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Fecha: 21/09/07
“La Justicia es aliada de la corrupción”

Marcos Aguinis

La corrupción es uno de los temas clave de las agendas públicas, el principal caballito de batalla de los discursos de campaña y una queja eterna en la boca de los ciudadanos. Pero persiste como un mal incurable… En la serie de conversaciones que inició Para Ti con líderes de opinión, esta vez es el turno de Marcos Aguinis, un intelectual que edificó su obra sobre la tarea –enorme– de pensar una Argentina distinta.

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Educar con valores
Me aflige ver cómo se han achicharrado los jueces en los recientes casos de corrupción. Demuestra que la Justicia no cumple con su rol”, dice Marcos Aguinis. Autor de El atroz encanto de ser argentino, una serie de ensayos que va por su segundo volumen, el escritor denuncia que vivimos en un país corrupto, que la Justicia tiene un rol importante en esto y se niega a aceptar el papel de resignación que tomó la sociedad.

–¿Desde cuándo la Argentina se volvió un país donde la corrupción es moneda corriente?
–La corrupción no es exclusiva de la Argentina, pasa en todos lados. Siempre existió: ya el Martín Fierro recomendaba “hacete amigo del juez”. Y se incrementó a partir del primer tercio del siglo XX, desde el golpe de Estado de 1930, cuando comenzó a haber una mayor impunidad. Por otro lado, llevamos una herencia pesada de tres siglos de absolutismo monárquico español. En esa época los funcionarios eran elegidos según la voluntad del rey y no por sus méritos, algo que hoy se ve cuando se ocupan cargos por amiguismo. Toda esta herencia generó en la sociedad la sensación de que no es responsable de vigilarse a sí misma.

–¿Creés que en algún momento vamos a poder romper con esta herencia y dejar la corrupción de lado?

–Creo que sí. Tengo esperanzas. La mejor prueba es que países que estaban en peor situación que la nuestra –casos como España o Chile–, lograron superarlo.

–¿Cuál sería la solución?

–El tema es complejo pero manejable. Un aspecto está vinculado con la Justicia, que falla porque no sanciona como debería. Y esto facilita que se sigan cometiendo actos de corrupción. Para cambiar el contexto, necesitamos una Justicia que opere correctamente y que todo delito sea sancionado. Y, además, es necesario educar a la sociedad.

–Aun en estos tiempos en que la educación está tan devaluada, ¿creés que puede ser una herramienta útil contra la corrupción?
–Cuando yo era chico, el maestro era un ejemplo a seguir y era el que transmitía valores. Ese modelo hoy falla porque a los docentes les falta motivación, sobre todo porque están mal remunerados. Hace falta una política de Estado para que la educación vuelva a ser transmisora de valores.

–Cristina hace campaña hablando de los “cambios” que se vienen. ¿Creés que si ella gana las elecciones, algo va a cambiar?
–Todos sabemos que va a ser más de lo mismo. Pero ella insiste con destacarse. Acá hace falta un presidente que, al asumir, diga: “Yo quiero continuar con la historia argentina asumiendo los errores y las virtudes de los antecesores, para acrecentar lo bueno y descartar lo malo”. Recién entonces podremos hablar de un país más maduro.

–¿Podemos decir que los argentinos tenemos el presidente que nos merecemos?
–Tenemos los gobiernos que se nos parecen, que reflejan nuestras contradicciones y, a su vez, la fascinación por la mano dura, por los tiranos.

–¿Alguna alusión a la relación de Néstor Kirchner con Hugo Chávez?

(Risas.) –Exacto, por eso se da esta relación, al igual que con Fidel Castro. Por eso la sociedad argentina siempre acompañó los golpes de Estado y los apoyó. Es un romance secreto e inconfesable con la mano dura, porque no nos gusta admitirlo, pero es así.

–Incluso con el sabor amargo que nos dejó la última dictadura, ¿creés que esto sigue siendo así?

–No aceptaríamos un golpe militar porque no es posible: los militares se convirtieron en objetos decorativos. Pero tenemos algo equivalente: un Kirchner o una Cristina autoritarios que están hablando de la concertación entre empresarios y el Estado, algo que proponía Juan Carlos Onganía, por ejemplo, y que fue inventado por Benito Mussolini. Además, la gestión K no considera a los partidos políticos porque no hay un concepto democrático. Y lo peor es que la sociedad no lo percibe.

–¿No será que la sociedad no se quiere dar cuenta de lo que pasa?
–Esa es una gran verdad. Los argentinos preferimos la negación, y también que no nos rompan la ilusión de creer que estamos bien y que vamos a seguir estando mejor. No hay visión estratégica. Hoy lo único que importa es el 28 de octubre. Pero no tenemos idea de lo que va a pasar el 29 y, menos, en 2008.

–¿Quién creés que va a ganar las próximas elecciones?
–No sé qué va a pasar porque en este momento hay un movimiento anti-kirchnerista muy intenso y se habla de una cierta posibilidad de ballottage. Por un lado, está Elisa Carrió, que hace campaña contra la corrupción, pero no genera confianza en materia de gestión. También está Roberto Lavagna, que es menos extremista que Lilita y parece tener más condiciones de establecer gobernabilidad. Están Jorge Sobisch y Alberto Rodríguez Saá, que hicieron buena gestión en sus provincias, pero generan desconfianza porque no se sabe bien con qué han hecho esa buena gestión. Sería bueno que haya grandes coincidencias en la oposición. Dejando de lado las diferencias personalistas, se puede ver que casi todos buscan lo mismo: que se termine con los poderes extraordinarios del jefe de gabinete, que el Consejo de la Magistratura vuelva a ser lo que debía ser, que se terminen los decretos de necesidad y urgencia, que vuelvan a tener jerarquía los partidos políticos, que haya una reforma política en serio, que la política internacional sea previsible, que haya seguridad jurídica, que se pongan en marcha políticas de estado en materia de salud, educación y seguridad. Llevado esto a un parlamento, podría llegar a actuar como bloque y forzar al Poder Ejecutivo a comportase de otra manera. En este caso sí, no sería tan importante quién ocupe el sillón presidencial, ya que el Congreso recobraría la fuerza que nunca debería haber perdido. Pero, lamentablemente, la oposición fracasa por los fuertes personalismos que se están dando.

–¿Es posible dejar de lado los personalismos en el ámbito del poder?
–Sí, por supuesto, la alternancia del poder en la democracia es algo normal. Pero en América Latina nos estamos equivocando haciendo reelecciones indefinidas y transformando a los presidentes en reyes. Después de soportar la dictadura, aceptar que se reforme la Constitución para que se den reelecciones eternas es volver hacia atrás. Esto habla de una gran amnesia argentina y de una gran inconsistencia democrática. Porque democracia significa alternancia de poder, que se tiene que esperar otro período para ser reelecto. Si no, es tiranía.

–Si llegara a ganar Cristina, ¿cuál sería el futuro del país?

–Al margen de los méritos que pudiera llegar a tener Cristina para corregir muchos de los entuertos que va a heredar, creo que puede encontrarse en una situación muy difícil, por lo cual va a tener que pedir el apoyo de gran parte de la sociedad. No sé qué precio tendrá que pagar para conseguirlo. Cuando comience a ser más grave la crisis energética, cuando la inflación no se pueda ocultar y esté acercándose a lo que es la hiperinflación, cuando llegue a producirse algún problema con la soja… No sé qué puede hacer. Ella es una mujer que está acostumbrada a actuar con mucha soberbia, a hablar desde el atril moviendo el índice, pero tiene una gran capacidad de negociación y sabe seducir. Ojalá eso la ayude.

–¿Una mujer presidente podría ser menos corrupta?

–No, no hay diferencia. Lo que ocurre es que como las mujeres estuvieron tanto tiempo oprimidas y marginadas, proceden como les pasa a todos los marginados: se esmeran en demostrar que son mejores que los demás porque están siendo observados con una lupa.

–¿Las alianzas del poder con los empresarios perjudican al país?
–Hay dos tipos de empresarios. Muchos están en las PyMEs que trabajan honestamente y se esmeran en generar buenos productos, competitivos, pero también están los grandes que buscan privilegios y que quieren hacer arreglos con el poder de turno. Muchas veces actúan como testaferros y quieren privilegios a partir de medidas proteccionistas que les permitan seguir ganando dinero, a pesar de que esos productos sean malos y caros. Si Cristina va a pactar con estos últimos empresarios, durante un tiempo podrá controlar la situación pero, en algún momento, se le va a escapar de las manos porque no generan riqueza. En Argentina hace falta pensar en un gran impulso de la productividad; de lo contrario, no hay futuro. Cristina sabe del brete en el que se está metiendo pero sigue adelante: es la gula por el poder, y esto enloquece.

–Entonces, ¿lo de Cristina es personalismo absoluto?
–Si ella apuntara a ser recordada históricamente, como Evita, como una figura que deja una marca en la historia, no me molestaría. Pero cuando el personalismo está volcado solamente al goce del poder y nada más, es terrible. Pero Kirchner es igual: no piensa en las instituciones. Usó el 25 de Mayo, que es una fiesta de todos, para llamarla “La fiesta del sí”. Y el 9 de Julio de este año lo convirtió en la fecha para proclamar a Cristina candidata. Entonces él ha profanado instituciones de la Nación, convirtiendo algo que es de todos en provecho propio, y eso la sociedad no lo ha percibido ni ha protestado. Nos dejamos arrasar, violar, profanar y no decimos nada. Todo eso también es parte de la corrupción. El primer viaje que hizo como presidente fue para apoyar al gobernador de Formosa, Eduardo Fellner, que había hecho una reforma constitucional para establecer la reelección indefinida. Eso nos habla de su debilidad democrática y de su afán de atornillarse en el poder.

–¿Por qué creés que ahora, finalizando la gestión K, se destapan tantos hechos de corrupción?
–Se le está perdiendo miedo a Kirchner, un presidente que, a la inversa de los otros que hemos tenido desde que estamos en democracia, no es querido sino que solamente es temido. Y hoy se le está perdiendo el miedo. Hoy se habla de los actos de corrupción y de los fideicomisos –una mecánica mefistofélica que los ayuda a apropiarse de bienes– con más facilidad. Esta técnica corrupta consiste en llevarse dinero en el bolsillo y, además, apropiarse de empresas a través de testaferros. Lo terrible es que la sociedad argentina se está volviendo cada vez más descreída porque hace rato que se viene hablando de la necesidad de terminar con la corrupción pero sigue sin resolverse. La sociedad está aturdida, golpeada, resignada, y eso es lo peor que puede ocurrir. En la medida en que la prensa y los que nos atrevemos a hablar vayamos rompiendo esa tendencia a la negación, va a ir generándose un sentimiento de bronca saludable. Porque sigo sosteniendo: la corrupción tiene solución.

–¿Es posible un presidente ideal?
–Sí, por supuesto. Debe tener la capacidad de convocar a la gente, de demostrar que es conductor, que respete la Constitución Nacional y las leyes, y que genere una confianza que en la Argentina no existe.


[ Texto Daniela Fajardo/Agustín Gallardo Fotos Tomás Ghiorzo/Mariana Ruddock ]