En una jornada marcada por la despedida al gran maestro de la alta costura, la historia de la moda vuelve inevitablemente sobre uno de sus momentos más icónicos: el vestido de novia que lució Máxima Zorreguieta el día de su boda, diseñado por Valentino Garavani.
Argentina de nacimiento y sin linaje real, Máxima no eligió un vestido recargado ni propio de un cuento de hadas clásico. Caminó hacia el altar de una iglesia de Ámsterdam con una obra maestra de sastrería refinada, sobria y profundamente elegante, firmada por quien fue considerado el emperador de la moda.

La elección no fue casual. Se dice que fue su suegra, Beatriz de los Países Bajos, quien intervino de manera decisiva. Nacida reina, Beatriz entendía mejor que nadie la importancia de pasar a la historia con un atuendo sin fecha de vencimiento, capaz de resistir el paso del tiempo y las tendencias.
Una boda simbólica y una imagen destinada a perdurar
La boda se celebró el 2 de febrero de 2002 (02-02-02), una fecha cargada de simbolismo. Tras una ceremonia civil en el Beurs van Berlage, la celebración religiosa tuvo lugar en la Nieuwe Kerk de Ámsterdam. Máxima no parecía una princesa de fantasía: era la encarnación exacta de la reina que un día tendría los Países Bajos.

La prensa holandesa ya anticipaba que Valentino sería el elegido, luego de que la futura reina y Beatriz fueran vistas en Roma, cerca del histórico Palazzo Mignanelli, sede de la maison. La confección del vestido llevó aproximadamente tres meses de trabajo artesanal y tuvo un costo estimado de 100.000 euros.
El vestido de novia de Máxima Zorreguieta diseñado por Valentino
El diseño respondió a consignas muy claras enviadas desde palacio: solemnidad, elegancia y sobriedad. Valentino se inspiró en el vestido que Beatriz había usado 36 años antes en su propia boda.

El vestido, de color marfil, fue confeccionado en mikado de seda, una tela rígida y estructurada, adecuada para la temporada invernal. La silueta, entallada en el torso, se abría suavemente en una falda ligeramente acampanada, con paneles laterales de encaje bordado que aportaban movimiento y riqueza visual.

El cuello anilla (bénitier) y las mangas tres cuartos definieron un modelo extremadamente cuidado en cada costura. La cola, de aproximadamente cinco metros, fue tan imponente que requirió cuatro damas de honor dedicadas exclusivamente a acomodarla durante la ceremonia.
El velo: una pieza tan icónica como el vestido
Aunque muchas royals eligen velos heredados, el de Máxima fue diseñado especialmente por la maison Valentino. Confeccionado en tul de seda con lunares, presentaba motivos florales y sarmientos de encaje bordados. Su largo, tan majestuoso como la cola, completó una imagen regia y atemporal que quedó grabada en la historia.

Según relatan sus biógrafos, Máxima —quien nunca habría elegido ese vestido por iniciativa propia— terminó calificándolo simplemente como “divino” tras finalizar las celebraciones.
Hoy, en el adiós a Valentino Garavani, ese vestido vuelve a ocupar el lugar que merece: una de las creaciones más perfectas de la moda nupcial y real del siglo XXI.
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