Para Ti

Nosotras & Ellos

Febrero 2017

Nosotras & Ellos

Ellas se quejan de que no hay hombres y ellos de la falta de mujeres. Ampliamos el reclamo de la platea femenina y leemos también la contraparte masculina.

¿Falta de hombres?

 
por QUENA STRAUSS, periodista

Hace muchos años, cuando yo era una tintineante teen, una película rompía las taquillas. Se llamaba Ghostbusters (Los cazafantasmas) y más o menos desde esa fecha siempre he tenido la incómoda impresión de que a la hora del amor, a hombres y mujeres nos pasa lo mismo. Somos, todos, cazadores de entidades tan etéreas como los espectros, y casi igual de imaginarias. Vamos pues como locas, las chicas, detrás de señores que diseñamos en nuestras propias mentes, a fuerza de ver películas y leer libros de tapas rosadas, “románticos”. Y, claro, nos desilusionamos como locas porque ninguno de esos varones con los que nos topamos entra bien en el molde que acabamos de comprar. Así, de tanto darle al príncipe azul, primero miramos desdeñosas al módico conde bordó que teníamos a mano. Y después, ya algo más crecidas, de la mano (y la fusta) de otro relato denso sobre las cincuenta sombras de un tal Grey comenzamos a mirar con cara de asco a todo aquel que no nos dé un par de chirlos a modo de saludo. ¿Qué nos pasó?

Desde que tengo memoria, he escuchado tararear una y mil veces una canción tan triste como absurda. Se llama El hombre que amo (The man I love) y lo curioso del caso es que la mujer que lo cante deberá enunciar una por una todas las virtudes: “Alguna vez vendrá el hombre que yo amo. Y será grande y fuerte, el hombre que yo amo. Y cuando se cruce en mi camino, haré todo lo que pueda para hacer que se quede”, dice. ¿Que ya no hay hombres? No lo creo. Creo, sí, que lo que nos va a matar a todas es la superabundancia de hombres fantasma, tejidos al calor de novelas rosadas o rojas, y canciones que atraviesan las décadas sin dejar nunca de mentirnos.

¡Aguante San Valentín!

por LUIS BUERO, periodista

Estoy en un bar pensando qué escribir sobre el festejo de San Valentín, cuando descubro un grupo de chicas de entre 30 y 40 años conversando a viva voz cerca de mi mesa; me hago el distraído y empiezo a escucharlas.

Se quejan de que no pueden encontrar la pareja deseada, y yo anoto en mi cuaderno las frases que van largando: “Es encantador cuando besa, pero no podés sostener con él una charla de más de cinco minutos”; otra agrega sobre su candidato que “es dulce, compañero y cocina como un chef, pero tiene una ex que es una pesadilla”. Hay confianza entre ellas como para que una cuente que su galán tan deseado posee un… micro pene. Se ríen. Otra agrega que el chico que conoció es re divertido y luce increíble bronceado, “pero sale todas las noches con una mujer distinta”. De pronto veo que a mi otro costado hay una mesa en la que son todos varones, de edades similares. Uno cuenta: “¡Y me dejó porque dice que nuestra relación perdió magia! Que se vaya a cantarle al Mago sin dientes”. Todos reflexionan que las mujeres son de dar “esas excusas”, como que se quieren encontrar a sí mismas y por eso los abandonan. “Que se compren una brújula”, se queja otro. El que conserva una novia, protesta porque “ella quiere ir a bailar sola con sus amigas”. En general el lamento masculino se basa en que Ellas son celosas, hablan demasiado, exigen demostraciones de cariño a cada rato y piden que les cumplan todos los deseos. En todos/as relucen miedos, mandatos, máscaras.

De pronto, les digo: “Gente, ¡toda queja es una demanda de amor!”, y me voy a escribir a casa: ¡aguante San Valentín!

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