Día del Amigo con distanciamiento social: Cómo nos afecta la falta de abrazo

Por primera vez vamos a celebrar el Día del Amigo sin poder abrazarnos. La pandemia por coronavirus nos impone el distanciamiento social. ¿Cómo nos afecta esta situación? La psicóloga Patricia Faur nos habla de este tema.

El distanciamiento social impide que nos podamos abrazar. Foto: 123 RF.

Somos seres sociales. Nadie puede existir si no hay otro. Hoy estamos viviendo en un mundo de abrazos perdidos. La pandemia por coronavirus impide que podamos estar en contacto físico con el otro y esto afecta nuestra salud mental.

Es probable que hoy nos parezca inconcebible, pero a fines del siglo XIX y buena parte del XX los psicólogos norteamericanos seguían las teorías de Luther Emmett Holt, un pediatra americano que recomendaba una crianza sin contacto. Para horror de los actuales defensores del “colecho” y -a decir verdad, para cualquiera que se conmueva ante la presencia de un bebé- el Dr. Holt propiciaba una crianza sin mecer al niño, alimentados con biberón y sin mimos de contención. Nada de alzar al niño mientras llora ni acunarlo para dormir.

Fue luego de la Segunda Guerra Mundial cuando los investigadores se preguntaron por qué los niños que habían quedado huérfanos morían de marasmo o no crecían, tenían graves enfermedades. Pronto se empezó a vislumbrar la respuesta. El contacto, las caricias, la proximidad con el calor y el olor de la madre-o quien cumpla el rol de la figura de apego- era vital.

En la actualidad no quedan dudas de la importancia del buen apego en el desarrollo infantil como así también de los beneficios que tiene sobre el bienestar psicofísico del adulto el hecho de tener una vida afectiva, redes de sostén y apoyo social.

“Los “solos” del COVID 19 sufren la falta de contacto físico en este prolongado confinamiento. Añoran los abrazos, el contacto con la piel, la voz y la mirada de los otros sin mediación de pantallas”.

Patricia FAur

¿Qué pasa entonces con el aislamiento? ¿Y qué pasa en nuestros días de pandemia con cuatro meses sin abrazos?

Vivir solo no es estar aislado. Lo que daña es el aislamiento social y muchos de los “solos” están más conectados que nunca. Participan de redes sociales, grupos de amigos, pueden tener una pareja no conviviente, hacen cursos y se reúnen en foros. No obstante, los “solos” del COVID 19 sufren la falta de contacto físico en este prolongado confinamiento. Añoran los abrazos, el contacto con la piel, la voz y la mirada de los otros sin mediación de pantallas.

Si sobrevivimos como especie es porque nuestro cerebro envía señales de placer cada vez que nos “apareamos”. La oxitocina, una neurohormona que tiene mucho que ver con el apego, se libera cada vez que hay contactos cercanos, caricias, sentimientos de protección y seguridad. Disminuye nuestro nivel de alerta y “apaga” la agresividad para que podamos tener confianza y acercarnos a los demás.

Nuestro sistema inmune se ve beneficiado por los lazos afectivos al dotar de mejores herramientas a las células NK (natural killers) que tienen la función de combatir a los enemigos que ingresan en nuestro cuerpo. Las endorfinas y los opioides atenúan nuestra percepción del dolor y se ha comprobado en el Framingham Heart Study que las personas con más lazos sociales mejoran la cicatrización de sus heridas y la coagulación de la sangre. Todos los biomarcadores mejoran su respuesta cuando se les da un poco de amor y ternura.

¿Nos cabe alguna duda de que las caricias, el contacto físico y los abrazos son la mejor vacuna de la que disponemos?

“Más temprano que tarde tendremos que ponernos de pie y salir a “tocarnos” “olernos” y “mirarnos” de manera segura y responsable con las personas queridas”.

PAtricia FAur

Podemos seguir diciendo que estamos conectados, que ya volveremos a vernos, que todo esto va a pasar y todo lo que sea indispensable y necesario para fortalecer la esperanza, pero no podemos engañarnos: los huérfanos de la Segunda Guerra morían de marasmo por no ser tocados.

Más temprano que tarde tendremos que ponernos de pie y salir a “tocarnos” “olernos” y “mirarnos” de manera segura y responsable con las personas queridas.

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La piel, las caricias, los besos y los abrazos nos curan. De a poco, tendremos que dejar de verlos como una amenaza para volver a recuperar nuestra dimensión humana.

Fuente: Licenciada en Psicología Patricia Faur, docente de la Licenciatura en Psicología de la UADE.

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