Para Ti

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Julio 2017

Tentaciones de estación

El invierno para muchos es la temporada más odiada, pero para nuestra columnista es su mejor momento. Contra viento y marea, Luciana celebra estar bien abrigada y comer chocolates.
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Amo las vacaciones de invierno, eso es cierto. Pero las amo porque en realidad me gusta él, el invierno, y eso ya no es un secreto. Y digo que no es un secreto porque durante muchos años sentí culpa por eso. Por ser genuina y verdaderamente feliz con el frío, pero ser incapaz de justifi car ese amor. Uno se enamora de las cosas mucho tiempo antes de saber el porqué, y a mí con el invierno me pasaba algo parecido. Por eso, cada vez que alguien me preguntaba “¿por qué te gusta tanto el invierno?”, mi reacción era siempre la misma: cambiar de conversación lo más rápido posible. Esquivar el tema. Huir. Escaparme de esa incógnita –que también era la mía– y, de la manera más educada posible, contestar alguna estupidez, como restándole importancia al asunto.

Explicarle a los demás lo que uno todavía no logró explicarse a sí mismo nunca es fácil. Y menos cuando el monstruoso marketing veraniego se refl eja en los ojos y en el alma de todos los que no comprenden cómo preferís comprarte un par de pantufl as, antes que un par de patas de rana. O una malla. O una sombrilla. Hasta que un día, ya cansada de escuchar todos los años la misma pregunta, la respuesta para dejar tranquilos a los curiosos incurables bajó del cielo y se hizo carne en mi lengua para siempre: “Me gusta el invierno porque detesto el verano”, dije. Y me salvé. Mi certeza era bastante pobre, pero concreta. Después de eso, seguir insistiendo con el mismo tema parece que a muchos les pareció un gesto inútil.

Por suerte ahora todo es diferente. Con el paso de tiempo (y más de diez años de terapia) llegué a la humilde y reveladora conclusión de que el invierno me gusta porque, entre otras cosas, me hace acordar de mi “yo” más feliz. De esa mujer que intento ser. De esa nena grande que fui. A la que nunca le gustó desnudar sus miedos para dejarlos en carne viva, la misma que prefi ere mirar una película rodeada de chocolates, caramelos y bombones, acurrucándose en sus propios sueños. Porque el invierno me invita a abrigarme, a leer, a escribir. A comer y seguir encerrada en mi refugio, como casi siempre, pero sin culpa. Sin tener que dar explicaciones, ni mentir, ni fi ngir. Como si el mismo frío se ocupara de abrigarme las ganas, regalándome el permiso de una libertad que nunca le pedí, y como si los “permisos” (esos que se nos escapan durante el resto del año) fueran sólo míos… Miro la hora y me doy cuenta de que son casi las tres de la mañana. El invierno me espera en la cama y me invita nuevamente a taparme las culpas. A jugar. A sentir. Intento resistirme. Juro que lo intento, pero no puedo. Disculpen, las dejo, me voy a dormir con él.

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Julio 2017
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