Para Ti

Nosotras & Ellos

Septiembre 2017

Nosotras & Ellos

Nosotras y Ellos y el gym… Pasión, obsesión, obligación, mal necesario… De la hora de ejercicio en la escuela a la actividad física en nuestra vida adulta… ¿Cómo nos fue en la batalla del movimiento?

¡Corré vos!

por QUENA STRAUSS, periodista

Soy la que faltaba a las clases de gimnasia so pretexto de lluvia o día nublado. Soy la que se fingía “descompuesta” a la segunda vuelta alrededor de la plaza. Soy la del desmayo, la taquicardia, la cabeza partida en dos tras tamaña exigencia. Dada como fui desde chiquita a leer y a quedarme rodeada de cosas quietas, ni siquiera en mi momento más dinámico (a eso de los trece, cuando me lancé literalmente “de trompa” al patín artístico) pude moverme como lo hacían las demás. Ni siquiera en plenos ‘90, cuando mis amigas se la pasaban matándose en el gimnasio a todo saltito y step, logré sumarme a la ola de Las chicas que entrenan. Solía pasar mis penosas pruebas gimnásticas haciendo trabajos escritos sobre “Las mujeres en las olimpíadas”, “Siete países que acaparan las medallas olímpicas” o “El pato, deporte nacional”. Con tal de no moverme mucho, se me ha visto escondida detrás de los árboles en alguna prueba aeróbica y luego conectada a extrañas máquinas llenas de cables, como si tantas horas sentada pudieran ser absueltas con un par de electrodos. Como dicen los ingleses, “un caballero puede caminar pero nunca correr”, y comparto eso de que las damas y el trote se llevan a las patadas. Como mucho, hago Pilates, yoga, me estiro: gato soy. Puedo a veces patinar o salir a caminar un rato, luego de lo cual llego, me baño y… ¡a dormir! Por eso, y casi siempre, decido cortar por lo sano y quedarme en casa calentita y tapada hasta las orejas. Que si, al fin y al cabo, después de tanta adrenalina junta el cuerpo se relaja y cae en un feliz sopor, prefiero que éste me agarre dispuesta a saltar siempre hacia el mismo sitio: los brazos de Morfeo.

La fiaca

por LUIS BUERO, periodista

La Fiaca es una obra de teatro de Ricardo Talesnik que en 1969 se convirtió en película, siempre protagonizada por Norman Briski. Se trata de un empleado de oficina que un día decide rebelarse frente a su rutina y no va más a trabajar porque siente “fiaca”. Su familia, sus amigos y compañeros intentan disuadirlo, sin éxito. No es mi intención profundizar sobre los mensajes de ese texto sino traerlo en el recuerdo porque lo que a mí me ha impedido toda la vida ir a un gym es eso: la “fiaca”. Actualmente cuento con 280 de colesterol, que según mi médico es muy alto y, como hace treinta años, me vuelve a decir lo mismo: “usted debe hacer actividad física”. Pero ¿cómo explicarle al galeno que no es falta de tiempo, ni de dinero, ni timidez para correr o trotar en pantalones cortos y remera en una plaza? Es simplemente… ¡fiaca! Mi hermano se compró una cinta motorizada para caminar y me subí y me dio vértigo al toque. Es que yo tengo menos deporte que una pantufla: cuando jugaba a la pelota con mis hijos –época en que eran pequeñitos– me lesionaba en la plaza, y nunca faltaba alguno que me gritara “¡ponete Blem porque sos de madera!”. Cuando era chico ningún compañero del colegio me quería elegir para su equipo y, como no recorría demasiado la cancha, el profesor me decía: “movete Buero, que te va a hacer pis un perro”. Me contaron que de bebé no quería nacer, pura fiaca supongo, y la partera tuvo que subirse sobre la panza de mi mamá para hacer fuerza y que yo apareciera como expulsado de un pomo. En conclusión: cuando dormir sea un deporte, yo gano las olimpíadas. Seguro.

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