Para Ti

Nosotras & Ellos

Marzo 2017

Nosotras & Ellos

Las tareas del hogar se multiplican. Pero ¿cómo se dividen? Nosotras y Ellos hablamos de lo que hacemos y no hacemos en casa. ¿Y vos?

Las tareas del hogar, ¿a medias?

Crecí leyendo las revistas Mucho gusto de mi vieja y ahí aprendí que ser mujer en los ‘60 significaba tener los pisos como pista de patinaje, las cacerolas llenas de comida casera y los chicos impecables, sin mocos ni otras irregularidades. Desde entonces, supongo, la casa-caos me aterra. Te juro, me daña el corazón cuando todo a mi alrededor se descontrola y la geografía misma de la casa pasa de llanura a cordillera de los Andes, de la ropa, de los juguetes sin guardar. No me considero una típica fanática del trapito, de ésas que dedican cada hora de su vida a la impecabilidad, pero sí disfruto de un hogar acomodado y bien provisto. Además, convengamos, con un hijo de doce y un perro de dos, Sheps, rondando la cosa a menudo se me complica y todo se vuelve el reino de la arruga y la baranda a canino. Decí que, por suerte, en el rubro cocina me defiendo bastante bien y tras el primer “Ay, está buenísimo esto” la vista de los visitantes se nubla y hasta el poderoso aroma a roquefort de mi Sheps comienza a desvanecerse. ¿Soy por eso “la reina del hogar”, como proponían las revistitas que leía mamá? No, desde luego que no. Lejos, muy lejos de eso, yo soy más bien la renga del hogar. La que hace las tareas a medias y asea su nido desparejamente porque muchas otras cosas la reclaman. Puedo pues hacer el mejor relleno de empanadas, pero mi repulgue no será de exposición porque tendré que salir corriendo a una entrevista. Puedo dejar las bibliotecas convertidas en un clon de la de Oxford, pero puede que deba abandonar la tarea por la mitad para terminar alguna otra cosa. Esta columna, por ejemplo.

No ensuciarás

por LUIS BUERO, periodista

Siendo niño vivía en una casa donde mi madre se encargaba de todas las tareas de limpieza y mi abuela del mundo referente a la cocina. Y no me dejaban agarrar una botella de lavandina ni un tenedor sin preguntarme: “¿Qué vas a hacer”? Así que decidí abstenerme de cualquier acción referente a esas artes y me convertí en… ¡un inútil! Cuando me casé por primera vez, a mediados de los ‘70, época de ebullición de las ideas sobre igualdad de sexos y con el feminismo en ciernes, me costaba estar sentado mientras mi esposa venía a la mesa a servirme la comida. Entonces decidí colaborar, pero hice tanto lío que ella me dijo: “Mejor esperame tranquilo y no te preocupes”. Luego el matrimonio tuvo su fecha de vencimiento y empezó mi vida solitaria, y desde entonces pienso que ser amo de casa es una pérdida de tiempo. Para empezar, decidí tener muy pocos muebles, sólo lo imprescindible. ¿Un ejemplo? Al living lo tengo lo más vacío posible: televisor, sofá, tres sillas. Utilizo una habitación pequeña para escribir donde sí abundan papeles, libros, cables, marcadores, lapiceras, pero todo ordenado. Y nada en el piso. Un trapo para la tierrita y listo. No estoy en todo el día y nunca preparo cenas. Para eso están los shoppings o la panadería que me venden tartas que van derecho al microondas. Y el baño lo repaso después de cada ducha diaria. Y jamás dejo ropa tirada: todo va al lavadero. Y obvio que una vez cada tanto viene una señora que realiza tareas de limpieza, pero resuelve el trabajo en mi vivienda en poquísimo tiempo. Alguien escribió: “No es más limpio el que intenta asear mucho sino el que ensucia menos”. Y ése es mi secreto. 

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