Hay dolores que no se nombran. Pérdidas que quedan suspendidas en el tiempo, como heridas que nunca terminan de cerrar. En 2010, el país entero lloró la muerte de Romina Yan, la actriz luminosa que había marcado a toda una generación. Su partida, inesperada y cruel, fue el golpe más duro en la vida de Cris Morena y Gustavo Yankelevich.
Ahora, 15 años después, ese mismo dolor vuelve a instalarse en el corazón de esta familia. Esta vez, con una herida aún más difícil de comprender: la muerte de Mila, hija de Tomás Yankelevich, nieta de Romina, nieta de Cris.

Una niña de solo 7 años, que estaba en una colonia de vacaciones cuando una barcaza chocó el velero en el que viajaba. El impacto fue fatal. No hubo tiempo. No hubo milagro.
Un lunes negro
Era lunes. Era 29 de julio. Y en medio del verano del hemisferio norte, una noticia heló la sangre: dos niñas habían muerto en un accidente náutico en la Bahía de Biscayne, Miami. Una de ellas era Mila, nieta del corazón de Cris. Hija de Tomás. El mundo se quebró de nuevo para los Yankelevich.
No hubo comunicado oficial. No hubo palabras. Solo silencio. El mismo que inundó la televisión aquella tarde de septiembre en que Romina murió. El mismo que Cris usó durante años para intentar sobrevivir a lo insoportable.
Un destino que se repite
Hay fechas que duelen. Hay patrones que asustan. Romina murió a los 36 años tras un paro cardíaco. Había ido al gimnasio, volvía a su casa. Sus tres hijos la esperaban. La noticia fue un temblor colectivo: la artista alegre, la madre amorosa, la hija adorada, se había ido sin aviso.
Cris Morena sabe lo que es perder a un hijo. Desde aquel 28 de septiembre de 2010, cuando Romina murió de forma repentina, algo en ella se quebró para siempre. La creadora de tantas infancias felices debió atravesar su duelo más brutal, reinventarse desde el abismo, y seguir adelante, rota, pero de pie.
Ahora, el destino vuelve a ponerla frente al mismo dolor, pero desde otro lugar: el de una madre que presencia a su hijo vivir el mismo infierno que ella ya conoció.
Porque si perder a un hijo desgarra el alma, ver a tu hijo perder al suyo la desgarra dos veces.
No hay palabras que puedan explicar lo que siente una abuela que ya supo lo que era el silencio de una hija, y ahora escucha el grito ahogado de un hijo que entierra a una niña de 7 años.
Hoy, ese mismo aire de injusticia cubre la partida de Mila. Una niña. Una nieta. Una chispa de vida que apenas empezaba a descubrir el mundo.
Es un círculo cruel, casi impensado: donde antes fue ella quien recibió el abrazo mudo de su hijo Tomás, hoy es ella quien debe sostenerlo. Sin respuestas. Sin alivio. Solo con la certeza de que el dolor no se divide: se multiplica.
La vida a veces golpea con la fuerza de lo inexplicable. Y a algunas personas, pareciera ponerlas a prueba más de una vez.
Cris Morena, que supo transformar su dolor en arte, hoy enfrenta una pena que ninguna canción puede calmar. La de ver cómo su hijo pierde lo que más ama, como ella lo perdió años atrás.
Dos generaciones unidas por la sangre, por el amor, y ahora también por el duelo. Porque cuando el dolor atraviesa a una familia de esta forma, no hay consuelo, solo acompañamiento. Y el amor —aun quebrado— sigue siendo lo único que queda.
¿Qué hace el destino cuando golpea dos veces? ¿Cómo sigue una familia que ya enterró a una hija y ahora debe despedir a una nieta?
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