Colecciones de imposibles: una reflexión sobre las que dicen que ellos no quieren compromiso – Para Ti
 

Colecciones de imposibles: una reflexión sobre las que dicen que ellos no quieren compromiso

El psicólogo social Luis Buero plantea su mirada sobre las mujeres que aseguran que los hombres no quieren comprometerse y que se empecinan en los amores imposibles. 
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Algunas amigas (no todas por suerte) me han mareado con sus relatos de quejas recurrentes. ¿Qué dicen?. Que buscando pareja se relacionan con hombres que nunca quieren comprometerse, y que desde la primera cita les informan que al mismo tiempo van a salir con otras, y les sugieren no pensar que lo que han iniciado es un noviazgo. Así es que ellas aseguran que “tinderear” (usar la aplicación Tinder para buscar pareja estable) no sirve para nada.


Pero hay más. Por ejemplo Marisa, ya casada, repite que su marido desde hace años sale solo con sus compinches de parranda todos los viernes a la noche, y que si ella le hace algún reproche le sobrevuelan platos playos y hondos sobre su cabeza. Mientras, cuando la soltera Karina le manda un email a su reciente pareja con la frase “te extraño”, él le responde: “no me hinches las….”, o nada.


¿Sigo? Florencia, que convive desde hace tiempo con su novio, agrega que el muchacho toca el bombo en una murga, como hobby, y que aunque ella sufra un infarto, un cólico renal o esté por parir, él jamás dejará su puesto en la percusión callejera, para auxiliarla. Y se suman otros cuentos sobre maltrato, que incluyen la violencia verbal y física, la tortura psicológica que desvaloriza y humilla, los celos masculinos delirantes, y el abandono absoluto.


Pero lo que me irrita de estas hermanitas de la vida es que el final de su monólogo repetitivo es el mismo: no pueden dejarlos, no cuentan con valor o ganas de mandar a esos seres tóxicos y nocivos al país de las maravillas junto a la madre que los parió. Sienten temor a quedarse solas para siempre.


Y se arrastran sufrientes por los livings de amigas, los grupos de mutua ayuda, el confesionario del cura, y el diván del terapeuta, para desarrollar la misma historia… hasta que el planeta entero les grita: “¿y por qué no lo dejás?”. Entonces deben ir a buscar otro fogón donde volver a cantar la misma canción sufriente. Una y otra vez.


Quienes las escuchan a estas señoritas que “aman demasiado” se solidarizan de inmediato con ellas porque son víctimas. Y si, son víctimas…pero no inocentes. Veamos.


En el colegio nos enseñaron que en la gramática hay una voz activa (“yo hago”) y una voz pasiva (“a mi me hacen”). Pero este tipo de mujeres inventa a diario la voz intermedia (“yo me hago hacer por el Otro, ésto”).
El dolor para ellas no es una advertencia de peligro, es una meta, una finalidad, pues muy en su interior sienten un goce mortífero anclado en la insatisfacción. ¿Qué sentimiento de culpa consciente o inconsciente las lleva a soportar lo insoportable? No lo sé.


Masoquismo erógeno diría Don Sigmund Freud. El drama de estas cartoneras del amor es esa fascinación suicida que les provoca el perverso narcisista o el histérico incurable. El amor imposible. Están hechizadas como Eva ante la serpiente, y solo las puede salvar el hacerse responsables de ser quienes sostienen una punta de esa soga que les ata el cuello, para ahorcarlas algún día sin contemplaciones.

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Ant Sig