adame Bovary leía novelas románticas para evadirse, entre otras cosas, del
tedio que le producía la vida cotidiana. Como tantas mujeres, ella imaginaba
a través de los libros historias de amor que se anudaban a sus propias fantasías.
Pero para Florencia Bonelli (cordobesa, casada, 33 años) leer esas novelas e
imaginarse esas historias supuso, finalmente, terminar por escribirlas. “La
vocación por la escritura me nació a los 27 años –cuenta la autora-. Yo
soy contadora pública y estaba trabajando muy bien con mi profesión, pero muchas
veces, incluso en la oficina, empezaba a imaginarme historias románticas. `¿Y
por qué no las escribís?´, me sugirió mi esposo cuando le hablé del tema. `¿Y
por qué no?´, me dije. Y así empezó todo”.
Lectora infatigable de novelas de amor, Florencia descubrió el género nada
más y nada menos que con Jane Eyre, de Charlotte Brönte, un libro que comenzaría
a trazar el camino que la llevaría a escribir novelas histórico-románticas.
“Pienso que las mujeres hemos sido tradicionalmente lectoras de este tipo
de novelas porque no encontramos romanticismo en la vida cotidiana. El amor,
el erotismo, las aventuras y los desencuentros que una halla en estos libros
no se dan en la vida de todos los días. La rutina de la casa, el trabajo y los
problemas son cosas que hacen trizas el romanticismo, por eso no me interesa
escribir sobre cosas rutinarias. ¡La vida cotidiana es tan aburrida!”
–¿Qué te interesa a vos, como lectora, de las novelas románticas?
–A las lectoras de novelas románticas nos fascina el poder que puede tener
el amor entre dos personas. Y es el hecho de que todos los días la gente se
enamore lo que hace tan difícil que alguien pueda explicar qué es, en realidad,
enamorarse. Al ser un género de entretenimiento (aunque no diría “pasatista”,
porque suena peyorativo), la novela romántica nos sirve a las mujeres para desenchufarnos:
son libros que una compra para leer en un fin de semana. Pero hoy en la Argentina
es un género muy menospreciado. Acá se le pone la etiqueta de “novela rosa”.
Hay mujeres que compran los libros y los dan vuelta en el mostrador para que
no se les vea la tapa. No sé bien por qué, pero existen muchos prejuicios tanto
acá como en los mercados latinoamericanos. Aunque si te fijás en los EE.UU.,
la novela romántica mueve mil millones de dólares al año.
–¿Ves esos prejuicios tanto en el público como en la crítica?
–Sin duda esos prejuicios son mayores del lado de los críticos. Cuando publiqué
Indias blancas, hicimos un evento de firmas en una librería de la Capital y
la gente de la editorial se quedó pasmada por la cantidad de mujeres que se
acercó. Yo siempre digo que no hay lector más fiel que el de novelas románticas
(aunque en general son lectoras, hay muy pocos hombres). Pero el menosprecio
que hay acá hacia el género tiene que ver también con una gran miopía por parte
del mercado. Sobre todo si pienso que cualquier mujer que empieza a leerlo enseguida
se engancha.
–¿Creés, entonces, que hay una literatura de y para mujeres?
–Este es un género de y para mujeres. Es difícil que un hombre pueda escribir
una novela romántica. Los hombres no tienen el romanticismo necesario para hacerlo.
Algunas lectoras me han escrito preguntándome si existieron los protagonistas
masculinos de mis novelas, quizá con el deseo de saber si ha habido en la realidad
hombres tan románticos. Pero son invención mía... No sé si hay hombres así o
si alguna vez los hubo. Y no creo que haya escritores de novelas románticas.
Ese es un territorio de mujeres.
Indias de telenovela
En 1998, Florencia Bonelli dejó de trabajar como contadora pública para dedicarse
de lleno a su vocación de escritora, y en 1999 publicó Indias Blancas,
su segunda novela (ver recuadro). “Yo tenía un trabajo magnífico, ganaba
muy bien, pero quería dedicarme a lo mío. Ya las ciencias económicas no me llenaban
y todos los días me impacientaba en la oficina cuando se acercaba la hora de
irme a casa para seguir escribiendo”. Pero luego de una temporada en la
que vivió en Europa, decidió volver a su antiguo trabajo porque ya no quiso
seguir dependiendo econonómicamente de su marido. “Entonces hice una revisión
y me di cuenta de que con mis libros gano poca plata, cuando en realidad siempre
fui una persona que tuvo su propio dinero. Aunque sé que muy pocos escritores
pueden vivir de lo que escriben en la Argentina. Y es que acá no lee casi nadie,
y el que lo hace lee El Código da Vinci… como si no hubiera otro libro más que
ese”.
–A diferencia de lo que pasó con la novela romántica, según decís, la novela
histórica es un fenómeno de ventas. ¿Pensás que es una moda pasajera?
–La novela romántica no va a pasar de moda mientras haya mujeres románticas.
En cuanto al género histórico creo que tampoco, porque la gente ha descubierto
que es una buena forma de aprender historia. Siempre estudiarla en la escuela
fue un bodrio. Los libros y los profesores eran un bodrio. Y a través de la
novela histórica la gente entendió que se puede aprender historia entreteniéndose.
–¿No creés que las lectoras del siglo XIX o de principios del XX encontraban
en las novelas románticas lo que hoy las mujeres encuentran en las telenovelas?
–Sí, pero hoy las lectoras de novelas románticas no sólo leen libros, sino
también miran telenovelas y películas de amor en el cine. Son mujeres que no
tienen saciedad y te lo digo porque las conozco. Por ahí se compran seis o siete
libros por mes, y no porque los vayan a leer todos… Algunas me dicen: “Yo
no puedo pensar que voy a terminar de leer este libro y no voy a tener otro
para seguir leyendo”. Casi te diría que es una literatura para fanáticas.
–En Indias blancas hay dos historias de amor que se dan entre una
mujer blanca y un indio. ¿Qué fue lo que más te atrajo del mundo de las cautivas
a la hora de escribir tu novela?
–Si me fui al mundo de las cautivas es porque siempre me interesaron los
antagonismos, la idea de un amor que nace atormentado. Una de las cosas que
más me sorprendió en la investigación que hice fue saber que hubo mujeres blancas
que, después de haber sido rescatadas, quisieron volver a vivir entre los indios.
Ya sea porque se habían enamorado o porque habían tenido hijos o porque ya no
les gustaba vivir como cristianas. También hubo casos en que los hombres no
quisieron de vuelta a esas mujeres que habían sido mancilladas por seres que,
en aquel entonces, eran considerados poco menos que animales. Pero más allá
de esa imposibilidad de volver porque la sociedad las despreciaba, a mí me gusta
pensar que algunas de ellas se encariñaron con esa vida y también se enamoraron.
–¿Qué significaba que una mujer blanca se enamorase de un indio en aquel
entonces?
–Era algo inconcebible, desnaturalizado, diría que un horror. Los indios
eran parecidos a lo que hoy son para nosotros los secuestradores. Las mujeres
vivían con miedo y la gente no se animaba a viajar lejos, porque un malón podía
atacar la galera y raptar a quienes en ella viajaban. Se vivía una situación
muy complicada porque nunca hubo en la Argentina un buen manejo de la relación
entre indios y cristianos. Y me avergüenza decir “cristianos”, porque
a través de la doctrina cristiana deberíamos haber sido más complacientes con
ellos. Pero esa, en realidad, es otra historia.