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Selfie

Julio 2015

El folleto maldito

Desde su programa en Radio Mitre reflexiona sobre temas que nos importan. Aquí, la periodista María Isabel Sánchez comparte lo que sintió cuando recibió un folleto para adelgazar.
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Toda mujer que se precie de tal debe ser acomplejada y conflictuada. Y para eso, las féminas siempre contamos con algún mandato social a mano y algún que otro agente externo que actúe como disparador del drama. Después de varios meses de dieta, y habiendo logrado un resultado más que satisfactorio por mi sacrificio alimentario, andaba yo, feliz por la vida, luciendo el delgado físico que (mi médico y yo) supimos conseguir, hasta aquel día aciago. Caminando por avenida Santa Fe, me salió al paso una promotora enfundada en provocativas calzas blancas. Con gesto entre compasivo y amenazante, la impertinente jovencita extendió hacia mí su brazo armado y casi clavó en el medio de mi pecho un folleto infame que pretendía venderme un milagroso método para adelgazar. ¿Cuál era la causa de que aquella insolente adolescente me agrediera con la peor de las armas? Supongo que la sugestiva idea de que me sobran aún algunos kilos, de los que debería deshacerme con nuevas y originales dietas, masajes de esos que prometen aniquilar la grasa rebelde o aparatología de última generación que milagrosamente

diluye los adipocitos que socavan nuestra maltrecha autovaloración. ¿Qué habrá pensado la promotora cuando recorrió visualmente mi anatomía de la cabeza a los pies antes de decidir que yo era candidata al folleto? ¿Habrá recibido la dañina instrucción de elegir a propósito a aquellas mujeres que, su criterio, estaban “flojas de carrocería”? ¿Cuál sería la pauta establecida para seleccionar a las futuras receptoras de aquella gráfica afrenta? Para averiguarlo, decidí permanecer algunos minutos observando el modus operandi y analizar así el resto de las “salideras” estéticas que la promotora perpetró. Pero nada me consoló. Sus nuevas víctimas tenían características de lo más dispares, pero obviamente ninguna se acercaba al estándar de calidad con el que, seguro, casi todas soñamos en secreto. ¿No es sufi ciente con los rollos mentales que casi todas llevamos a cuestas para que estas terroristas de la autoestima borren de un plumazo las pequeñas alegrías conseguidas a fuerza de cerrar la boca y transpirar la gota gorda en la clase de spinning? ¿Sabrán aquellos creativos, responsables de la cadena de producción y distribución del maldito folleto, que con ese mecanismo de promoción tal vez el dinero que nunca podré invertir en sus empresas de medicina estética deberá ser destinado a las arcas de mi psicólogo? Sugiero a los genios del marketing estudiar en el futuro más en profundidad los vericuetos de la psicología femenina, a fin de que el florecimiento de sus negocios no hunda sus raíces en el dolor de las futuras consumidoras. O bien que los empresarios del rubro estética aleccionen a las vendedoras de sueños para que se entrenen en el arte del disimulo, de manera que al menos logren fingir una eterna distracción en su trabajo que nos permita mantener la ilusión de que el ataque fue “al voleo”.

por María Isabel Sánchez maria@mariaisabelsanchez.com
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