La luz natural dejó de ser una cualidad aspiracional para convertirse en un criterio de diseño.
“En una ciudad densa como Buenos Aires, con medianeras próximas y frentes limitados, su presencia depende directamente de decisiones proyectuales.
Así comienza su columna en para ti DECO Antonella Elberg, jefa de Interiorismo de Grupo 8.66. Y afirma: “Desde el primer croquis, la implantación y la volumetría determinan cuánto cielo podrá capturar cada unidad”.

La vivienda en altura redefine esa ecuación. A medida que se gana piso, disminuyen las obstrucciones inmediatas y mejora la calidad del asoleamiento.
A partir del cuarto o quinto nivel —según barrio y entorno— la incidencia solar se vuelve más franca y la relación con el exterior cambia. La altura amplía visuales y optimiza la captación lumínica, dos factores que impactan en la experiencia cotidiana.
1. Altura estratégica: ganar cielo, ganar luz

En el tejido compacto porteño, la altura es una herramienta proyectual. Superar las obstrucciones de construcciones linderas permite mejorar el asoleamiento y ampliar visuales.
Cuando el proyecto contempla desde el inicio la relación entre implantación y entorno inmediato, cada nivel adicional puede traducirse en mayor calidad lumínica. La vivienda en altura no solo despeja el horizonte: redefine la experiencia interior.
2. Orientación y control solar: diseñar con el recorrido del sol


El recorrido del sol en Ciudad de Buenos Aires marca la lógica del proyecto. El norte ofrece radiación estable durante el invierno y posibilidad de regulación en verano. Disponer áreas sociales hacia esa orientación o hacia el noreste garantiza una iluminación pareja durante gran parte del día.
El oeste exige mayor precisión técnica. La radiación de la tarde puede elevar la temperatura interior en meses cálidos, por lo que balcones profundos, parasoles o vegetación en altura funcionan como filtros necesarios.
En barrios como Caballito, Palermo o Belgrano, la variación de alturas entre cuadras modifica el comportamiento de las sombras. Analizar la incidencia estacional permite ajustar antepechos, dimensiones de carpinterías y profundidad de ambientes con mayor exactitud.
3. Superficie vidriada y tecnología: la fachada como regulador

Muchos departamentos porteños mantienen una proporción limitada entre superficie vidriada y metros interiores. Ampliar los paños y trabajar con carpinterías de piso a techo mejora la penetración de luz y expande visualmente el espacio.
La fachada asume entonces un rol técnico: el vidrio actúa como regulador térmico y lumínico. La elección de DVH, control solar y perfiles adecuados incide tanto en confort como en claridad interior.
4. Planta integrada y materialidad clara: distribuir mejor la luz

Cada tabique condiciona el recorrido de la luz. Integrar estar, comedor y cocina favorece una difusión más homogénea, mientras que la doble orientación —cuando el lote lo permite— estabiliza la iluminación a lo largo del día y mejora la ventilación cruzada.
En departamentos entre medianeras, donde la entrada de luz suele ser lateral, los materiales claros ayudan a distribuirla con mayor eficiencia. Cielorrasos blancos amplifican la reflexión, pisos neutros acompañan sin absorber luminosidad y perfiles delgados reducen interrupciones visuales.
La incorporación de texturas naturales aporta profundidad sin oscurecer el ambiente.
5. El balcón como filtro climático

El balcón cumple una función decisiva. Una profundidad cercana a 1,50 metros permite bloquear el sol alto del verano y admitir el sol bajo del invierno.
La vegetación en terrazas y balcones genera sombras variables y mejora el comportamiento térmico del conjunto.
Cuando estas decisiones se integran desde el inicio —orientación, estudio de alturas vecinas, definición volumétrica y diseño de fachada— la luz se convierte en una variable estructural del proyecto.
En una ciudad cada vez más vertical, la calidad del espacio interior se construye a partir de cómo ingresa y se distribuye la luz natural.


