La noche del 26 de octubre se confirmó el fallecimiento de Björn Andrésen a los 70 años. Su definición como “el niño más hermoso del mundo”, acuñada cuando apenas tenía 15 años al protagonizar Muerte en Venecia (1971) bajo la dirección de Visconti, le garantizó un lugar inmediato en el cine… pero también le impuso una carga que marcaría el resto de su vida.

De ese momento emergió una carrera singular, sobre todo por lo simbólico –un cuerpo‑objeto en el centro del deseo de un hombre mayor en la película‑, y un trayecto vital donde Andrésen se enfrentó con lo que esa etiqueta significó: la explotación de la inocencia, la presión estética, y el dilema de ser visto sin ser escuchado.

Infancia, fama y vulnerabilidad
Nacido el 26 de enero de 1955 en Estocolmo, Björn creció tras la muerte de su madre, a los 10 años, y fue criado por su abuela. A los 15, fue seleccionado por Visconti para encarnar a Tadzio y al poco tiempo su rostro recorrió festivales como Cannes, portadas y campañas publicitarias, sobre todo en Japón, donde su imagen se volvió fenómeno cultural.

Pero su testimonio en el documental ‹The Most Beautiful Boy in the World› (2021) revela que aquel brillo primario escondía un gran costo.

En la audición aparece nervioso mientras es evaluado, desnudado en parte y convertido en objeto de una mirada adulta. Él mismo afirmaría: “Sentí que me usaban como un objeto”. Las productoras y el director impusieron dinámicas de control, prohibieron al equipo acercarse y lo sumergieron en ambientes para adultos durante la filmación.

Este recorrido evidencia que la belleza –tan elogiada al principio– no funcionó como pasaporte a la felicidad: fue el catalizador de una vida que él describió como “solitaria” y que arrancó desde una cima imposible de sostener.

Una vida que habla de presión estética y falta de contención
Andrésen definió su propia trayectoria con una frase lapidaria: “Mi carrera es una de las pocas que empezó en la cima y luego fue descendiendo”. El País El documental advierte lo que muchas industrias ignoran: la insistencia sobre un joven por su imagen puede marcarlo para siempre, y la cultura del aplauso no garantiza acompañamiento emocional.


Él mismo denunció al cine y al teatro como espacios habitados por “tantos fascistas y idiotas”, y calificó al director Visconti como “un depredador cultural que habría sacrificado cualquier cosa o persona por su obra”. The Guardian En su testimonio, se aleja del mito y reivindica la ética: la belleza no salva, la dignidad sí.


El legado que queda
Aunque su cuerpo‑ícono ya no esté, el relato de Björn Andrésen permanece crucial. Su participación en el documental, su rol tardío en Midsommar (2019) y su decisión de contar su verdad nos ofrecen una advertencia: detrás del “hermoso niño” puede haber una historia de explotación, de invisibilidad y de ausencia de protección.


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