iene treinta y pico. No hay ninguna duda de eso, pero no sabremos exactamente cuántos años tiene Muriel Santa Ana, siempre y cuando no resolvamos el acertijo de la actriz: “No tengo ningún trauma respecto a la edad, pero lo único que voy a decir es que tengo más años de los que aparento y que soy mayor que mi novio, que tiene 32…”. Pero el dato poco importa cuando se trata de conocer a la protagonista de Ciega a citas (“casi todos los días”, a las 23, por Canal 7) comedia en la que ella es Lucía, una treintañera, autosuficiente y cool, soltera y con algunos kilos de más (“llevo toda la vida embarazada”, le responde a un inoportuno que confunde su sobrepeso con dulce espera); algo así como una prima lejana y argentina de Bridget Jones que ya tiene más de 13.000 amigas-seguidoras en facebook que la tratan como a una de las suyas: mujeres de tres/cuatro décadas, cuya vida resulta una secuencia de peripecias dignas de ser contadas como en una novela o, mejor, en una comedia como la de Lucía González, que tiene “258 días para encontrar a un novio normal” que le evite el disgusto de ir al casamiento de su hermana menor (María Abadi) SOLA, tal como apostó su madre (Georgina Barbarossa), controladora e irritante.
La historia está basada en el blog de la periodista Carolina Aguirre (31); más adelante la editorial Aguilar la convirtió en libro chick-lit, y luego Rosstoc –productora de Gastón Pauls– la adaptó a la televisión y a la medida de Muriel, alguna vez actriz de teatro off –“pasó al frente”, dice hoy orgulloso su papá, el actor Walter Santa Ana–, la que fue amiga incondicional en la ficción de Carla Peterson en LaLola y desde hace dos años única integrante femenina de Ambulancia, la banda de pop teatral de Mike Pells Amigorena… y del actor y guitarrista Julián Vilar, su novio desde hace dos años, el hombre de quien se “enamoró por primera vez en su vida” y con el que comparte un departamento en el Soho porteño, vecino a un restó francés, muy Palermo. “Los domingos hay muchas mujeres en jogging que hablan a los gritos sin tener el menor registro del lugar en el que están. A veces, cuando están en grupo, las mujeres pueden montar un espectáculo deplorable. La ansiedad femenina me irrita bastante”, sentencia.
¿Y vos qué tipo de mujer sos? Yo me encontré bastante tarde conmigo misma, como actriz y como mujer. A diferencia de mi mamá (N. de la R.: Mabel González, 76 años, tiene una peluquería en Barrio Norte y se dedicó a las terapias alternativas) que hizo siempre lo que quiso y que desde muy chica supo quién era, a mí me llevó mucho más tiempo y nunca la tuve tan clara. Igual que con los hombres… Afectivamente, yo era muy confusa porque no sabía bien dónde estaba parada. Siempre hubo gente a la que le resultó más fácil estar acompañada que a otra y lo que a mí me pasaba es que, como no sabía muy bien quién era, miraba equivocadamente, esperaba que el otro viniera a definirme, a sacarme de esa especie de nube en la que no sabía muy bien para dónde ir. Hasta que conocí a Julián estuve mucho tiempo soltera y muy mal enganchada en relaciones completamente “berretas”, de muy mala calidad.
Definamos relaciones berretas… Hombres inconvenientes, no disponibles, inconsistentes, chicos con poco sostén que no daban ni siquiera para tener una aventura o para pasarla bien. Durante muchos años insistí con esos casos perdidos y no te voy a decir que fue mala suerte. Me parece que las mujeres que insistimos en esas historias no estamos bien. Hay otras, en cambio, que la tienen mucho más clara.
En esa confusión sobre la propia identidad, ¿qué rol juega la relación con el propio cuerpo? Es un tema muy presente en el personaje de Ciega a citas. ¡Yo tenía un lomazo!, pero viví una adolescencia de mega complejos (se ríe). Tenía una amiga que pesaba 47 kilos, y como su ropa no me entraba, me veía como un tonel. Además, como yo me comparaba todo el tiempo con ella terminaba atribuyéndole al peso la culpa de todo lo que ella tenía y yo no. Después, un poco más grande, empecé a engordar… Fue después de terminar una de estas relaciones complicadas, estaba sin trabajo y terminé yéndome al tacho: me puse un montón de kilos de más que hace unos tres años pude bajar.
¿Cómo lo conseguiste? Caminando, cambiando hábitos y achicando porciones. Incluso este año, por primera vez en mi vida, me enganché con un personal trainer y aprendí lo que es la actividad física al aire libre. Me compré la remera, las zapatillas deportivas y hasta me levanté un domingo a las 8 de la mañana para correr la maratón de UNICEF (se ríe). Llegué penúltima pero para mí fue un desafío. Ahora llegué a un peso saludable que es el que yo puedo mantener. Tengo una balanza que guardo debajo de la mesa de luz, me peso todos los días y lo anoto en la computadora. Aunque ahora, con la tira, me da un poco de fiaca sacarme el pijama sólo para pesarme y termino controlándome sólo los fines de semana.
¿No es demasiado obsesivo el control? No, pesarse no es cuestión de obsesión como cree mucha gente que lo asocia con la exageración o el castigo. Al contrario. Esa balanza es la que me cuida y no es el enemigo. Ver el número escrito es fundamental para mí, primero porque yo siempre pienso que estoy más gorda y segundo porque ya conozco las oscilaciones de mi propio peso.
¿Tu autoestima goza de buena salud? Sí. Ahora estoy bien, aunque tengo varios complejos y varias partes de mi cuerpo que no quiero que nadie me las vea. Y no necesariamente son las partes que a simple vista parecen más grandes… grandes (se ríe).
El personaje de Lucía parece sufrir la soltería más por la presión de su familia que por su propio deseo. ¿Tu madre también está esperando que formalices tu relación? ¡No! Por suerte no existe eso en mi familia. Digamos que mis padres son gente de vanguardia y su consigna siempre fue: “Andá para donde puedas y quieras”. Si yo hubiera escuchado lo que escuchó Lucía, me como un lemon pie, que además es mi torta preferida –N. de la R.: la madre de la protagonista apuesta a que su hija mayor irá sola y sin un novio normal a la boda de su hermana; si pierde, se ofreció a pagar la fiesta–. Además, lloro dos días seguidos, y después me busco a un analista y llamo a mis amigas. En eso Lucía lleva la soledad con un tono bastante más irónico y con peor humor del que yo me permitía cuando estaba soltera.
¿Padeciste esa soltería prolongada? La verdad es que, ahora que lo pienso, nunca la sufrí realmente. Básicamente, porque me enamoré de grande y, como te decía, el verdadero amor es el correspondido. Cuando yo estaba soltera me divertía mucho.
Apuntame tres verdades de la mujer sola y divertida. Buscate un trabajo que más o menos te guste, ganá plata, ni mucha ni poca, la que necesites. Hacete un rica cena, organizá planes chiquitos y a corto plazo: para esta noche, para mañana o para el fin de semana. Tené cerca buenas amigas y mantené la casa linda y ordenada, como te guste. Y sobre todo no vayas a ningún lugar “para conocer a alguien”. Jamás hay que salir a buscar adónde vos estás seguro de que algo va a haber porque lo emocionante de la vida, en todos los órdenes, es que eso que deseás te encuentre… Yo no salí a buscar ser protagonista de televisión, pero sí estaba en un lugar en el que eso me encontró. Antes de Ciega a citas, hace años que yo trabajaba sin parar. Ya estaba en carrera.