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Estar mejor

Abril 2017

Cómo estar bien: actitud 90/10

La reacción que tengamos frente a los imponderables de la vida diaria, hará la diferencia entre tener un día bueno o malo. Flexibilizar posiciones, poner distancia y tomar el control de la situación… en eso se basa el principio 90/10. Te contamos de qué se trata.

La reacción no es lo de menos, la actitud no es un detalle. Lo es todo. O casi. Al menos según el principio que propuso el conferencista y motivador americano, Stephen Covey: el 90 por ciento de lo que vivimos depende de cómo nos paremos frente a los imponderables, del modo en que enfrentamos ese 10 por ciento que no depende de nosotras. En otras palabras: no podemos crear la realidad –la vida manda–, pero sí lo que hacemos con ella. Como solía pensar el filósofo francés Jean Paul Sartre lo importante, lo realmente determinante, no es lo que pasa sino lo que hacemos con lo que nos pasa. La felicidad depende de esa variable. Por ejemplo, comparte Covey en sus libros (el más importante, el bestseller que lo catapultó antes de su muerte en 2012): a tu hija se le resbala la taza con leche chocolatada y te mancha la camisa justo cuando estás por salir para una reunión… ¿y entonces vos? A: ¿Te enojás y le gritás? B: ¿Le decís que tenga más cuidado la próxima vez y te vas a cambiar? Si optás por la primera, desatás un huracán de mal humor que puede terminar así: nena llorando, pierde el transporte, llega tarde a la escuela. Vos manejás nerviosa y encima cuando llegás a la reunión te das cuenta de que te olvidaste la billetera. Todos enojados. Drama absoluto. Ahora bien, si en el juego de elegir la propia aventura hubieses optado por la opción B, es muy posible que la jornada no fuera tan desapacible y atravesada y el accidente del desayuno no habría tenido trascendencia.

Otro caso: salimos temprano para llegar a tiempo a un turno médico, pero la calle es un caos. Caminando hubiéramos llegado más rápido, pero ya estamos arriba de un colectivo, de un taxi o al volante. ¿Qué hacemos? A: Nos alteramos tanto que nos convertimos en un cable de alto voltaje. Nos llama un jefe y hacemos un comentario tan impertinente que posiblemente nos complique la semana. B: Asumimos la situación irremediable y aprovechamos a contestar mails pendientes, llamar a una amiga, ordenar la cartera. Una situación hipotética más: tu novio te va a buscar a aeroparque a la vuelta de un viaje y llega media hora tarde. Vos te enojás por la dilación antes de que pueda explicarte el porqué, él se ofende, vos le contestás que es un desconsiderado y así hasta la ira infinita. Y en lugar de tener un reencuentro romántico, terminás llorando en tu casa sintiéndote la más desamparada de la tierra. Es posible que el final hubiera sido más parecido al que esperabas si en lugar de enojarte con la situación inesperada y saltarle a la yugular a tu novio, hubieras escuchado sus razones. Esforzarnos por mantener una posición positiva frente a los imponderables de cada día puede ahorrarnos toneladas de angustia. Especialmente si tenemos en cuenta que la fórmula Covey puede tener desbalances.  

El 90 por ciento de lo que vivimos depende de cómo nos paremos frente a los imponderables, del modo en que enfrentamos ese 10 por ciento que no depende de nosotras

Como dice la psicóloga Beatriz Goldberg, al diez por ciento de lo que sucede “a pesar nuestro” hay que sumarle las porciones de hijos, parejas (y ex propios y ajenos), madres, jefes, compañeros de trabajo, amigos y la fila sigue... “Son muchísimas las variables que una no puede controlar. Tener una posición positiva frente a los imprevistos es clave para no angustiarse y para frenar el efecto dominó que suele iniciar una reacción temperamental”, explica Goldberg. Si ponés distancia con la situación incómoda y ensayás una actitud más liviana (a veces funciona impostar una sonrisa), podés pensar con claridad, diferenciar –no es que todo sale mal y el universo conspira en tu contra– y tenés más chances de resolver el problema. El investigador en Neurociencias y autor de Mapas Emocionales, Federico Fros Campelo, lo pone en estos términos: “Si bien es difícil validar científicamente el porcentaje que ocupa el azar en nuestras vidas, poder aplicar el principio 90/10 alienta el bienestar. El mundo se nos presenta de manera imprevista y no podemos gobernarlo, pero nuestro cerebro funciona mucho más atento y despierto si logramos domar nuestras respuestas automáticas (virulentas y rabiosas) frente a lo que ocurre. Claro que, como cualquier otro autoentrenamiento emocional, el desafío de tomar las riendas en la privada tormenta temperamental suele ser complejo”.

HACER ALGO DIFERENTE. La aceptación (que no es sinónimo de resignación) y el reconocimiento de las propias reacciones es primordial para controlar la mente, la única posible de ser monitoreada. Lo explica la profesora en Ciencias Biológicas y facilitadora de Mindfulness, Anahí Pugliese. “Si además de tener que afrontar un problema o imprevisto, le agrego pensamientos automáticos, magnifi co el tormento y no soy una buena compañera para mí misma”. Con ella coincide la especialista en Trastornos de ansiedad y conductas adictivas, Adriana Waisman: “Cuando transitás la vida con pensamientos disfuncionales y dicotómicos (a todo o nada, ‘lo hago todo bárbaro o soy una fracasada’), generalizás (sacás una conclusión de una evidencia parcial, ‘no me llamó hoy, se borró’), te autocondenás (‘yo siempre fui así’), terminás padeciendo y perdiendo libertad y autonomía”. En definitiva, se trata nada más y nada menos que de controlar las frases tramposas para cincelar y elegir qué realidad queremos vivir. Con qué muletillas, canciones y mantras: 90/10 tiene hasta buen ritmo.

textos MARA DERNI (mderni@atlantida.com.ar)

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