con fotos de mis trabajos. Era un crítico que comentó que mis dibujos le hacían acordar a las tapas de las viejas revistas Para Ti, a los folletines, al mundo de Manuel Puig, y a mí me pareció muy hermoso que hiciera esas asociaciones, y más siendo un extranjero. En ese texto, él se preguntaba cómo iba a ser mi futuro, cómo me iría a desarrollar yo como artista, y bueno, supongo que me he desarrollado bien (ríe y brinda con agua mineral sin gas).

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