"La miré como despidiéndome": cómo sigue la mujer embarazada en terapia intensiva tras el accidente de tren en Adamuz - Revista Para Ti
 

"La miré como despidiéndome": cómo sigue la mujer embarazada en terapia intensiva tras el accidente de tren en Adamuz

Una mirada, un tren detenido en el aire y un latido que resiste. La historia de Raquel, embarazada de cinco meses, internada en terapia intensiva tras el accidente ferroviario en España, reconstruida desde el relato de su hermana y la espera suspendida de su familia.
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El tren no avisa cuando va a romper una vida en dos. No hay una señal previa, ni una frase de advertencia, ni siquiera un segundo de negociación con el miedo. Todo ocurre y, cuando vuelve la luz —si vuelve—, el mundo ya es otro.

Ana García Aranda (26) iba sentada unas filas más adelante. Su hermana Raquel (32), embarazada de cinco meses, viajaba detrás, en el vagón 7, con el perro de ambas, Boro, apoyado a su lado. Volvían a Madrid después de un fin de semana en Málaga, una visita familiar breve, casi rutinaria, marcada por la fragilidad de una abuela enferma. Nada extraordinario. Nada que justificara lo que vendría después.

Ana busca desesperada a Boro, su perro. Viajaba con ella, su hermana y su novio en el tren que descarriló
Ana busca desesperada a Boro, su perro. Viajaba con ella, su hermana y su novio en el tren que descarriló

Ellas son malagueñas, pero trabajan en Madrid. El novio de Raquel, Iván, es madrileño. Ana trabaja de profesora en un colegio de la sierra y Raquel es abogada y tiene un despacho. Habían ido a pasar el fin de semana con la familia a Málaga porque su abuela no se encuentra muy bien. Regresaban en el Iryo rumbo la estación Puerta de Atocha-Almudena Grandes, en el vagón 7. Raquel y Boro iban sentados juntos y Ana se encontraba tres filas por delante, en la parte derecha. También Iván estaba en la parte derecha, que resultó menos afectada que la parte izquierda, donde se encontraba Raquel.

“El tren empezó a ir muy rápido”, recuerda Ana. No lo dice como una queja, sino como una constatación tardía. Luego el movimiento, el chirrido, la inclinación imposible. El vagón quedó suspendido en una especie de duda física: ni volcaba del todo ni seguía en pie. Y entonces, la oscuridad. Los gritos. El ruido seco de los cuerpos contra el metal. La conciencia de que algo definitivo estaba ocurriendo.

Ana se giró. Vio a su hermana. Ese gesto mínimo —mirar— se convirtió en un acto de despedida. “Pensé: hasta aquí”, diría después. Como si el pensamiento hubiera llegado antes que el impacto. Como si el cuerpo entendiera lo que la mente todavía no podía procesar.

Ella es Raquel. Está embarazada de 5 meses y sigue grave
Ella es Raquel. Está embarazada de 5 meses y sigue grave

Raquel perdió el conocimiento. Ana intentó llegar hasta ella, pero no pudo. Había hierros, trozos de tren, cuerpos. Alguien le gritó que estaba pisando a una niña. Y desistió. Hay decisiones que no se toman: simplemente ocurren. A ella la sacaron por una ventana. Desde afuera, miró hacia adentro. Vio a su hermana inconsciente, embarazada, atrapada. Y gritó lo único que podía gritar: “¡Está embarazada!”.

Ese dato —el embarazo— funcionó como una llamada de auxilio primitiva, casi animal. Los bomberos entraron. La sacaron. La ambulancia se la llevó. Desde entonces, Ana vive en una sala de espera que no figura en ningún plano del hospital: la del tiempo suspendido.

En el hospital, la historia se vuelve clínica, pero no por eso menos frágil. Raquel García, la hija mayor de Alberto, tiene 32 años y es una de las doce personas que permanecen ingresadas en la Unidad de Cuidados Intensivos tras el choque de trenes en Adamuz, un accidente que dejó al menos 39 muertos y más de un centenar de heridos.

Permanece sedada e intubada. Los médicos controlan de cerca su evolución: sufrió una fractura en una vértebra y un traumatismo craneoencefálico, y el equipo sanitario vigila posibles daños cerebrales. El estado es crítico y estable a la vez, esa paradoja médica que obliga a las familias a aprender un nuevo idioma hecho de silencios, esperas y frases medidas.

Hay, sin embargo, un dato que la familia sostiene como un ancla. “El bebé tiene latido”, confirmó su padre. No hay más certezas. No hay pronósticos. Solo ese pulso mínimo que persiste mientras el cuerpo de la madre descansa inducido, desconectado del ruido, del hierro, del tren que quedó suspendido en el aire.

La hermana menor fue quien reconstruyó la secuencia del caos. El impacto brusco. La oscuridad repentina. “Había gritos, llantos, carreras, gente que se movía y gente que no”, contó. Personas saliendo por los cristales. Otras atrapadas entre los restos del vagón. Ella misma fue evacuada por una ventana. Raquel no.

Hay otro dolor que corre en paralelo, menos visible pero no menos real. En medio del caos, Boro desapareció. El perro. El que viajaba con ellas. El que, según cree Ana, Raquel intentó proteger en el instante del impacto. “Si no puedo hacer nada por ella ahora, al menos quiero encontrarlo”, dijo. Durante horas, esa búsqueda se volvió viral. Fotos, mensajes, llamados. Porque incluso en las tragedias, lo pequeño también necesita ser salvado.

Mientras tanto, Adamuz —un pueblo que hasta ayer era apenas un punto en el mapa— se llenó de nombres, de historias interrumpidas, de familiares que preguntan, de vecinos que ayudan sin saber exactamente a quién. El accidente dejó decenas de muertos, más de un centenar de heridos, y una certeza incómoda: nadie viaja pensando que puede no llegar.

Ana espera. Sus padres ya llegaron desde Málaga. El teléfono no es suyo: lo perdió en el tren. Habla desde el de su madre. A veces repite las escenas. A veces calla. A veces pide que no se olviden de los animales, porque también son familia.

Y mientras tanto, en algún lugar del hospital, una mujer duerme sedada. Su cuerpo sostiene dos vidas. Una de ellas, todavía, late.

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