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Fecha: 30/09/08
Conciencia (e inconsciencia) verde

Econtradicciones

Ser eco-friendly es el imperativo de la época. Toda acción vital, desde comer a vestirse, debería contemplar la supervivencia de las especies, incluida la humana, en un mundo cada vez más recalentado por el acecho de su autodestrucción. Pero hay voces que toman distancia de cualquier fundamentalismo “verde”.

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Unas pocas semanas de vida tenía la ternerita cuando el periodista y escritor Juan Pablo Meneses la compró. Consiguió a alguien que se la cuidara y le puso un nombre. La llamó la Negra. Desde 2004 y durante los tres años que siguieron, Meneses –que es chileno pero vive en la Argentina–, estableció una amistad con el animal, que se convertiría luego en el eje de su libro La vida de una vaca. La relación duró hasta el día en que la Negra terminó en la parrilla. “Cuando el libro salió a la venta, los vegetarianos lo atacaron ferozmente. Es que ellos luchan para evitar el maltrato animal. Con un discurso populista y efectista, nos han querido convencer de que quienes nos comemos un bife o usamos chaquetas de cuero, somos unos asesinos. Y no se puede generar un diálogo si una parte enfrenta el asunto desde el fanatismo”, dice Meneses. “Recuerdo que durante el tiempo que estuve con la Negra muchos amigos me decían: ‘¿Cómo podés matar a tu vaca?’. ¡Y me lo decían en mitad de un asado! Los discursos pseudoecologistas con los que convivimos encierran una gran hipocresía no resuelta adecuadamente”.

¿De qué hipocresía habla? La de sumarse a una onda verde, porque sí, porque es un discurso cool, porque es políticamente correcto en los días en los cuales el calentamiento global nos mira, amenazante. “En los tiempos complejos en los que vivimos y frente a la angustia que genera el caos potencial de la supervivencia humana, surge la conciencia Eco-Global, una serie de prácticas y esfuerzos conjuntos de creación de políticas para minimización del impacto del daño ambiental (en el transporte, los combustibles) como en el entretenimiento, el consumo masivo y las actividades individuales”, explica Mariela Mociulsky, directora de Trendsity. Ser verde o eco-friendly –o sea, responsable con los animalitos, las plantas, las emisiones de dióxido de carbono, entre otros ítems– es un saber y supone un nuevo estatus, una ética y una responsabilidad superiores. Discursos acalorados sobre las ventajas de consumir de modo sustentable e inteligente, argumentaciones filosóficas sobre las aberraciones que sufren las focas y los pandas, las condenas al consumo de carnes, y la anulación del interlocutor con explicaciones incomprensibles sobre el PCV llenan las bocas de millones de seres en todo el mundo.

Pero quienes más se han hecho carne de este valor lleno de contradicciones han sido las celebrities, por su obvia exposición mediática y su tendencia a prestar el cuerpo para campañas de diferentes ONG. “Para hacer una campaña verde, el famoso que se elija debe ser impoluto y creíble. Acertar en la elección es fundamental porque, inmediatamente, se convierte en líder de opinión y generará sensibilidad y pertenencia en el inconsciente colectivo”, explica el publicista Gustavo Scarpatto, de la agencia Scarpatto/. Y aclara que “para hacer estas campañas, las ONG hacen un casting exhaustivo. Porque ¿qué pasa si el personaje que en la publicidad te aconseja que no uses piel sin embargo en su vida cotidiana se come una vaca?”. Pero las contradicciones existen. Y esto tiene que ver, tal como sugiere Mociulsky, con que “en algunos casos, hay una brecha muy grande entre lo meramente discursivo de este nuevo ‘deber ser’ y las acciones que realmente se practican”. Keira Knightle reemplazó las bolsas plásticas (no se biodegradan) por un bolso de lona creado por la diseñadora Anya Hindmarch y que cuesta más de 50 euros. Sting, George Clooney y Orlando Bloom se han prestado para fotografiarse con el Toyota Prius, uno de los tantos vehículos híbridos que, supuestamente, reducen el impacto en el medio ambiente. A pesar de las buenas intenciones (y sin saber si practican en privado lo que predican en público), todos están inmersos en la gran maquinaria de Hollywood, una de las industrias más contaminantes del sur de California, luego de la del petróleo.

“Muchas de las campañas mediáticas de los últimos tiempos tienen una gran desinformación sobre lo que debería ser ‘ser ecológico’. Los temas ambientales tienen mucha complejidad y reducirlos a un maniqueísmo es caer en la hipocresía o en el maquillaje”, asegura Claudio Bertonatti, de la Fundación Vida Silvestre de Argentina (FVSA). Y pone un ejemplo concreto: “Hoy, frente al tema ambiental, la gente oscila entre no importarle nada o, bien, vira hacia el fundamentalismo. Creer que por no comer carne uno será ambientalmente responsable es ridículo. Es ingenuo quien piense que si todos nos hacemos vegetarianos o dejamos de usar tapados de piel dejaremos de dañar al medio ambiente. Juzgar a un producto sin tener en cuenta la cadena de producción, que es larguísima, es una ignorancia. El libro que uno lee ¿de dónde viene? Y ¿a dónde van sus residuos? El que se opone a la instalación de las papeleras, ¿no leerá más? ¿Con qué se higienizará a la hora de ir al baño? –ironiza Bertonatti–. No hay ser vivo que no genere impactos en la naturaleza. Para el que piense lo contrario, la única opción es el suicidio”. Y valga una aclaración antes de continuar: si bien los casos de los famosos de Hollywood han sido utilizados en esta nota como ejemplos, ellos no hacen más que ser un reflejo nuestro, de nuestras ignorancias y nuestros fundamentalismos diarios.

¿Como Dios nos mandó al mundo?

“Prefiero estar desnuda que usar pieles”, dice la modelo Christie Turlington, sin una prenda a la vista, en una campaña de People for the Ethical Treatment of Animals (PETA), una de las más famosas ONG internacionales que están en contra del maltrato animal y a favor del ambiente. Turlington no es la única que se presta, desde hace años, a la lucha de PETA, famosa por llevar acciones directas contra cualquier sector que trabaje con animales en investigación científica hasta el mundo de la moda. Donna Karan y Stella McCartney son víctimas constantes de los ataques de sus activistas. Para los fanáticos de las pieles, ¿las sintéticas son la opción?

“Los grupos ecologistas extremos piensan que si se reemplazara toda la producción de cuero y piel por sustitutos sintéticos se promovería la acumulación de material no reciclable y contaminante, que aumentaría exponencialmente el incalculable basural industrial que ya tiene la Tierra”, explica Humberto Borsani, gerente de Federación Argentina de Comercialización e Industrialización de la Fauna (FACIF). La piel sintética, a diferencia de la natural (de los animales de criadero), no es biodegradable, al igual que las bolsitas de polietileno. Sostiene Borsani: “Las campañas de los grupos anti-fur son iguales en todo el mundo: además de buscar fines económicos, apelan al impacto y a la difusión de información errónea. Para muchos, las pieles son un objeto de lujo; pero para otros, son la única forma de protección contra los fríos intensos. En la Argentina, cumplimos con las leyes internacionales de la CITES para el tratamiento de la fauna que da trabajo a casi 30 mil personas de manera digna. El comercio de las pieles tiene un tratamiento ético, honesto y claro, que hace que sea una industria sustentable”. Antes de recoger el guante, Bertonatti, de FVSA, hace una aclaración de base: “La Argentina es un país con diez millones de pobres y un tercio de indigentes. Y la única forma de sacarlo adelante es con desarrollo, algo que yo promuevo”. Hecha la aclaración, dice: “Es cierto que un abrigo sintético contamina, pero también lo hacen las curtiembres, que son la fuente de los peleteros. Cuando hay dudas, hay que ver qué es lo que dice la ley: si se prohíbe el uso de esos animales para el comercio, no hay análisis posible. Si está permitida, hay que ver si la legislación es adecuada o no”. ¿Qué hacer? ¿Optar por las prendas eco-friendly, realizadas sin tratamientos tóxicos en base a sasawashi, cáñamo, fibras de maíz, piña o bambú, materiales que están ganando el fervor de los diseñadores top, desde Calvin Klein a Versace? Aproximación Nº 1: “No hay prenda que no genere impacto ecológico. Y usar remeras que tengan la leyenda ‘Ecofriendly’ tampoco es la solución”, reitera Bertonatti. Aproximación Nº 2: en la situación económica actual, las prendas verdes no serían económicamente accesibles para la mayoría de la población. Y, según Gonzalo Girolami, jefe de prensa de Greenpace, uno de los objetivos del enfoque ecológico es generar condiciones para acercar soluciones para la mayoría de la gente y no para individuos con salarios lo suficientemente altos como para adquirirlas.

Comer o no comer

Alec Baldwin, Natalie Portman, Joaquin Phoenix, Alicia Silverston hacen campaña para que se deje de consumir carne. Es cierto: según reconoce Paula Pueyrredón, licenciada en Nutrición del Centro de Estudios sobre Nutrición Infantil (CESNI), “aunque supone riesgos para la salud, es posible vivir sin carne. Hay que asesorarse y complementar la dieta con vitaminas. La ideología vegetariana, que se hizo fuerte con los hippies, tiene su mayor argumento en evitar el sufrimiento animal”. Ignorando tal vez que en Africa, por ejemplo, hay 20 millones de chicos que sufren desnutrición severa y aguda al año y que, obviamente, no tienen idea de qué significa ingerir nutrientes esenciales y desconocen las ventajas de ser lacto-ovo-vegetariano o la felicidad de ser un vegano. La vaca es, por su nobleza infinita, en este sentido el animal más sufrido. “La mayoría de los seres humanos consideramos que el maltrato y la muerte de las vacas son algo malo, pero, al mismo tiempo, consideramos que la carne es riquísima”, retoma Meneses, cuyo libro se basa, justamente, en la gran hipocresía que tenemos para con ese animal. “A todos nos gustaría comer carne sin que se mueran animales, pero eso es imposible”, dice él, quien está convencido de que uno de los grandes culpables del crecimiento del consumo de carne y del aumento de la masacre de animales han sido los vegetarianos y los que luchan contra el maltrato animal. Y aquí, de la mano de Bertonatti, de FVSA, otra argumentación más. “Cuando era adolescente, mucho antes de estudiar Biología y leer, fui lacto-ovo-vegetariano. ¿Por qué? Estaba en contra del sufrimiento animal. Después comprendí que esa posición no tenía sustento desde lo ambiental. Creer que tu plato de vegetales produce un impacto ambiental cero es de una ignorancia total. Para que la gente coma un plato de arroz se envenena y se ponen trampas para matar animalitos como nutrias, peces y patos”. ¿Hay alguien que salga en su defensa? Dice Meneses: “La muerte de un animal, frente a un público que disfruta, suena a una catástrofe ecológica. Pero hay también algo de mediático. Muchos se quejan de las corridas de toros, pero hay otras matanzas –incluso de humanos– donde la presencia de los defensores de los animales no aparece. En la Fiesta Nacional del Ternero, en Ayacucho, miles de personas, familias enteras, comen carne por días. Nunca nadie protesta en el Mercado de Liniers, donde diariamente se venden 15 mil vacas que de allí se van al matadero. Nunca hay protestas afuera de las parrillas, generalmente con muchos turistas, porque la carne argentina es uno de los grandes atractivos, incluso para los que luchan contra el uso de pieles”.

La búsqueda del término medio

“No se puede ser puro y prístino. El estado idílico en el cual el hombre no produce modificaciones en el ambiente no existe. Aun si anduviéramos desnudos por la vida seguiríamos contaminando mediante el dióxido de carbono que respiramos. En nuestra vida cotidiana, consumimos o realizamos actos que, de alguna forma u otra, provocan efectos. La clave es evitar ‘comprar’ información extrema y mejorar”, asegura el biólogo Alberto Bertona, de la consultora en temas ambientales Enviroconsul. Ecológico, en sí, no hay nada, coincide Girolami, de Greenpeace: “Nosotros preferimos usar la palabra ‘sustentable’, que es un término que alude a procesos compatibles con la continuidad de los recursos naturales. El objetivo final es no agotar bienes escasos”. Para lograr una conciencia medio ambiental basada en la coherencia, Greenpeace y Fundación Vida Silvestre, dos grandes referentes verdes, coinciden en algo: el mundo moderno es esto. Y es difícil que cambie. “Somos pragmáticos. No estamos en contra de las computadoras; nosotros les pedimos a quienes las fabriquen que modifiquen sus ensamblados para que no se conviertan en peligrosos a la hora de ser residuos. Aun si se pudiera vivir con velas, eso no modificaría los modelos de producción global. Tampoco cambiaría nada con que la gente se fuera a vivir al campo con energía solar. Sería caer en un individualismo ignorar las necesidades estructurales de muchos seres humanos: los recursos y las soluciones tienen que estar al alcance de todos”, dice Girolami. Bertonatti agrega: “Está en la madurez de la sociedad y del sector ambientalista aceptar el mundo desarrollado. Si lo negáramos, estaríamos consolidando la pobreza y la marginalidad. Y el mundo tiene que desarrollarse. Tenemos que ser funcionales para que el mundo crezca. Está en nosotros ser una máquina de impedir o de corregir”. Pero tienen enfoques diferentes: “Nuestro trabajo tiene que ver con presionar a los gobiernos para que hagan transformaciones políticas. Nosotros no le pedimos a la gente que cambie las bombitas, sino que queremos denunciar y promover soluciones ambientales estructurales, de fondo. No le decimos a la gente que deje de talar bosques, sino que les pedimos a los gobiernos que dejen de hacerlo. Valoramos las elecciones individuales, pero –frente a la magnitud del problema– consideramos que es una postura voluntarista y romántica. Es decir: uno puede elegir no comer carne o no usar determinado tipo de prendas; pero nosotros creemos que los gobiernos tienen que cambiar los procesos tecnológicos”, dicen en Greenpeace. En Fundación Vida Silvestre, en cambio, creen que desde lo individual se puede tener acciones sencillas (y no tan espectaculares como salvar a las ballenas) que sirvan para el cuidado del entorno. Dice Bertonatti: “Ser responsable ambientalmente no pasa por disfrazarse de verde o por ponerse la remera de ‘Salvemos el Planeta’. Pasa por tener en claro qué puede hacer cada uno para reducir los impactos en la naturaleza y ser solidario con las especies y lugares amenazados. Pasa por tres virtudes que no son comunes hoy: la austeridad, la coherencia y el sentido común”. O, como dice Juan Pablo Meneses: “Tal vez, el primer paso para abandonar los fundamentalismos es entender nuestra naturaleza contradictoria. Cuando me compré la Negra era una persona carnívora. Hoy, años más tarde, y luego de haber seguido todo el proceso de una carne argentina, puedo decir que he cambiado. Ahora soy un carnívoro consciente”.


[ Texto M. F. Sanguinetti Fotos A. Atlántida ]

La conspiración de las organizaciones