Agosto trae la excusa perfecta para celebrar a las niñeces, una etapa que se idealiza desde los discursos pero que poco se mira en profundidad. También es una oportunidad para enfrentar una contradicción incómoda: vivimos en la era que más habla de crianza y, sin embargo, encuentra a los adultos más perdidos en su rol de cuidadores.
Las leyes ya lo dijeron: toda infancia debe crecer libre de cualquier forma de maltrato. Y muchas familias han comprendido que el autoritarismo en la crianza debe ser erradicado. Ese es un logro que vale la pena festejar. Sin embargo, como si un péndulo hubiera oscilado con fuerza, algunos modelos han derivado hacia formas permisivas en las que los límites —bien entendidos, claros y firmes— simplemente no aparecen.
Dificultad para construir límites
La dificultad para construir límites respetuosos es más común de lo que parece: muchos adultos no incorporan el diálogo bien entendido, ese que no es una negociación infinita ni un sermón agotador, sino un intercambio que ofrece mensajes claros, oportunos y comprensibles. Esa base es la que sostiene el cuidado, porque un límite bien comunicado no restringe, sino que orienta. Cuando falta, lo que queda es la sensación de que todo está permitido, y eso no libera: hace perder confianza en quienes deberían sostener.
Esa ausencia también deja en soledad a los chicos y chicas, porque un adulto sin autoridad es un adulto incapaz de guiar. Y sin guía, la autonomía se convierte en una carga. Criar implica presencia consciente, pero también dirección. Así como cuidar no es controlar cada movimiento, entre el extremo del autoritarismo y el de la permisividad total existe un territorio posible donde se combinan respeto, escucha y una dirección clara.

Otro fenómeno de nuestro tiempo: la sobreprotección
A esto se suma otro fenómeno de nuestro tiempo: la sobreprotección y el seguimiento excesivo, sobre todo en la adolescencia. Entiendo los temores, vivimos en un mundo que a veces parece hostil, pero la híper vigilancia es definitivamente enemiga de la autonomía. Revisar esa mirada constante, esa presencia que no deja espacio para la distancia saludable, es urgente si queremos que crezcan con confianza en sí mismos.
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Perder la brújula hoy significa quedar atrapados en la infotoxicidad: tutoriales, cursos, manuales y fórmulas que prometen criar “bien”. Hacemos una academia de la crianza mientras dejamos en segundo plano algo mucho más valioso: el cuerpo presente, la mirada disponible, el tiempo compartido sin multitareas. Nos venden programas para criar, pero el vínculo no se terceriza. Y lo mismo ocurre con esas agendas llenas de actividades que, en nombre de “prepararlos para el futuro”, les roban horas de juego, descanso y simpleza.
Día de las Infancias: un momento para detenernos a escuchar
Y mientras tanto, la sobrecarga sigue en el mismo lado de la balanza. Las mujeres cargamos —física y emocionalmente— con una disponibilidad que se asume infinita, hasta que llega el agotamiento y nos encontramos criando desde la urgencia. Un burnout que poco se nombra pero que atraviesa a muchas madres y cuidadoras, con un impacto directo en la calidad del vínculo y en el clima cotidiano en el que crecen chicos y chicas, incluso en hogares donde “no falta nada”.
Celebrar el Día de las Infancias podría ser otra cosa. Un momento para detenernos a escuchar, no solo lo que los chicos dicen, sino lo que muestran en sus gestos, en sus silencios y en sus formas de habitar el mundo. Reconocer su derecho a participar en las decisiones que los involucran y acompañarlos sin invadir, sostener sin anular. Porque si los adultos no sabemos hacia dónde ir, tal vez la mejor brújula sea volver a mirar —de verdad— a quienes tenemos enfrente, y empezar a caminar con ellos, no delante de ellos.
Por la Dra. Evangelina Cueto, cuenta de Instagram eva_pediatra
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