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Personajes

Mayo 2002

"Máxima tiene cuadros míos en el palacio"

Dolores Zorreguieta es una artista plástica reconocida en los Estados Unidos. Esta semana inauguró su muestra, en el Museo de Bellas Artes y habló con Para Ti sobre cómo Máxima la ayudó en sus inicios, el dolor que transmite su obra, la carga de su apellido y su preocupación por la crisis argentina. Su hermana llegó al país especialmente para ver su exhibición.

Texto Paulina Maldonado. Fotos Axel Indik

  • Dolores y su madre Martha López Gil.
  • Retrato de Dolores, sonriente, en Nueva York.
  • Tyko y Dolores en la puerta de su departamento de Nueva York. Hace cuatro años que están casados y hoy viven en un pueblito llamado Camden, en el límite con Canadá.
  • "El cuerpo herido", una de las obras que se expone en el Museo de Bellas Artes, con el auspicio de iscea.
  • Jorge Zorreguieta, su padre, y María del Carmen Cerutti (madre de Máxima) en el MNBA.
  • La foto oficial de la familia Zorreguieta en la boda real de Máxima y el Príncipe de Orange. Dolores asistió junto con su marido Tyko Lewis (a su derecha).
  • La artista prepara su muestra en Nueva York.
Si uno se la cruza caminando por la calle, jamás podría imaginar que ella es hermana de una princesa. Lejos de las estrictas normas del protocolo real, Dolores Zorreguieta (36) ama salir a pasear con su eterno jean gastado, una remera ancha y un gorro que le tapa la mitad de la cara. Artista compleja y bohemia, la hermana de Máxima no acostumbra a dar entrevistas, pero la inauguración de su muestra en el Museo Nacional de Bellas Artes de Buenos Aires, sirve de excusa para una charla íntima y sincera. Al explicar sus obras, se la escucha cómoda y relajada: “Esta es una serie que realicé entre 1995 y 1996, y que, por primera vez, se expone en conjunto. Lo que me interesaba en esta muestra era mostrar el mundo contradictorio de la infancia, con la inocencia y la esperanza de una alegría permanente, pero también con muchos miedos y angustias,” dice.
Monstruos, sangre, heridas, sufrimiento son ideas que están siempre presentes en las obras de Dolores. “Los artistas tenemos ciertas obsesiones. A mí me obsesiona el dolor; a veces me pregunto si será por mi nombre... Me interesa el lugar desde el cual las cosas no funcionan, o no pueden ser digeridas. Hay ciertos dolores que no cicatrizan, son llagas abiertas que las tenés por el resto de tus días.”
Dolores se muestra entusiasmada cuando habla de arte. Y busca demostrar que, más allá de su apellido hoy mundialmente famoso, en la última década ella logró forjarse un lugar dentro del circuito artístico de Nueva York. Y los importantes reconocimientos que ha recibido por su trabajo son prueba de ello. Este año fue la ganadora del prestigioso premio de la New York Foundation for the Arts, por un video digital donde aparecía con un vestido hecho íntegramente con curitas. “Lo hice pensando en la mujer que tiene que vivir enfrentándose a ciertas limitaciones, dolores y sufrimientos. Y el vestido, que actúa como un vestuario terapéutico, la ayuda a superar esas heridas,” explica.

Mi apellido me condena
Dolores no es una entrevistada fácil. No le gusta hablar de su vida privada, y lo hace notar desde el vamos. Entonces, una buena forma de empezar a descubrir a la mujer detrás de la artista es preguntarle por sus comienzos. “Siempre tuve claro que iba a hacer algo relacionado con el arte. A los siete años empecé a tomar clases de ballet, después hice teatro y empecé a pintar. En todo esto tuvo mucho que ver mi mamá (Martha López Gil). Ella me expuso desde chica al mundo intelectual. Todo su trabajo en filosofía ha tenido un impacto muy grande en mí, y lo sigue teniendo. Ella ha sido y es un apoyo incuestionable.”
En ningún momento de la charla Dolores menciona el nombre de su padre, Jorge Zorreguieta, que se convierte, entonces, en una pregunta obligada. “¿Cómo es mi relación con él? De eso prefiero no hacer ningún comentario,” dice.
– Dolores, ¿cómo es tu vida en Nueva York?
–Nueva York es una ciudad increíble, aunque reconozco que es un lugar duro, competitivo y anónimo. Viví allí desde principios de los ‘90 hasta febrero de este año.
Hace más de diez años que Dolores vive en los Estados Unidos y no figura en sus planes volver a la Argentina. Hoy pasa sus días con su marido, el prestigioso fotógrafo norteamericano Tyko Lewis, en una pequeña casa en Camden (en el estado de Maine, EE.UU.), un pueblito que limita con Canadá. Y a pesar de que está lejos de la Argentina, ella confiesa que se siente muy cerca. Habla por teléfono todos los días con su madre y lee los diarios para enterarse de lo que pasa en nuestro país. “Todos estamos muy preocupados, las noticias son trágicas. El problema que tiene la Argentina es que la desesperación social es tan profunda, que la gente pierde la capacidad de actuar con sensatez, y eso es peligroso.”
–¿ Qué cosas extrañás de tu vida en Buenos Aires?
–Las raíces, la familia... Acá uno siempre se siente un poco huérfano y un poco paria.
–¿Te mantenés en contacto con tus hermanas?
–Ya me doy cuenta de adónde querés llegar con tu pregunta: a Máxima…
Después de un instante, Dolores se afloja y se anima a hablar de su hermana menor, la hoy princesa de Holanda. “A Máxima siempre le gustó el arte. Por supuesto que tiene cuadros míos en su palacio de Holanda. Algunos que se los regalé yo, y otros que me compró. Ella me ayudó mucho en mis comienzos. Antes de que se convirtiera en princesa fue mi mecenas, y compró varias de mis obras…”
–¿Te molesta que te asocien con Máxima?
–Es comprensible por el mundo de fantasía que Máxima genera, y tengo que aceptarlo. Pero también tienen que entender que uno no se prepara para esto. Su casamiento tuvo una resonancia enorme en el mundo entero, que influye mucho en mí, y que no se dio por una decisión mía. Todo esto implicó un reajuste bastante grande en mi vida.
Ya pasaron más de tres meses de la boda real, pero a Dolores todavía le cuesta aceptar la notoriedad de su hermana: “Antes yo hacía muestras, salían notas en los diarios y todo tenía que ver, pura y exclusivamente, con mis obras. En cambio ahora estoy expuesta a una serie de intereses que no pasan por el valor artístico de lo que hago. Eso es una carga que lamentablemente llevaré de por vida.”

Martha López Gil (70)
“Mis hijas no recibieron una educación a favor del Proceso”

La escritora y filósofa Martha López Gil es la primera esposa de Jorge Zorreguieta y madre de sus tres hijas mayores: María (empresaria, 45), Angeles (investigadora científica, 43) y Dolores (artista, 36). Con orgullo y admiración, Martha –la mejor embajadora del arte de Dolores en la Argentina– abrió las puertas de su casa para hablar de su hija.
–En su obra, Dolores habla de una niñez con dolor. ¿Cómo fue su infancia?
–Después de ocho años de estar casada con Jorge, me separé. Dolores era muy chiquita y no se acuerda de cómo era cuando vivía con el padre, se crió exclusivamente conmigo. Mis tres hijas vivieron en una casa llena de libros, y en contacto con el arte y la cultura. No se criaron en una casa a favor del Proceso ni recibieron ese tipo de educación. Es más, yo estuve once años prohibida en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, sufrí mucho, y ellas padecieron toda la tristeza de esa época nefasta de la Argentina.
–Algunos críticos de arte señalan que las referencias al pasado de su padre son notorias...
–Hay una serie que se llama “El rehén”, y la sangre y el dolor están muy presentes en sus cuadros. Pero yo no sé que decirte. Personalmente creo que no se hace arte sólo con los recuerdos personales, y es imposible realizar una interpretación tan lineal como para pensar que el divorcio, o el pasado de su padre le produjo una herida que luego la refleja en su obra.
–¿Cómo vive Dolores el hecho de ser hermana de Máxima?
–Ella es la negación de las relaciones públicas; por lo tanto es la que lo ha vivido peor. Cuando se conoció el noviazgo de Máxima, Dolores estaba en Nueva York y la prensa de todo el mundo la seguía, para que hablara de su hermana. Ella se sintió invadida, y sufrió mucho.

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