En Santa Ana Casa Risco la vida transcurre al ritmo del agua y la naturaleza. En un rincón abierto al río, tres lotes unidos dieron origen a una casa que entiende la arquitectura como paisaje habitable.

Patios verdes que oxigenan la planta, materiales nobles, límites difusos entre interior y exterior y una barra longitudinal que se desliza paralela al horizonte son el hilo conductor de un hogar que respira luz y calma.
La galería fusiona interior y exterior


La galería cuenta la historia –la oportunidad- de la vivienda: tres lotes unidos, abiertos al agua, desplegados como una invitación a pensar la arquitectura en clave horizontal. El proyecto de la dupla Elena Fillol y Patricio González Vieta de Kiri Arquitectos parte de esa condición excepcional.


Desde el inicio, el desafío fue transformar esa extensión en una experiencia: un modo de habitar que no solo se apoyara sobre el terreno, sino que lo recorriera, lo respirara y lo incorporara a cada momento del día.
El interior iluminado por el exterior


El living y el paisaje se fusionan. La vivienda se organiza como una gran barra longitudinal que se desliza paralela al entorno verde. La geometría simple busca acompañar la condición lineal del terreno y maximizar las visuales hacia el exterior.
En la obra y creación de Elena Fillol y Patricio González Vieta los patios verdes vistos permanentemente desde el interior de la casa perforan la planta y organizan sus usos. Son pausas, respiros, cápsulas de naturaleza que iluminan, ventilan y enmarcan vistas.

En la cocina, el playroom y en cada rincón, gracias a esos patios, ningún ambiente queda ajeno al exterior: todos reciben su cuota de sol, verde y horizonte. La arquitectura propicia un vínculo permanente entre interior y paisaje.
Ambientes con vista al paisaje

En la planta alta –la intimidad- los dormitorios se vinculan entre sí de manera fluida, concebidos para acompañar la vida cotidiana con naturalidad.
El baño compartimentado permite un uso simultáneo y eficiente, reforzando la idea de un espacio privado y diseñado al ritmo de la vida familiar.



Las plantas funcionan como límites suaves: protegen la privacidad sin cortar la continuidad visual. Las escenas y spots de la casa cambian con la luz, las estaciones y el recorrido, reforzando la idea de un interior permeable al exterior.
La vivienda es un relato horizontal guiado por la luz, el verde y el agua. Versátil y abierta, permite circulación y contemplación, siempre con el horizonte y el paisaje como protagonistas.





La planta baja –la social- es el corazón emocional de la casa. Arquitectura y naturaleza se mezclan con materiales eternos —piedra, madera y hormigón— y texturas cálidas, generando una atmósfera sensorial y auténtica.
Fotos: Christian Beliera.






