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Fecha: 14/03/08
“¡Daniel guarda el aceite de oliva en la caja fuerte!”
Karina & Lorena
Por primera vez, la esposa y la hija de Daniel Scioli comparten una entrevista. En esta nota, confiesan los celos que se tuvieron cuando se conocieron, cómo construyeron la relación cómplice que tienen, y cuentan, también, cómo es vivir con el gobernador de la provincia de Buenos Aires.
Fuman la misma marca de cigarrillos, los finísimos Virgina Slim Vogue; usan idéntico talle de ropa –el cuatro americano–; disfrutan de “despanzurrarse” en un sillón, todo un domingo a ver la serie 24; se animaron a hacer un viaje a Marruecos; trabajan juntas –en la Fundación del Banco Provincia, Bapro–; y por supuesto, aman a un mismo hombre: Daniel Scioli (50), el gobernador de la provincia de Buenos Aires y ex vicepresidente. Una como hija y otra como esposa, desde hace más de 20 años. La empresaria y ex modelo Karina Rabolini se lleva de maravillas con Lorena, la hija que su marido tuvo hace 30 años en Rosario –fruto de una relación anterior con Margarita Renteria Beltran–. “En septiembre pasamos cinco días juntas en Marruecos, nos levantábamos a las cuatro de la mañana para ver el amanecer en el Sahara, arriba de un camello”, cuenta Lorena mientras le terminan de delinear la mirada para la producción de fotos con Para Ti; una sesión muy particular porque es la primera vez que otorgan una nota juntas. Es que la relación entre estas dos mujeres no siempre fue tan buena.
Karina: Yo la odiaba, tenía unos celos tremendos, la padecía.
Lorena: ¡Claro!… ella era “la bruja”. Yo venía los fines de semana a ver a mi papá desde Rosario y siempre preguntaba: “¿Y Karina?”. “Viajó”, me decían, y yo decía: “Ufa, nunca la veo’.
K: Es que yo no sabía qué hacer, no sabía cómo comportarme, de qué hablarle, tenía miedo de sacar un tema y meter la pata. Hasta que, un día, nos reconciliamos frente al mar; nos habíamos ido de viaje los tres a la costa y yo me había llevado 15 DVD para zafar de la situación: me instalaba a mirar películas mientras ellos dos se quedaban dormidos. Ese día Lorena se me acercó y empezó hacerme trencitas en el pelo y me conquistó. Así, empezamos a tener una relación más normal.
L: Es que, imaginate, yo tenía 16 años y Karina era más chica de lo que yo soy ahora. Debe de haber sido muy difícil para ella.
K: Claro, es como que se te aparezca una hija de 15 años, en este momento. Por suerte, la historia cambió. Ahora, si hay una fiesta, las dos inauguramos la pista de baile y compartimos un montón de cosas. El viaje a Marruecos fue bárbaro; cuando yo vi que el itinerario nos obligaba a estar en muchos lugares en poco tiempo, y que había que levantarse temprano, temblé.
–¿Por qué?
K: Porque ella a la mañana es insoportable. No le gusta que le hablen, y es como el padre cuando tiene que armar la valija: ¡viajan y se mudan!
L: Por las dudas, llevo todo, y ella es súper práctica.
K: Yo siempre le digo : “Tenés que armar una valija en la que te combine todo”. ¡Pobre!, para Marruecos preparó todo, y lo dejó arriba de la cama y me preguntaba: “¿Todo bien?”… Un sol.
–Y a vos Lorena, ¿qué manías cotidianas de ella te molestan?
L: A ver, dejame pensar. La verdad es que todo lo que se me ocurre son cosas buenas. Yo la admiro, me encanta. Karina es mi madrastra, mi hermana, mi mamá, mi amiga; cumple un montón de roles.
K: Es rara la relación, su madre siempre dice que yo soy como su hermana mayor y sí, coincido.
–¿Qué actitudes te separan de ese lugar maternal?
L: Nada… me reta pero sin tener la responsabilidad de saber que es mi madre (Se ríe con ganas). Lo cuál es genial. Si conozco a “alguien” vengo y se lo cuento; por ahí con mi “vieja” es distinto, la llamo a Rosario y le cuento, pero es más difícil llegar por la distancia.
–¿Tu mamá no se pone celosa?
L: No, al contrario, se llevan muy bien.
K: Sí, comparte la familia, es súper respetuosa y la hacemos partícipe de todo. A veces, me llama y me dice: “Falta tal crema de tu línea en tal perfumería”.
–Se tratan entre ustedes de madrastra e hijastra, ¿no les suena mal?
K: Nosotras estamos acostumbradas, pero a mucha gente le suena peyorativo. La connotación puede ser un tanto negativa. El otro día, después de presentar a Lorena como mi hijastra, me sentí en la obligación de aclarar: “No, no pero... miren que la quiero, eh”. (Risas)
–Lorena, ¿sos de pedirle asesoramiento a Karina?
L: Siempre. Cuando tengo un casamiento o una fiesta le consulto las opciones. Por ahí, se me pianta (se ríen entre las dos). Por ejemplo, a la asunción de papá fui con una flor … ¡Karina, me quería matar!
–¿También te animarías a aconsejar a Cristina Kirchner?
K: No.. y nunca me lo pidió. Yo soy muy respetuosa de los estilos, por supuesto que cuando nos encontramos hablamos de cosas de mujeres, pero nada más. Siempre nos vemos a las corridas, arriba de un auto, y muy esporádicamente.
–En esta casa, ¿la política es tema de sobremesa permanente?
L: De sobremesa, “de ante-mesa”, “de debajo mesa”; el tema está presente todo el tiempo.
K: Te entra por ósmosis. En mi casa, por ejemplo, nunca se habló de política, yo conocí la política por Daniel.
–El tema de la inseguridad, ¿les preocupa? ¿Viven con miedo?
L: Lo vivimos más que nada por lo que escuchamos, pero, por suerte, no tuvimos ningún episodio directo.
K: Somos conscientes de la problemática y de que se hacen todos los esfuerzos para revertirlo, pero por supuesto, no es un tema que se pueda resolver de un día para el otro.
Cambio de hábitos
Cuando en diciembre del año pasado, Daniel Scioli asumió la gobernación de la provincia de Buenos Aires, las rutinas familiares también se modificaron. La pareja se mudó a la ciudad de La Plata, y el segundo piso del departamento del tradicional y concurrido edificio del Abasto –que antes compartían los tres–, actualmente, lo disfruta Lorena. “Ahora, todo es diferente, nos vemos los fines de semana más que nada. Antes nos encontrábamos las dos todas las tardecitas, copa de vino blanco en la mano, hasta que llegaba Daniel para cenar”, cuenta Karina.
–¿Quién elige el menú en tu casa?
K: Daniel. El come muy simple pero bien.
L: Todos los días su sopa, su pastafrola, su manzana asada. Pasan los años, pasan las responsabilidades y él sigue igual.
K: Daniel, con el tema de la comida, es muy rutinario. Tiene que comer sí o sí, tomar el té con su pedazo de pastafrola antes de comer. A veces, se le hace tarde y merienda a las ocho de la noche, y yo le digo: “¿Por qué no esperás, si ya comemos?”.
–¿Sabe tu marido qué hay en la heladera?
K: Sí, de la comida sabe todo, pero seguro que no tiene idea de lo que hay en su mesita de luz.
–Entonces, podés hacer los cambios que quieras en la casa, sin pedir autorización…
K: Si quiero cambiar un sillón no pido permiso, porque nosotros funcionamos así: el segundo piso es mío, él no puede poner nada porque además no tiene mucha idea de decoración. El tercero, es de él, y yo no me meto.
–Con la vida que hacen hoy, ¿podés estar tranquila en el living de tu casa?
L: Vestida, sí. Son las siete de la mañana, te levantás y te podés encontrar con el Presidente, con el plomero o con cualquiera. Tenés que salir, siempre, vestida de tu cuarto.
K: De hecho, lo que considero mi casa es mi vestidor y para Lorena, su cuarto y el escritorio. El resto es como si fuese el hall del hotel, no es tu casa. En la casa de La Plata, también: te levantás y tenés a diez personas sentadas en la cocina.
L: Es muy cómico porque a veces volvemos de un casamiento o de alguna fiesta y, cada uno, está con su llavecita como si fuese un hotel.
–¿Tu “viejo” cuál tiene?
L: La de su caja fuerte en la que guarda, solamente, aceite de oliva, el vino y sus habanos.
–¿Cómo es eso?
K: La casa del Abasto pertenecía a Electrolux, y cuando nos mudamos ahí, Daniel encontró una caja fuerte que tiene el tamaño de una heladera y la hizo refaccionar. Un día, se fue al Senado, busqué la llave y la abrí con la ilusión de encontrar plata, no sé, algo. Era muy cómico porque yo lo controlaba por televisión –estaba la sesión del Senado en vivo– para poder hurgar tranquila. Cuando la abrí “me quería matar”: como le traen el aceite de oliva del exterior, no lo comparte con nadie.
–¿Extrañás una vida de menos exposición?
K: Estoy muy acostumbrada, siempre tuvimos una vida muy activa. Daniel arranca muy temprano, se levanta aproximadamente 6:30 y, mientras desayuna, lee los diarios, escucha la radio, hace todo junto. Después, se sube a la máquina de elíptico, está una hora, y al lado tiene una mesa con sillas, donde se reúne mientras hace gimnasia.
–Bueno, convengamos en que vos le seguís el ritmo (N. de la R.: Es directora ad honorem de la Fundación del Banco Provincia (BAPRO) además de dirigir su propia empresa de cosméticos)…
K: Sí, es que ahora estoy con muchos proyectos nuevos; y tengo poco tiempo para todo, incluso para comer sano y bien.
–¿No exagerás con todo lo que hacés? Estás súper flaca…
K: Es que estoy comiendo mal y apurada. Como de todo, cualquier cosa, en el auto… todo mal. Con la mudanza, todavía no tuve tiempo para organizar una rutina de ejercicios, hasta dejé remo.
L: Pero cuando arranca… ¡agarrate!
–¿Te gustaría trabajar un poco menos?
K: No sé, yo empecé a trabajar desde tan chica que me costaría, no sabría cómo organizarme. Yo siempre fui una persona muy insegura y, para mí, el trabajo es una gran terapia y una gran enseñanza, porque me ayudó a descubrir que podía hacer muchas cosas.
–¿Daniel te “bancaría” si decidieras tomarte un par de años sabáticos?
K: Sí, porque es respetuoso de las decisiones, pero sería cuestión de probarlo (Risas).
–¿Es exigente con ustedes?
K: Sé que no soportaría que no hiciésemos nada.
L: Te estimula mucho para que hagas cosas, yo terminé la universidad, hice un postgrado, estudié idiomas. No toleraría que no hiciese nada. Empecé a trabajar apenas me recibí y, antes, era ayudante de tres materias en la facultad.
–¿Con la estética también?
K: No, yo creo que ni sabe que nos pusimos. Si me cambio el pelo, no se da cuenta.
–¿Si quisieras hacerte las “lolas”, por ejemplo, le pedirías permiso a tu papá?
L: Y, supongo que se lo comunicaría.
K: Yo le pediría la plata. (Risas)
–Lorena, ahora no tenés novio, pero ¿qué tan celoso es tu papá?
L: Si estoy sola, debe ser por los custodios que intimidan a los hombres con los que salgo; cuando tengo una cita me esperan afuera. En realidad, antes era más celoso, ahora no le importa; de hecho, quiere que me vaya: acabo de cumplir 30. Ya está (se ríe a carcajadas). Igualmente, tampoco me trae candidatos; Karina, sí.
K: Todos estamos tratando de casarla, pero no hay forma.
–¿Qué es lo que no aceptaría tu papá de un hombre para vos?
L: Supongo que confía en mi criterio.
K: Si es una persona sana, trabajadora y no muy mayor, supongo que estaría todo bien.
–Pero vos y Daniel se llevan diez años…
L: Sí, vos tenías 18 años cuando conociste a papá.
K: Bueno, los errores que yo cometí no tenés porque cometerlos vos. Te veo con alguien más chico que vos. (Se ríe con ganas).
–Esta complicidad que tienen, ¿la ponen en práctica si necesitan armar estrategias para convencer a Daniel de algo?
K: Mirá… es más probable que las dos estemos aliadas contra él, que la posibilidad de pelearnos entre nosotras. Si algo nos molesta, nos sentamos, lo hablamos y después nos olvidamos.
–Karina, hablan de política, los dos trabajan mucho, ¿cómo mantienen la pareja después de veinte años?
K: Se manifiesta en otras cosas. Es imposible que Daniel me traiga un ramo de flores, es imposible que nos sentemos a comer con velas porque empieza “prendé la luz”, “sacá las flores”; no existe que nos hagamos regalos. Ese tipo de romanticismo estándar no existe entre nosotros
L: Pero te llama veinte veces.
K: Sí, está muy presente, pero de otra manera; siempre nos ha trasmitido mucha seguridad, entonces, cualquier problema que tengamos, siempre está.
–Entonces, tampoco es de hacerles regalos. ¿Cuál fue el último regalo que les hizo?
K: No me acuerdo. Es que me da la plata, y prefiero comprarlo yo.
L: A mí tampoco. Una vez, nos pusimos de acuerdo y le compramos para el cumpleaños unos lentes increíbles que nos costaron una fortuna, y al otro día los había perdido.
–Karina, pasaste la barrera de los 40, ¿cómo los vivís?
K: No tengo problemas con la edad; creo que llega y vos no te sentás a plantearte que tenés 40.
–¿Te sentís bien con vos misma?
K: No, obviamente “hago agua” en un montón de cosas que me encantaría cambiar y que, ni loca, te voy a decir. Olvidate.
–¿Seguís “buscando” un bebé?
K: Sigue siendo un proyecto, pero no es algo que viva con angustia, y tampoco me levanto cada mañana y pienso en el tema. Quizá, el estilo de vida que llevo me ayuda a distraerme bastante respecto de eso. Pero, además, dentro de mí, no tengo el miedo de creer que no pueda ser madre. El día que yo me plantee seriamente empezar a hacer un tratamiento es porque de alguna manera dejé de tener fe en que puedo quedar embarazada.
–¿Creés que es psicológico?
K: Creo que sí. En un momento pensé que era físico y por eso, el año pasado me operé.
–¿Y Lorena quiere un hermanito/a…?
K: Sí, ella tiene clarísimo que va a hacer la madrina número uno.
L: Yo estoy más ansiosa que ellos, me encantaría tener un hermanito.
K: A lo mejor, ¿quién te dice, que soy primero abuelastra?
L: ¡Nooo! Hace años papá me sentenció, “Vos no podés tener un hijo hasta que yo no tenga un hijo con Karina”. ¡Así que apurate! (Risas)
[ Texto Mara Derni Producción Dolores Varela Fotos Axel Indik ] |
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