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Junio 2017

Romina Richi: "El reconocimiento cayó en desuso"

Luego de tomarse un tiempo para ser mamá, la actriz vuelve al ruedo con una obra teatral. Defensora del perfil bajo y la intimidad, asegura que la fama le ganó al mérito y la trayectoria. En esta charla se anima a hablar de la maternidad, la relación con sus exparejas y de su actual amor.
  • "Yo siento que en esta época el reconocimiento cayó en desuso", expresó Romina.
  • "Creo en el amor para toda la vida. A mí no me pasó nunca o no me pasó todavía. Pero puede ser que exista".
  • Romina recostada en la reja estilo francés y art deco del Hotel Sofitel Arroyo
  • La hora de la calabaza es el unipersonal con el que Romina vuelve a las tablas. Viernes y sábados a las 21, en el Teatro Payró.
  • Valentina, Margarita y Bethania, las tres hijas de la actriz en la casa que comparten.
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Es miércoles, faltan dos días para el estreno de La hora de la calabaza y Romina Richi (38) se está empezando a poner nerviosa. No es nada que no haya hecho: a los 19 años tuvo su primer unipersonal, que incluía un desnudo. Sin embargo, el formato de la obra de teatro que se sostiene sobre sus hombros no parece el más fácil para alguien que se reincorpora después de tener a su tercera hija.  Ensayos, entrevistas y ruedas de prensa son parte del combo de la previa al estreno de la obra en el teatro Payró. Entre una y otra cosa hay mensajes de WhatsApp y fotos en las que ve a Bethania (16 meses) en los brazos de sus hermanas: “La extraño muchísimo y ella me extraña a mí también. Pero ya sé que esta etapa es la peor; cuando pase el estreno son dos funciones semanales”, se consuela.

Romina empezó a trabajar a los 12 años, pero a los 19 ya esperaba a Valentina (19), la hija que tuvo con el director de cine Máximo Gutiérrez. Seis años más tarde, en pareja con Fito Páez llegó Margarita (12) y once después volvió a los pañales con “Betha”, fruto de su relación con el DJ brasileño Walter Abud (31).

Fuiste madre a los dieci, veinti y treinti. Deben haber sido maternidades muy distintas... Sí, es gracioso porque incluso en el grupo de Margarita –que es la segunda– ella me dice: “mamá, sos la más joven”. En el de Valen no hay madres de mi edad ni por casualidad y con Betha, que podría estar más en la media, yo me siento la abuela. Trato de criarlas igual a las tres, pero es obvio que no es lo mismo… Además, hay algo que yo entendí a medida que las tuve: cada niño viene con un chipcito, algo muy personal. Uno los puede educar igual, pero después ellos van a ser diferentes: tienen sus miedos, su personalidad. Es impresionante.

¿Las tres chicas viven con vos? Sí. Igual es muy dinámico; mi casa queda enfrente de lo del padre de Valen y hacemos programas juntos, igual que con Fito. Sin ir más lejos, anoche cenamos mi pareja (N. de la R.: Walter Abud) y con Fito y la suya.

¿Qué tipo de madre sos? Me gusta que las chicas sepan que estoy, sin ahogarlas. Trato de mostrarme como soy, de compartirles las cosas que me pasan: si estoy contenta, estoy contenta y si estoy triste, lo mismo… No me gusta eso de caretearla con los hijos… Por supuesto que Valentina tuvo su momento de adolescencia y más rebeldía que la llevó a poner distancia, pero es lógico.

De hecho vos también tuviste tu imagen de chica rebelde. Sí, puede ser. Aunque mucho tiene que ver con los prejuicios o la imagen que la gente se hace: “es rebelde o rockera, seguro es re drogadicta porque sale con Fito”. Yo siempre fui rebelde en cuanto a que no creo que las cosas sean necesariamente de un modo, pero me imagino que eso tiene que ver con lo que hago.

¿Cómo te llevás con la fama? No, no. Ya la palabra es como que me repulsa. Ayer (N. de la R.: en la comida con Fito) justo hablábamos de eso: de cómo el reconocimiento cayó en desuso respecto de la fama. Me encanta el reconocimiento porque es algo que tiene que ver con una trayectoria y un mérito. Yo siento que en esta época el reconocimiento cayó en desuso.

Yo me apasiono bastante, pero la verdad es que me duran. Se ve que me gusta eso de aferrarme. Para mí después viene el amor, siempre

SOBRE HÉROES Y PRINCESAS. Walter Abud y Romina se conocieron hace 6 años, justo antes de que él se casara con una francesa y ella también empezara una relación con un francés. “Nos pasaron cosas muy raras como que estando los dos en pareja, nos encontramos en un bar en San Pablo con nuestros respectivos. Una cosa totalmente improbable de darse. O que los dos nos separáramos con una semana de diferencia”, cuenta ella. A esa segunda coincidencia le deben el inicio de un romance que enseguida se formalizó e hizo que el DJ y productor no dudara en mudarse a Buenos Aires.

Él es tu segundo novio extranjero, ¿se sienten las diferencias culturales? Sí, se re sienten. Obviamente, con un latino un poco menos. Hay diferencias que son lindas porque siempre en lo diverso hay algo que está bueno.  Justamente de eso trata la obra: de ese momento en el que te das cuenta de que los defectos del otro ya no te gustan tanto porque se terminaron el idilio y la pasión, y entonces empieza la realidad. Ahí es donde viene el amor verdadero o todo se termina.

¿Sos muy enamoradiza? Yo me apasiono bastante, pero la verdad es que me duran. No soy de deslumbrarme un mes. Se ve que me gusta eso de aferrarme (N. de la R.: se ríe). Igualmente, para mí después viene el amor, siempre. Basta mirar las relaciones que tengo con mis ex; será otro tipo de amor, pero es amor.

¿Todas las relaciones tienen su “hora de la calabaza”? Sí, eso es lo que dice la autora y yo coincido. De que se supere o no dependerá qué pase: si después de la hora de la calabaza viene el amor, lo que sigue será algo distinto, pero más real.

¿Creés que existe el amor para toda la vida? Sí, totalmente. Por supuesto que el amor se va modificando también, pero yo pienso que existe, ¡ojalá que sí! A mí no me pasó nunca o no me pasó todavía. Pero puede ser que exista.

texto LUCÍA BENEGAS (lbenegas@atlantida.com.ar) fotos CLAUDIA MARTÍNEZ producción SIL MAFFUCHE

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