Para Ti

Nosotras & Ellos

Agosto 2017

Nosotras & Ellos

Y un día Nosotras y Ellos nos convertimos en señoras y señores para esos jóvenes y desconocidos que nos tratan como a los adultos que ni siquiera nosotros vemos frente al espejo. ¡¿Qué onda?!

Cuando te llaman "señora"...

por QUENA STRAUSS, periodista. ilustración VERÓNICA PALMIERI

Ya te lo conté y acá mismo. Sucede que dado mi aspecto entre cachetudo y Sharpei, desde los 18 años –literal– alguien me ha tratado de “señora”. El primero de esa larga lista que conduce hasta hoy fue un nenito desorientado, de esos que llaman “señor” y “señora” a cualquiera que mida más de un metro sesenta (él mide uno cuarenta). Pero los que siguieron a ése ya fueron conscientes de lo que decían. Porque un “señora”, convengamos, tiene la carga energética de un ladrillazo en un juanete, de un codazo en la lola, de una piña en la boca del estómago. Rápido y furioso, el apelativo te sienta de traste sobre tu propia autoestima y te estaquea por un rato. Pero, aleluya, con el tiempo y el training no sólo aprendés a ponerte de pie de inmediato, sino que además descubrís los modos de sacar ventaja de tu nueva condición de cachivache femenino, tan pero tan antiguo que ni molestar sabe. Te juro: pasado el primer impacto, que el mundo te deje tranquila después de haberte ladrado tanto es una felicidad. Fijate: ahora puedo pasar por una obra en construcción sin que nadie me diga nada del tipo “VeniMametaQueTe…” y atravieso, victoriosa, compactos grupos de bebedores de cerveza de esquina que en otro momento me hubieran obligado a cambiar de itinerario para no ser sometida a tocamientos inverecundos. Los jueves o los miércoles, dependiendo del súper, me apersono con mi mejor cara de PAMI y me postulo para el descuento de jubilados. Me rechazan a menudo, es verdad, pero al final hago tanto escándalo y sacudo tanto mis canas sin teñir que terminan diciéndome “loca”, invitándome a retirarme y… ¡haciéndome un 5 %! Lo de siempre: la Quena sabe por Quena, pero más sabe por vieja.

¿Tiene hora, señor?

por LUIS BUERO, periodista

Todavía quedan bares en los que si tenés 120 pirulos y tu novia 110, igual el mozo al acercarse les va a preguntar: “¿qué quieren tomar, chicos?”. Pero no os ilusionéis, es puro marketing. Uno viene mirando una chica con ganas de decirle un piropo y ella se da vuelta y de golpe te pregunta: “¿Tiene hora, señor?”. Y el baldazo de agua fría te vuelve a la realidad. Cuando los alumnos empiezan a tratarte de “usted”, algún pibe te cede el asiento en el colectivo o subte y la vendedora de la librería te llama “caballero” es que algo pasó en tu aspecto que indica que el reloj ha avanzado y no te diste cuenta. Entonces empezás a comprar el shampoo con manzanilla y a usar loción para después de afeitar en crema para eliminar arrugas. Lo que sigue es que vas al médico para un análisis de rutina y te pide que te hagas la colonoscopía –y otros exámenes que terminan en “pía”– y el control de próstata, todo por las dudas, “dada tu edad”. Desde 500 años a.C. hasta los años ‘60 del siglo XX, el saber y el conocimiento de la vida de los maduritos o de los adultos mayores era venerado. La sabiduría estaba en ese viejo filósofo, el gurú, el profesor, el cacique o en el abuelo de la familia. Pero entonces vino el movimiento hippie, las generaciones X, Y, Z, los millennials… y el capitalismo descubrió que quienes más consumían eran los adolescentes y los jóvenes, entonces, a los de 50 para arriba los mandó a vivir las horas extra de la existencia humana. Hoy nadie quiere escuchar la voz de la experiencia. Por eso, como diría el poeta ítalo argentino Antonio Porchia, creador de grandes aforismos: “en plena luz, no somos ni una sombra”

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