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Fecha: 12/08/05
“Criarlos es más difícil que haber creado Kosiuko”

Cynthia Kern

Es una de las empresarias más exitosas de la Argentina y líder del mercado de la moda. Junto a su marido construyeron el imperio KSK, una marca que se vende en todo el mundo. Sin embargo, a la hora de hacer el balance de su vida, los números no son para ella los que ganan. Su mayor orgullo son sus cuatro hijos: Luca, Mika, Fiona y Luiggi. En el Día del Niño, esta Súper Mamá es un ejemplo de que en el mundo moderno el trabajo y la maternidad pueden ir de la mano.

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En familia
Si hablamos de profesionales exitosas, Cynthia Kern (35) aparece en el Top Ten de todas las listas. Junto con su marido Federico Bonomi, es dueña de Kosiuko –una de las principales marcas de ropa del país que lidera el mercado del jean–, de un bar en Punta del Este, de una radio, de una línea de accesorios, de un sello discográfico y de un emprendimiento ligado al cultivo de olivos... También tiene una casa en San Isidro y otra en Carmelo, Uruguay, y hasta un avión privado. Sin embargo, todos esos privilegios no le hacen más sencillo su rol primordial en la vida: ser mamá. Luca (8), Mika (5), Fiona (2) y Luiggi (10 meses) son los responsables de que hoy Cynthia confiese: “Sacar adelante a cuatro hijos es más difícil que haber creado Kosiuko”.

–¡¿Es para tanto?!
–Absolutamente. Manejar las necesidades y las demandas de cuatro hijos, que son como cuatro pequeñas esponjas que te absorben cada rincón de tu ser, puede ser agotador. Hoy pienso que ninguna persona que lo reflexione fríamente se largaría a tener cuatro chicos (risas).

–Y eso que imagino que vos tenés la fortuna de contar con personas que te ayudan en tu casa.
–Sí, por supuesto que tengo gente que me ayuda, pero la responsabilidad de educar, tener la heladera completa y velar por cada uno de ellos es mía. Te doy un ejemplo: la habitación de los varones suele ser un desastre y ahora me estoy proponiendo que sean más ordenados. Entonces les digo a las empleadas que no entren por unos días y comienzo con: “Mika, doblate esa remera”, “Luca, no dejes esa zapatilla tirada”. Y por ahí me dicen: “Pero si están las chicas”. “No importa –les retruco–. Ustedes son cuatro y ni ellas dan abasto, además, ya están grandes y tienen que aprender a ser ordenados”. Eso también es parte de la educación y ninguna de las empleadas tiene por qué hacerlo.

–¿Educar en una casa donde casi no hace falta nada puede significar alguna dificultad en especial?
–A veces sí. Mi experiencia personal me indica que tener acceso a demasiadas cosas materiales te puede jugar en contra. Cuando era chica sentía algo así como una sensación de ahogo. Es más, recuerdo que en un momento que hubo que “achicarse” de golpe, más que angustia sentí paz. Es que el “tener” también genera una gran demanda del ambiente: invitaciones, salidas, gente que viene a tu casa, viajes de tus padres... Cuando nos achicamos fue sentir que estábamos todos juntos, en nuestro estado más puro.

–¿Y cómo lográs transmitir a tus hijos esa sensación de paz sin tener que “achicarte” contra tu voluntad?
–Trato de implementar ciertas normas que les hagan sentir que ellos se ganan las cosas. Con el que más lo puedo hacer es con Luca, que ya está en tercer grado. Lo que hago es estimularlo a que esforzándose un poco más traiga notas más altas. Por otra parte, soy bastante estricta a la hora de comprar. Soy de las que dicen “basta” y no compran nada más. Ni otro álbum ni otro paquete de figuritas. En eso me gusta marcarles los límites. No se puede comprar todo y punto. Y la verdad es que lo entienden.

–¿Cómo te llevás con el tema de los límites...? No podemos dejar de contar que mientras que nosotras hablamos los chicos están jugando al fútbol en el living.
–¡Sí! Pero me corren el florero a la cocina para no romperlo. Es cierto, soy bastante permisiva: los dejos comer chocolate arriba del sillón blanco, cenar hamburguesas en mi cama mientras ven una peli, dormirse a cualquier hora… Pero también es cierto que en las cosas más importantes marco pautas. Soy consciente de que tengo que corregirlos ahora, pero pacientemente, no ahogándolos ni demandándoles todo el día la cosa perfecta. Pero no es sencillo. Trato de no darles mucho ni poco, de no retarlos demasiado ni dejarlos hacer cualquier cosa. Estoy en la búsqueda del equilibrio y sé que tengo que aprender mucho en este oficio de ser mamá.

UN CAOS ENCANTADOR.Luca, quedate quieto”, “Mika, sonreí”, “Fiona, sentate derechita”, “Luiggiiii, una sonrisita para mamá”... Para la producción de fotos, los chicos suspendieron un día de sus vacaciones de invierno para participar de la nota. Y, aunque parezca increíble, aceparon cambiarse de ropa varias veces a pedido del fotógrafo. Desde el mayor que dejó para más tarde los juegos en la compu, hasta el más chico que suspendió su siesta, todos colaboraron en todo momento.

–¿Cuál es tu mayor miedo con respecto a ellos?
–Que no sean felices, que les pase algo, que no se sientan queridos. El amor de madre es tan grande que cualquier cosa –por más chiquita que sea– que les pase me angustia un montón. Ahí me doy cuenta de todo lo que los quiero.

–¿Cuál es el momento crítico en la casa de los Kern-Bonomi?
–Creo que hay un horario, que es el de 7 a 9 de la noche, en el que las madres queremos huir: es el horario del baño, la cena y de prepararse para ir a dormir. ¡¡¡Es un caos total!!! Si bien los chicos tienen una rutina prolija, a ninguno lo acuesto en su cama, le apago la luz y digo: “Hasta mañana, mi amor”, en lo más mínimo. Con cuatro estoy corriendo de habitación en habitación para ver quién está viendo tele, quién quiere que le lea un cuento o que le encienda la luz con la caja de música. A veces se duermen mirando tele y luego los llevamos a sus camas. Y Luiggi todavía se duerme a upa. En el ítem de “madre perfecta” seguro estoy aplazada.

–Y el padre, ¿qué papel juega en todo esto?
–Ahora está participando mucho más en todo, no sólo en el momento de acostar a los chicos. Antes ni siquiera lo dejaba retarlos. Modificar esa actitud fue todo un aprendizaje para mí. Entendí que yo no me tengo que creer que, porque soy la mamá, soy más comprensiva, contenedora y cariñosa, porque así lo anulo como padre. A veces Fede, desde su lugar de papá, puede decir con muchas menos palabras que las mías y de manera más concreta lo que el chico tiene que hacer.

–¿Hay algo de tu infancia que te gustaría que tus hijos también vivieran?
–Yo me sentí y me siento muy amada por mi familia y me gustaría que ellos también lo sintieran. Creo que el amor de familia te da mucha seguridad, te permite expresarte mejor y resolver cualquier dificultad que se te presente. A mí también me ayudó mucho en los momentos de angustia de mi vida saber que podía contar con mi familia, eso es brutal. Quiero que sepan que pueden contar siempre conmigo, para contarme lo peor y lo mejor. Que sepan que estoy abierta para ellos y nunca los voy a condenar porque los amo con todo mi corazón.


Texto Silvina Ocampo Fotos Pablo Balda

Sus amores