El reciente y crudo testimonio de María, una mujer que logró escapar de la colonia menonita de Guatraché, en La Pampa, volvió a poner el foco sobre una comunidad que suele ser noticia por su hermetismo. El relato de María expone las fracturas de un sistema de reglas estrictas y la vulnerabilidad de las mujeres en un entorno de aislamiento extremo.

Sin embargo, para entender qué es lo que sucede detrás de esas tranqueras, es necesario observar su cotidianeidad. En una cobertura especial para Para Ti, el periodista Agustín Gallardo fue testigo de la vida en la colonia Nueva Esperanza. A 750 kilómetros de Buenos Aires, el paisaje cambia: los cables de luz desaparecen, el ruido de los motores se apaga y el ritmo lo marca el sol.

El mandato del sudor y la tierra
En la colonia, el frío de las seis de la mañana no es una excusa. A esa hora, los caminos apenas se iluminan con la luna y algunos faroles a gas. Los buggies -carros tirados por caballos con carrocerías adaptadas de viejos autos- ya circulan en busca de la leche recién ordeñada. Aquí, el trabajo no es solo una necesidad económica, sino la columna vertebral de la existencia.

La jornada arranca a las 5:30. A las 6:15 la familia se sienta a desayunar. El almuerzo es a las 11 y la cena a las 20. Entre esas postas horarias, el esfuerzo es constante. Los hombres trabajan el campo hasta el anochecer, mientras que las mujeres gestionan el hogar y la crianza. Los domingos son el único respiro: se asiste a misa, se camina y se comparten reuniones sociales.
En el interior de las casas, la sobriedad es la regla. Casi no hay decoración y reina una limpieza absoluta. Allí se habla alemán antiguo y un dialecto que mezcla el holandés con el alemán, manteniendo una barrera lingüística con el afuera que solo se rompe por necesidad comercial.
El rol de la mujer y la educación
Las mujeres menonitas llevan su estado civil en el color del pañuelo que sujeta sus trenzas: blanco para las solteras, negro para las casadas. Visten faldas largas, sin maquillaje ni joyas. Además de las tareas domésticas y el cuidado de los hijos, muchas hoy gestionan el dinero familiar y están al frente de pequeños negocios, como almacenes y tiendas de ropa.

La educación es limitada y circular. Cada uno de los nueve campos en los que se divide la colonia tiene su propia escuela para chicos de 5 a 12 años. Aprenden a leer con la Biblia y reciben enseñanzas básicas de historia. No hay diarios, radio ni televisión. Aunque los adultos manejan el castellano para interactuar en el pueblo, los jóvenes crecen con un acceso restringido a la información, lo que vuelve el contacto con el "mundo exterior" una experiencia extraña y, a veces, intimidante.
Una economía de subsistencia y exportación
A pesar del rechazo a la tecnología moderna -no usan luz eléctrica ni teléfonos-, la colonia es una potencia productiva. Existen carpinterías que fabrican muebles destinados a hoteles de Bariloche y queserías que procesan cientos de kilos diarios. La comunidad se organiza mediante un liderazgo elegido por votación, con autoridades que regulan las normas internas para evitar que el contacto con el mundo exterior erosione su identidad.

Sin embargo, decir que los menonitas están completamente aislados sería un error; la colonia pampeana atraviesa una clara etapa de transición. Sus miembros viajan al pueblo al menos tres veces por semana para ir al médico, hacer compras o pagar impuestos. Incluso, a veces, se quedan a comer en los restaurantes locales. Allí, mientras los adultos observan con curiosidad los canales de información rural en la televisión, los más jóvenes se sienten inevitablemente atraídos por las señales musicales, un mundo de estímulos que su fe intenta mantener a raya.
La comunidad se organiza mediante un liderazgo elegido por votación, con autoridades que regulan las normas internas para evitar que el contacto con el mundo exterior erosione su identidad. Sin embargo, las grietas aparecen. Los viajes al pueblo por trámites médicos o compras son más frecuentes. En los restaurantes de Guatraché, los menonitas observan con curiosidad las pantallas de televisión, ese objeto prohibido que les devuelve imágenes de una realidad que su fe intenta mantener a raya.
Relatos de una vida atemporal
Durante la convivencia con la familia Harder, el sentido de tranquilidad aparece como el mayor valor. Jacob, carpintero y padre de siete hijos, explica su rechazo a las grandes ciudades por el ruido y la inseguridad. Para ellos, Nueva Esperanza es, justamente, eso: el refugio final tras una historia de migraciones y persecuciones que los trajo desde Alemania, Canadá, México y Bolivia hasta el suelo pampeano en 1985.

Hoy, la colonia atraviesa una etapa de tensiones silenciosas. Entre la paz del trabajo compartido y el rigor de normas que a veces sofocan, como en el caso de María, los menonitas siguen siendo guardianes de una forma de vida atemporal, donde el ayer y el hoy se confunden en el horizonte de la llanura.


