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Mayo 2017

Yusra Mardani: nadar hacia la libertad

Su historia es un canto a lo improbable. Porque dinamitaron su casa, y sobrevivió. Porque siendo una adolescente huyó de su Siria natal y estuvo a punto de morir en el Egeo. Pero se mantuvo a flote, se salvó y compitió en los Juegos Olímpicos de Río 2016. Conocé a Yusra Mardani, migrante y atleta. La mariposa que sabía nadar.
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"Plaf!”: de su primer contacto con el agua, dice, sólo recuerda eso. El chapuzón. Tenía tres años el día en el que su papá, un entrenador de nadadores, simplemente la tomó en brazos y la lanzó a la pileta. ¡Plaf! Y una vez ahí ella hizo lo que cualquier chico en el líquido: patalear, flotar. Entender (sin pensar demasiado) que, si uno en la vida se mueve, se salva. Siempre. Desde ese día, a Yusra Mardani (pelo oscuro, ojos verdes, piel dorada), del barrio de Daraya, en Damasco, Siria, el agua se le volvió costumbre. En la Siria de su infancia, nadar era fácil y divertido. Parte de la rutina.  Hasta que en 2011 todo comenzó a ponerse extraño. Y violento. La guerra cambió su vida en el más brutal de los sentidos, porque la hizo más controlada (tenía que llamar a su mamá a cada rato cuando salía, por obvias razones de seguridad), pero al mismo tiempo se volvió también más impredecible (a menudo, su mamá le decía que se volviera a casa, porque el lugar adonde se dirigía acababa de volar por los aires). A veces, los que volaban por los aires no eran edificios, sino personas conocidas. Amigos, incluso. Yusra recuerda la vez aquella en la que dos compañeros del club fueron parte de los “daños colaterales” de la guerra. Pero el no va más, el punto de no retorno fue un ataque directo no sólo a su ciudad, Damasco, sino a su barrio. Ese día, en un episodio conocido como la Masacre de Daraya, la casa de Yusra simplemente desapareció. Ellos (Yusra, Sara, sus padres y dos hermanas) lograron sobrevivir. Pero entendieron que no siempre tendrían tanta suerte, que había que irse tan rápidamente como se pudiera. Yusra pactó algo con su madre: si conseguía quien la pudiera hacer llegar sana y salva a Europa, contaba con su aprobación para viajar. Finalmente, dos primos de su papá se comprometieron a acompañar a las hermanas Sara y Yusra al más peligroso de los viajes. Y, con sólo diecisiete años, allá fueron. Era, y todos lo sabían, apenas una botella al mar.

LOS OJOS, LAS MANOS. Del viaje aquel Yusra recuerda parches de cosas. Que caminaron mucho, que fueron en micro. Que pasaron por Líbano, que llegaron a un puerto desconocido, que tuvieron que esperar que se hiciera de noche para embarcarse porque las autoridades estaban controlando. Recuerda también que tuvieron que esconderse en un bosque para no ser vistos, pero que los traficantes de personas iban armados y que la poca policía que vio parecía tener miedo de los traficantes. Finalmente un día se embarcaron, pero eran muchos, demasiados, y como no salieron lo suficientemente de noche, la guardia costera los hizo regresar. Recién en el segundo intento pudieron poner proa hacia Grecia, pero había un problema: “El bote era para siete personas y nosotros éramos más de veinte”, recuerda. Para peor, a la media hora de haberse lanzado al agua la embarcación se detuvo y comenzó a hundirse. Ella ni lo dudó: se tiró al agua, junto con su hermana. También se lanzaron a las olas los dos hombres que sabían nadar. Quedaron todos unidos al barco por algunas sogas. “Entonces, mientras con una mano me agarraba de la soga, con la otra y con las piernas trataba de empujar el barco hacia nuestro destino”, dice. Recuerda también el frío, el oleaje, el cansancio. “Pensé: qué ironía. Soy una nadadora y voy a morirme así, nadando. En el medio del mar”. Pero eso fue sólo un instante, porque a bordo del barco, viajando con ellos, venía un chiquito de unos seis años que no le sacaba los ojos de encima. La miraba fijo, aterrorizado, pero de algún modo admirando a esa chica fuerte que no paraba de moverse ahí, en el agua negra. Ella, recordará después en una entrevista para The New York Times, le hacía morisquetas chistosas para hacerlo reír. Patalear, gesticular, mantenerse a flote: de eso se trató todo por casi cuatro horas, hasta que finalmente llegaron a las inmediaciones de la isla de Lesbos, donde fueron rescatados. Pero, de todo aquel espanto, ella sólo parece recordar los chispazos de luz. Por ejemplo, la chica que le dio un suéter para abrigar al nene de los ojos asustados y hasta un par de zapatos para ella, que los había perdido en altamar. Una chica cualquiera, ayudando a una desconocida de su edad en apuros. Yusra se acuerda de ese gesto y todavía se emociona. El resto, sin embargo, no fue igual de amable. Debieron pasar a Macedonia y luego seguir hasta Budapest. Tenían dinero, pero en muchos lugares la gente no quería recibirlos ni siquiera pagando. Los ojos redondos de Yusra se agrandan aún más al recordar esas cosas: la tensión del viaje, su condición de fugitiva, la sensación de haber llegado a un sitio adonde quizás ya no les tiraban bombas ni misiles, pero seguían estando en peligro y en constante estado de incertidumbre. Finalmente, de algún modo, lograron entrar –Sara y ella– a Alemania, y en el momento justo. Poco después, las puertas de Europa se bloquearían como nunca ante la desbandada siria. A la marea de personas embarcadas, y a la deriva.

LA CHICA QUE NO LLORABA EN LOS RINCONES. Ya instaladas en Berlín, Yusra no tardó mucho en ubicar la pileta más cercana ni en anotarse para nadar allí. La ayudó con los trámites y los primeros pasos el traductor del campo de refugiados. Así y todo, en cuanto la vieron nadar mariposa las autoridades de club se dieron cuenta de que esa chica morocha y más bien timidona tenía grandes dotes como deportista. Ironía de ironías, Yusra volvió a ser una deportista consumada en Wasserfreunde Spandau 04, una piscina diseñada y construida por los nazis, quienes seguramente nunca se hubieran imaginado a una muchacha siria haciendo largos en sus instalaciones. Pero ahí estaba, decidida a recuperar el tiempo perdido y llamando la atención de sus profesores, que comenzaron a imaginarla como una de las posibles integrantes del equipo olímpico alemán en los Juegos de 2020. Pero no fue necesario esperar tanto. Milagrosamente (todo en la vida de Yusra es así: milagroso) el Comité Olímpico Internacional decidió en 2015 conformar un equipo integrado sólo por atletas refugiados. Se dieron cita nueve deportistas, entre ellos gente de Sudán del Sur, República Democrática del Congo y Siria, entre otras naciones devastadas por la violencia. Yusra fue de la partida y en Río 2016 la pasada inaugural del equipo de Atletas Refugiados (o “los sin bandera”, porque a todos los abrigó la bandera olímpica) hizo llorar a más de uno. No era casual: nadie como esos hombres y mujeres venidos de países a los que ya no pueden regresar para encarnar el espíritu olímpico. Para correr, para saltar, para nadar como si en ello se les fuera la vida. Así se la vio en Río a Yusra: nadando mariposa como si surfeara hacia el futuro. Por eso, por su juventud y por su constante defensa de los emigrados (“Son sólo gente común y corriente, atravesando situaciones extraordinarias y buscando una oportunidad”, repite a menudo), el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) acaba de nombrarla su Embajadora de Buena Voluntad. Y ella está feliz, claro, y lo comparte en Instagram y en Facebook con sus más de cien mil seguidores de todo el mundo. ¿Si tiene presente lo extraordinario de su historia? Sin dudas. Es sólo que, como ella misma dice, “no soy el tipo de chica que se va a llorar a un rincón”. No: ella abre los brazos y se tira, de cabeza al mar. A lo que venga. A lo que sea. Adonde sus alas se animen a llevarla.

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