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Personajes

Octubre 2005

Gabriela Arias Uriburu

Hace siete años su ex marido le sustrajo ilegalmente a sus tres hijos y se los llevó a Jordania. Desde entonces, ella pelea por no perder el vínculo mientras libra una batalla cuyo final vislumbra cercano y exitoso. En agosto pasado estuvo tres semanas con ellos. Hoy, de regreso a la soledad de su casa, reflexiona sobre la maternidad, el crecimiento de los hijos y el desapego.

Texto: M. I. Viturro. Fotos: G. Sancricca/Gentileza G.A.U.

  • Para Gabriela el humor siempre fue su mejor aliado. “El humor siempre tiene que estar presente, hasta en el momento más caótico y más tremendo”, asegura.
  • En agosto pasado, ella pudo disfrutar tres semanas con sus hijos Karim (13), Zahira (11) y Sharif (9) en Jordania. Fue un encuentro muy especial donde se puso en evidencia que su relación está “cada vez más fuerte”, a pesar de la distancia.
  • Gabriela Arias Uriburu en su casa de Barrio Norte.
El día de la madre se anticipa difícil para Gabriela Arias Uriburu. Ella no espera nada: ni regalos, ni reuniones ni los abrazos de sus hijos. Se contenta con saber que ellos están bien, a la distancia, a 12.300 km. Pero eso ya no la angustia. Ya pasaron siete años de aquel día en el cual su ex marido los sustrajo ilegalmente de su hogar en Guatemala. Pero esa fatalidad no la paralizó, no le agrió el corazón ni destruyó su espíritu. Al contrario, a fuerza de voluntad Gabriela logró desarrollar una relación con sus hijos que es única, cada vez más fuerte y tan sólida que la distancia hoy no le hace mella. “Mi lucha es una conquista del amor. A mí me molesta que digan que yo soy especial, una elegida. Yo soy simplemente una madre que ama por sobre todo a sus hijos y ellos saben que me voy a sacrificar hasta el final por ellos, y que yo estoy siempre para ellos. Hay noches que las paso en vigilia porque acuno a la distancia alguna preocupación de Karim (13), Zahira (11) y Sharif (9)”.

–Vos decís que no te gusta que te cataloguen como una madre distinta, pero sos una madre a distancia. ¿Cómo soportás el desapego?
–Es un trabajo enorme y de todos los días. Es el trabajo que tendríamos que hacer todos los papás, porque no podemos depositar en nuestros hijos nuestras ilusiones, nuestras frustraciones, nuestros deseos y nuestra vida. Nuestros hijos no vienen a cumplir con la historia del padre o la madre, vienen a cumplir con su propia historia. Mis hijos tienen derecho a hacer su vida. Pero para poder llegar a esta reflexión yo tuve que leer mucho de filosofía y antropología. Por otro lado, la vida y los chicos me van pidiendo ese desapego. Además hay una parte mía que tiene que ver con la fe: una de las grandes cosas que te ayudan al desapego es la parte espiritual. Uno nace solo y muere solo, pero tenemos tanto miedo a morir y tanto miedo a vivir que vivimos apegados. Todo esto es un trabajo que hago diariamente.

–¿Y te resulta tan fácil cómo lo estás contando?
–No, hay días que no puedo, que le pido ayuda a Dios. Hubo momentos en Jordania, en este último viaje (estuvo tres semanas durante el mes de agosto) en que me angustiaba mucho porque estaba muriendo una parte mía. Estaba muriendo una madre y estaba naciendo otra madre más desapegada que les estaba entregando vida a los chicos. Mi confesor espiritual me dice que la tarea de una madre es simplemente esa. Porque una madre da a luz y los entrega a la vida, y me dice que lo que estoy haciendo es lo que arquetípicamente una madre tiene que hacer.

–¿Qué cambios encontraste en este último viaje?
–Los chicos están más grandes y van hablando más. Ahora tienen 13, 11 y 9. Sharif se convierte en un bebé y me dice “Cómo te quiero, mami”. Le encanta mi comida y desde ahí desarrollamos mucho el vínculo, aunque yo esta vez fui con la idea de no estar tanto en la cocina, no pude, enseguida me pidieron la pizza y los panqueques. Karim, por su parte, está en la adolescencia brutal. Está en una etapa en la cual está cortando el cordón, pero es un caramelo. No habla mucho y de repente se me acerca y me da unos abrazos tremendos. Tiene sus tiempos y se los respeto. Hay cosas que cuesta que me las diga pero yo sé que con una mirada ya está. Yo creo que Karim tiene una gran lucha interior. Antes de llegar a Jordania me dijo que él estaba teniendo una vida feliz y que eso era gracias a mí.

–Me imagino que su historia los ha unido de una manera muy intensa...
–Sí, pero cuando yo llego compiten. Es un tema, porque tengo que estar dándoles tiempo a los tres y Zahira me acapara mucho. Ella está en pleno desarrollo como mujer. Cada año que va pasando yo les digo que no tengo la juventud de antes. Ya tengo 40 años y siento que la edad me pesa. Yo les digo que a medida que ellos van creciendo voy dando ese paso al costado tan necesario que a los padres nos cuesta tanto, para que los chicos desarrollen sus alas y vuelen.

–¿Como hacés para disimular el dolor ante ellos?
–Yo no tengo la cotidianeidad de poder abrazar a mis hijos, de darles los buenos días, las buenas noches y reírme con ellos. Entonces imaginate que cuando yo los veo se me abren las puertas del cielo y todo lo demás desaparece. Yo soy una madre muy vinculada a lo sensible, desde la emoción. Siempre digo que seré una madre inspiradora para ellos, una mamá que les inspira una fuerza tremenda y mucho coraje. Cada viaje a Jordania es como si fuera a visitar a mis tres enamorados porque mi ropa tiene que estar perfecta, con rico olor, yo tengo que estar divina y de buen humor, a pesar de todo. Porque ellos se fijan en cada detalle y cuando yo me voy les queda mi imagen. Si les queda la imagen de una madre que llora y está desgarrada, eso es lo que les queda en el alma.

–¿Ellos te preguntan cómo es tu vida en Bs. As.?
–Sí, siempre. Uno de los mejores recuerdos que me llevo de este viaje es cuando les mostré un DVD de mi vida acá en Argentina. Ellos pudieron ver la historia de su mamá y quedaron encantados. Lo primero que me dijeron fue “¡Con qué felicidad te levantás!” Y yo por dentro me digo: “Si yo pude con esta historia, yo ya traspasé mi vida”, entonces yo disfruto de levantarme, de mis mañanas, de tomar mate, de mi clase de yoga y de mi gimnasia. Se mataron de risa al verme en la peluquería. Los filmé cuando estaban viendo el video y no se movieron un sólo instante, estaban muy compenetrados. Fue un momento maravilloso.

LA ESPERA INTERMINABLE. A principios de este año Gabriela Arias Uriburu publicó Jordania, la travesía. En busca de mis hijos (Atlántida), un libro que repasa su vida y su lucha por defender sus derechos. Hoy ella está casi segura de que la pesadilla que comenzó el 10 de diciembre de 1997 está muy cerca del final. Si bien Gabriela guarda reserva en cuanto al proceso judicial, adelanta que el caso está en camino de cerrarse. “Mi divorcio ya está listo en Jordania y está llegando a Guatemala, ahora se cierran las causas en Guatemala y no hay más pedidos de restitución por mi parte. La tenencia le queda a Imad, mi ex marido, hasta la mayoría de edad de los chicos (en Jordania se obtiene a los 15 años). El se compromete a darme dos visitas por año, tres semanas de corrido salvo los fines de semana”.

–Con esta resolución del caso vos estás cediendo muchas cosas. ¿Estás en paz con esta decisión?
–Yo estoy cediendo todo. Pero no es mi paz, es la de mis hijos. La historia ya me lleva a mí, y me está pidiendo que haga determinadas cosas. Con esto se cierra la causa y paso a ser una mujer vinculante de Oriente y Occidente en Jordania, y eso no es poca cosa. El tribunal musulmán me valora como madre y empieza mi trabajo de cercanía entre ambos países. Y ahí es donde yo voy a hacer una gran apuesta en acercar las culturas. La tengo que hacer porque eso va a ser para mis hijos. Mi proyecto es que ellos lleven al encuentro de Oriente y Occidente. Yo no creo en el desencuentro. Imad y yo tuvimos un desencuentro pero una posibilidad de encuentro mediante nuestros hijos. Yo creo que todo el cambio del progreso que va a necesitar el Islam lo van a traer todos los chicos. No sólo mis hijos, porque forman parte de una generación que tiene acceso a Internet y van a necesitar de Occidente para poder vivir.

–¿Y de ahora en más qué sigue?
–Lo primero que estoy haciendo ahora es hallarme. Porque empieza otro camino hacia mis hijos y hay cosas con las que tengo que cumplir.

–¿Este es el momento de pensar en vos?
–Sí, el tema es que ahora tengo más lugar para pensar en mí. Mi terapia me lo pide. Si yo no hubiera empezado a poner mi persona en el lugar donde tengo que ponerla en algún momento la lucha habría tenido una grieta. Porque primero fui mujer y luego madre, pero me es más fácil vincularme con la mamá que con la mujer que hay en mí. En terapia tuve que ir a la mujer y fue muy doloroso, porque el día en que Imad secuestró a los chicos fue como si hubieran enterrado a la mujer que había en mí.

–¿Volver a tener una pareja es una asignatura pendiente?
–Sí, porque yo creo en la familia, en la relación entre el hombre y la mujer. Ojalá la vida me dé tiempo para tener otro hijo. Yo tengo mucha necesidad de ser mamá. Hasta los chicos me preguntan si tengo novio. Zahira me dice “¿Por qué no? Si sos linda y joven” . Y cuando yo le digo que no sé por qué, o simplemente que no se dio, ella me dice: “Me parece que tenés miedo de que te hagan lo que ya te hicieron”. El tema es que yo tengo muy dañada la autoestima. Me tengo que reconstruir. Estoy recogiendo mis pedacitos, relacionándome con amigas mías de la adolescencia y las que aparecen en la lucha. Recién este año me di cuenta de que había un gran dolor y un gran miedo a tener pareja. Tengo que ser valiente y entrar a la herida. Es que el famoso tsunami y el 11 de septiembre los tuve en mi casa y en mi cama.

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