l caminar por los pasillos del canal todos la saludan. “¿Cómo anda
señora?”, “Adiós, reina”. Y ella devuelve cada gesto cálidamente y
con un inconfundible acento ucraniano. Súper coqueta, Nadia Zyncenko lleva muy
bien sus 57 años. Será por su buen humor o quizás por el orgullo que le provoca
su trabajo que tanto ama y defiende con una vitalidad avasallante. “Lo que
más me gusta es que cambia todo el tiempo”, afirma sin darse cuenta del
juego de palabras que acaba de hacer. “La ciencia meteorológica no tiene
fronteras. El límite sos vos y podés llegar con ella a donde quieras”, dice
como una gurú esta mujer nacida en Nápoles, Italia, en 1948. Hija de un
soldado del ejército ruso, antes de cumplir un mes de vida llegó a la Argentina
–huyendo de la guerra–, y se crió en familia en una zona rural de Pilar. “Durante
los ocho años que estuvo en combate, mi papá se la pasó mirando el cielo, donde
sobrevolaban los aviones y caían las bombas. Cuando vino a la Argentina continuó
haciendo lo mismo, pero no esperando bombas sino tratando de adivinar cómo
estaría el tiempo. Así fue como él, un inmigrante en el medio del campo, terminó
diciéndoles a los tamberos vecinos cómo iba a ser el tiempo”. Esa es la
anécdota que signó el futuro de Nadia, quien al ingresar en la Facultad de
Ciencias Exactas y Naturales obtuvo una beca del Servicio Meteorológico
Nacional (SMN), donde probó sus primeros pronósticos.
Su debut como presentadora del tiempo –en 1980– fue a partir de una suplencia
en Canal 7. Pasó por otros canales y otros programas, pero desde 1993 y hasta el
día de hoy ella es “la mujer del tiempo” del canal estatal, con salidas
de lunes a viernes –a las 12 y a las 21– y los domingos a medianoche. Además,
trabaja en el SMN y es miembro activa de la Organización Internacional
de Presentadores del Tiempo. “No me puedo quedar solamente con decirte si
va a llover o no. En Canadá, por ejemplo, mudaron una ciudad por el cambio
climático. ¿Sabés lo que es eso?, ¡mudaron una ciudad entera!” Hablar sobre
el recalentamiento de la Tierra la pone muy seria. Pero la mala cara se le va
apenas vuelve a hablar de ella y su “personaje”.“Soy una mimada de la
gente. Todo el tiempo y en todos lados me paran por la calle para preguntarme
por el clima –cuenta–. Me dicen que me siguen desde hace mucho tiempo y
que me creen más que a otros presentadores”.
–¿La gente no es siempre un poco escéptica frente a los que pronostican el
tiempo?
–Los pronosticadores trabajamos con mucha precisión, aunque el producto que
salga no sea exacto. Claro que la gente te dice: “Dijiste que iba a llover y no
llovió”. Pero lo que nosotros damos es un pronóstico, no una certeza. Si fuera
una certeza no se llamaría pronóstico.
–¿Te acordás particularmente de algún pronóstico que hayas errado?
–Como Jefa de Pronósticos de Aeroparque para el Servicio
Meteorológico Nacional, un viernes estaba de turno y un piloto me preguntó
cómo iba a estar Punta del Este. Le dije que estaría perfecto y que iba a entrar
y salir sin ningún inconveniente. Al día siguiente me lo crucé y me dijo que se
había topado con una niebla rastrera, que se forma en menos de una hora, y le
había cubierto toda la pista. Se enojó en serio conmigo ¡Me quería morir!
–¿Cuáles son las claves del buen presentador/a del tiempo?
–Primero, tenés que saber que hay un montón de personas trabajando las 24
horas para que, en un minuto al aire, una interprete exactamente lo que ellos
elaboraron. Y encima hay que decirlo bien claro para que la gente lo entienda…
¡Y a todo esto sumale que se me tiene que ver bonita!
–¿En vacaciones estás pendiente del clima?
–Trato de desconectarme pero no puedo evitarlo. Miro al cielo y le digo a mi
marido: “Aprovechemos hoy a hacer tal cosa porque mañana va a llover”. Es
algo que va conmigo.
Su estación preferida es la primavera y está convencida de que los estados
del tiempo inciden en la vida de las personas. “Eso se llama Biometereología
–presume–. Te voy a contar un secreto: entre 12 y 24 horas antes de que venga
una tormenta es cuando instintivamente se nos despiertan los deseos sexuales más
fuertes. Cuando está por venir el agua les digo mis compañeros de trabajo:
‘¡Bueno chicos, esta noche van a estar bravos!’”