El día que Para Ti tomó el té con Yiya Murano (la envenenadora de Montserrat) – Para Ti
 

El día que Para Ti tomó el té con Yiya Murano (la envenenadora de Montserrat)

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Fue acusada y condenada por matar con cianuro a tres mujeres: dos amigas y una prima a quienes les debía dinero. Su sentencia indicaba “cadena perpetua”, pero favorecida por la implementación de la ley del “2 por 1” permaneció tras las rejas sólo 13 años. Tenía 75 años, cuando Para Ti se reunió con “Yiya” Murano –también reconocida como “la envenenadora de Montserrat”–. "Jamás maté a nadie"... En ese entonces, ella insistía en su inocencia y vivía alejada de su pasado, junto a su tercer marido y reconciliada con su hijo. Murió en 2014, sin recordar quien era ni reconocer a nadie y, por supuesto, creyéndose inocente. A continuación transcribimos la entrevista exclusiva realizada en 2005, en la cual habló de todo.

Así la vimos en la entrevista que le hicimos en 2005.

"Te espero en la puerta de mi casa a las 11. Si no estoy, no toqués el timbre. Esperame afuera". La frase del otro lado del teléfono sonaba a orden… Al día siguiente, María de las Mercedes Bernardina Bolla Aponte de Murano, más conocida como Yiya, estaba parada en la puerta de un edificio de azulejos marrones.

No hay dudas: es ella. A los 75 años, conserva las facciones intactas de la mujer que a los 49 años salió en la portada de todos los diarios del país al ser acusada de matar a tres mujeres, tres amigas con las que solía tomar el té: Nilda Gamba, Carmen Zulema del Giorgio Venturini y Lelia Formisano de Ayala. El cargo: homicidio calificado con veneno, reiterado en tres oportunidades, y estafa al patrimonio de las tres mujeres. Yiya era maestra, pero no trabajaba.

Su blusa multicolor contrasta con una falda color crudo. Un mechón de pelo de tono ceniza disimula la hendidura del lado izquierdo de su sien, recuerdo de la operación de aneurisma cerebral a la que la sometieron en 1980, mientras estaba detenida en el penal de Ezeiza. A cada rato se lo toca y lo acomoda para que no se le note. Le gusta estar arreglada.

Yiya no está sola. Del brazo lleva —literalmente— a un hombre mayor, unos centímetros más bajo que ella, con boina y bastón blanco. Es Julio Banin (82), su tercer
marido, no vidente.

"Me van a hacer una nota en Para Ti", le cuenta orgullosa Yiya a una vecina en la vereda, y la misma frase repetirá instantes después en la pizzería Banchero de La Boca, el lugar de la entrevista. Le fascina la notoriedad, aún a costa de haberse codeado con la fama convertida en "la envenenadora de Montserrat" o "la bienuda asesina", tal como la dieron a conocer los medios desde el 27 de abril de 1979.

“Tengo hambre. Desayuné muy temprano. ¿Puedo pedir una sandwichitos de miga? ¡Qué estén fríos, por favor! No me gustan los tostados”, le pide al mozo. Yiya lleva una fragancia dulce, como a almendras… (Dicen que el aire que aspiran los envenenados con cianuro huele a almendras amargas).

Julio Banin era el tercer marido de Yiya.


Es Julio el que comienza la conversación, relatando una anécdota de su vida. Dice que durante el servicio militar, siendo infante de Marina, le tocó hacer la guardia en el lugar donde tenían “guardado” a Perón en la Isla Martín García. “Mejor que relates todo tal como me lo contaste a mí. Si no te ahorco”, lo interrumpe Yiya.

- Julio, ¿es brava Yiya?

Julio: Mirá…

Yiya: Contale que vos me decís boquita de miel...

Julio: … ¡hay que soportarla!

Yiya: ¡Ah! ¿Me soportás? Bueno… Vos, oficiá de juez. Me acabo de separar.

Cuando llegan los sandwiches, Yiya exclama: “Coman todos”.

- Hace poco quisieron reproducir su historia en la serie Mujeres asesinas, pero usted lo impidió con una carta documento (N. de R: finalmente el capítulo sobre Yiya protagonizado por Nacha Guevara). ¿Por qué?

- Cuando mi abogado me comentó que Nacha Guevara iba a hacer mi vida en la televisión quise frenar todo. No quiero que se haga porque van a poner lo peor. Todo lo que se dijo sobre mí es mentira. No me conviene que salga mi historia. Ya bastante que cargo con dos muertes en mi conciencia: la de mi mamá y la de mi esposo, que fallecieron porque no soportaron que yo estuviera en la cárcel.

- ¿Por qué le dicen “Yiya”?

- En realidad, soy Yiyí. Pero cuando me llevaron detenida, en la comisaría, entendieron que mi alias era Yiya y desde ese momento me empezaron a llamar así. En prisión no me tocaron un pelo. Fue el milagro de Dios. Mi hermano, que era ingeniero militar, llamó por teléfono para dar la orden de que nadie me tocara. Dios me salvó porque yo no era la culpable. Te vas a dar cuenta por muchas razones. La prueba está en que si no me hubieran puesto la máxima.

Yiya fue juzgada y acusada por el asesinato de las dos amigas y su prima. Estuvo presa entre 1979 y 1982, cuando fue liberada por falta de testigos directos de los crímenes y pasó los tres años siguientes en libertad. Pero en 1985, la Cámara de Apelaciones la encontró culpable.

Para su primer marido –un abogado civil llamado Antonio Murano– ella era una ama de casa dedicada a criar a su hijo Martín. Pero en realidad, Yiya trabajaba de “usurera”.

Precisamente sus tres amigas luego asesinadas le habían entregado dinero para que ella lo “trabajara” poniéndolo en algún plazo fijo. Con el correr de los meses, Yiya se atrasó con la devolución del dinero. Ese verano de 1979 les estaba debiendo a las tres víctimas un total de 300.000 dólares.

La Corte la condenó a condena perpetua. Diez años más tarde, el 20 de noviembre de 1995, beneficiada por la ley del 2 por 1, salió en libertad.

La imagen más conocida de Yiya, cuando a los 49 años fue detenida y condenada por envenenar a tres amigas a las que ella les debía dinero.

-¿La sorprendieron cuando la policía fue a buscarla a su casa para llevarla detenida?

- Me tocaron el timbre y los invité a pasar. Mi marido me acompañó hasta la comisaría. Yo quería ir con el Mercedes Benz que estaba estacionado en el garage de enfrente al departamento, pero no me dejaron. Por la Virgen y por la vida de mi único hijo, lo más sagrado del mundo, jamás maté a nadie. Y él me entendió (lo dice mirando al hombre que está al lado suyo), Julio Banin me creyó desde un principio.

Él asiente con la cabeza. Banin, un jubilado del gremio de la gráfica, quedó ciego del ojo izquierdo en 1979, el mismo año en que Yiya fue detenida por primera vez. En aquel momento le diagnosticaron maculopatía y, con el tiempo, también perdió la vista del ojo derecho. Cuando conoció a Yiya, ya estaba totalmente ciego.

Para Ti con Yiya Murano y Julio Banin.

-Julio, ¿cuándo conoció a Yiya recordó de inmediato el caso de “La envenenadora de Montserrat”?

- Algo sabía. En esa época trabajaba en la revista Gente, pero no recordaba si se había publicado algo sobre el tema. Después ella me lo contó todo.

-¿Y nunca le tuvo miedo?

- No, para nada. Porque siempre le creí.

Yiya tampoco es la primera mujer de Julio. Ella se llamaba Ana Cáceres, quien murió tras sufrir un paro cardíaco, apenas dos meses antes de que se Julio y Yiya se conocieran. De ese primer matrimonio, Julio tuvo dos hijos: Jorge, que murió el 24 de enero de 2005, de cáncer de pulmón, y Julia, de 23 años. “Julia es un amor –afirma Yiya–. Las dos nos llevamos muy bien. Ella me cuenta todo. Es la hija que nunca tuve”. Después, relatan que se casaron por iglesia, un día de 2001, a puertas cerradas por pedido del sacerdote que no quería que nadie se enterara de que la mujer que estaba dando el sí era nada menos que Yiya Murano. Pero nunca vivieron juntos hasta después de la muerte del hijo de Julio. “Recién ahí, Julito me pidió que me mudara con él –cuenta Yiya–. Julito es un tipo muy especial. Es un hombre fuera de serie. Un señor. El se levanta y lo primero que me pregunta es ‘¿Adónde vamos a comer hoy?’ Porque a mí no me gusta cocinar. ¡Y justo me van a acusar y a condenar por poner veneno en la comida!. Se dicen tantas cosas…”

-¿Qué pasó con Nilda Gamba, Carmen Zulema del Giorgio Venturini y Lelia Formisano de Ayala?

- Muchas cosas pasaron. En primer lugar, una de ellas, la Zulema del Giorgio, era amiga de unos gays nada santos que vivían frente a su casa... Ella era una prima a la cual no quería, sino que ¡adoraba! Nunca se comprobó que hubieran muerto por lo mismo. Tanto a Nilda como a Lelia les salió que tenían una cantidad superior a la normal de otra sustancia química que no era cianuro. Y en Zulema sí se determinó que tenía una cantidad de cianuro como para matar a un elefante.

Cuando se abrió la causa, se ordenó la exhumación de los cuerpos de las tres víctimas. Las autopsias de Nilda y Lelia, cuyos cuerpos estaban en tierra, revelaron que había clorhidrato de cianuro. Pero esto no fue concluyente ya que se sabe que el proceso de descomposición en tierra produce esta sustancia. En cambio, en las vísceras de Zulema se hallaron pruebas concretas de restos de cianuro alcalino.

“Después, con el tiempo, me hice una experta en el tema. Me enteré de que el cianuro es un polvo. Yo creía que eran pastillas. Ahora soy toda una especialista, así que tengan cuidado…”, advierte con cierta ironía Yiya.

Está claro que conserva un gran sentido del humor, y todo el tiempo se ríe del tema que la mantuvo detrás de las rejas durante trece años. “Recuerdo que cuando fui al programa de Mirtha Legrand yo no comí el postre porque no me gusta lo dulce. Se dieron cuenta y Mirtha me lo hizo notar.

‘Mirtha, yo no soy zonza. El postre lo traje yo, así que cómo lo voy a comer’, le dije sugiriendo que estaba envenenado. Y todos se empezaron a reír a carcajadas”, cuenta. Hace un silencio, se pone seria y dispara: “Frente a vos tenés a una usurera, a la degenerada más grande. Yo daba diez pesos y vos me tenías que dar 30. Las tres eran amigas mías y reconozco que fui usurera con ellas. Pero a mí no me importaba”.

Segunda detención de Yiya en 1985.

-Su marido, Antonio Murano, ¿sabía que usted se dedicaba a este negocio?

- No, él no sabía nada de mi vida, que en paz descanse. Le pido perdón. Pensar que ahora regalo muchas cosas. Tenía tres departamentos –me los habían regalado mis amantes– y los doné.

-¿Tenía amantes cuando estaba casada con Antonio?

- Sí. Uno de ellos era uno de los hombres más ricos de la Argentina. Cuando se anunció en el diario que había fallecido, respiré aliviada. Yo estaba en la cárcel así que no me podían cargar también la muerte de él. Me había regalado un departamento en la calle Independencia y otro en Luis Saénz Peña. Después tuve otro amante que conocí siendo soltera, que es un gran capo policial. Ese todavía vive y nos vemos muy de vez en cuando. Así que ya ves… Buena mandarina la que tenés enfrente.

-¿De dónde sacaba el dinero para hacer los préstamos mientras estaba casada con Murano si no tenía ningún empleo?

-Yo nunca trabajé. Mi marido jamás se ocupó de las cuentas. Él cobraba y me daba todo a mí. Teníamos un buen pasar, éramos propietarios de 14 departamentos.

"Jamás maté a nadie".

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Ama de casa, mujer amante, usurera... ¿envenenadora?

-¿Cómo reaccionó su familia cuando la detuvieron?

-Siempre estuvieron al lado mío. Incluso tenía una muchacha –Ignacia– que trabajaba en casa, que me acompañó muchísimo. Todos los miércoles, mi hermano tomaba un avión e iba a visitarme a la cárcel. Vos no sabés la familia que tengo. Si hubiera sido verdad lo que ocurrió, me habrían hecho a un lado. Mi hermano, mi cuñado, Julito y mis sobrinos me contienen... ¡Cinco hombres! (se ríe con picardía).

-¿Por qué entre los hombres que la contienen no nombró a Martín, su hijo?

-Sufrí mucho por él. Ahora estamos unidos. Me buscó y me pidió perdón. (En 1994 –un año antes de que Yiya saliera en libertad– su hijo escribió un libro llamado Mi madre, Yiya Murano en el que revelaba cómo ella le confesó que había asesinado premeditadamente a sus tres amigas). Le dije: “Ya pasó. Vos me crucificaste, me mataste en vida”. (N.deR.: Su voz se quiebra. Detrás de los lentes, sus ojos lagrimean).

-Yiya, ¿usted se animó a leer el libro?

-Lo leí y casi morí. Una de las personas que me visitaba a la cárcel me contó lo del libro. Escribió muchas cosas en las que él creyó desesperadamente. Le decían tantas mentiras... Estuvimos juntos hace poco, cuando vino de Nueva York, en donde está viviendo. Me dio una nieta divina. Ya tiene 12 años. Es preciosa, rubia, de ojos celestes. Se llama Laura Antonella.

-¿Cómo fue la reconciliación con su hijo?

-Me buscó por todas partes hasta que un día llamó al estudio de mi abogado y me encontró. Yo estaba muy dolida, pero tomé el teléfono y, como si nada, le pregunté: “¿Qué decís, Martín?” Todavía me acuerdo del tema y me meto en el baño a llorar. El me hirió en muchos sentidos. Me arrancó el corazón… ¿No te importa si me ves llorar?… Nos citamos en un restaurante. Cuando llegué, me abrazó y me besó.Yo –como siempre– lloré. Le dije: “Demos vuelta la hoja y empecemos de nuevo”. De esto hace seis años.

-¿Cómo la trataron en la cárcel?

-Como a una reina. Cuando me dieron la libertad condicional podía volver al penal a la hora que quisiera...

De repente, Yiya interrumpe su relato, y grita: “¡Sacá a ese gato de acá! No me gustan los gatos. A los seis años, en Corrientes, donde vivía en aquel entonces porque mi padre era milico y cada año tenía un pase distinto, un hombre me tiró en las piernas un gato que tenía tres patas. Me dio tanta impresión que quedé traumada”.

-¿Qué opinión le merece la Justicia?

-Las leyes cambian todo el tiempo. Por eso jamás voy a creer en la justicia humana. Y más en mi caso, donde hubo errores garrafales. En lo único que creo es en la justicia divina.

-Julio, ¿cómo es vivir con Yiya?

Julio: -Yiya es una mujer simpática, que cumple sus tareas lo mejor posible, sin apremios. Duerme bastante, cosa que yo no hago. Es la culminación de mi vida... Tiene sus cosas como todas las mujeres. Pero se puede convivir con ella. Si no me hubiera buscado a otra.

Yiya: -¡Qué barbaridad! Y me lo dice en la cara…

Julio: -Todavía estoy conforme…

Yiya cambia de tema. Cuenta que tuvo amores con “un ex candidato a la presidencia” y con “un sindicalista que le hacía muchos regalos”. “Me llenaba de dólares”, recuerda.

“En mi época era muy bonita. Me decían Miss Piernas, porque tuve las piernas más largas. Vos no te imaginás los piropos que ha tenido esta mujer que ves. Ahora estoy para la basura, pero como él no me ve...” También habla de un tal Héctor, uno de sus amantes. “Ese me amó toda su vida –señala–.

Cuando se murió mi marido se quiso casar conmigo pero le contesté que lo quería pensar. Después se murió. Que en paz descanse”.

En ese momento, Julio interrumpe y quiere ponerse al tanto de lo que estamos hablando… “Estoy diciendo que sos un señor fuera de serie, moderno. Si vieras cómo baila salsa”, le contesta Yiya.

"Devolví todo lo que debía".

-¿De qué vive actualmente?

-Tengo lo mío. Mis ahorros. Pero todo a nombre de una sobrina.

-¿Y qué pasó con el dinero que les tenía que devolver a sus amigas?

-¡Lo fui devolviendo! Todo… todo.

Yiya dice que un escritor conocido le presentó a Julio. Que esa noche fueron al teatro y a cenar, los tres. “En esa época ya me había separado de mi segundo marido. Estuve un mes casada porque escuché una conversación telefónica en la que hablaba de un dinero a repartir. No me gustó nada. De rodillas y con lágrimas, vino a pedir que volviera con él. Pero no hubo caso. Era un porquería de tipo, un hombre muy mentiroso”, dice rotundamente. Y agrega: “Nosotros dos somos muy felices. Nos queremos con locura. Lo requiero. Para mí es el mejor hombre del mundo”.

-¿Cómo es un día cualquiera de sus vidas?

-Me levanto temprano porque a él le gusta desayunar bien. Con sanguchitos, con tostadas, galletitas…

-¿También le da masitas?

-(Se ríe) No. Nunca cociné masitas. Yo siempre las compraba... ¿Qué puedo decir de mi vida? Que durante el día salimos a pasear, que salgo a hacer las compras, me encanta ver vidrieras y que me baño tres veces por día.

Vínculo copiado al portapapeles.

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