Hay amistades que no se apagan con la muerte. Cambian de forma. Se vuelven recuerdo, sueño, señal. Para Paula Chaves, Jazmín de Grazia sigue estando ahí, en una escena onírica que se repite, en una llamada inevitable a su padre, en la certeza íntima —difícil de explicar— de que su amiga está bien.

Se conocieron en Super M, cuando las dos eran jóvenes, distintas, y todavía no sabían quiénes iban a ser. Jazmín ya tenía ese magnetismo incómodo de quienes viven sin red. Paula, más reservada, más terrenal. Nadie hubiera apostado a que esas dos personalidades opuestas iban a construir un lazo tan profundo. Pero lo hicieron. Y ese vínculo sobrevivió incluso a lo que parecía imposible de atravesar.
Jazmín murió el 5 de febrero de 2012, a los 27 años. Su muerte sacudió al mundo del espectáculo y dejó una estela de preguntas, dolor y silencios difíciles de nombrar. Con el tiempo, su padre, Ricardo De Grazia, aclaró que la causa fue un infarto agudo de miocardio. Pero más allá de los partes médicos, quedó lo otro: la ausencia, la interrupción abrupta de una vida intensa, brillante, contradictoria.

Paula Chaves fue una de las personas que más sintió esa pérdida. No solo porque perdió a una amiga, sino porque perdió a alguien que funcionaba como espejo y como advertencia. Jazmín decía —casi como una profecía— que iba a morir joven, “como los rockstars”. Paula lo recordó años después, sin épica, sin dramatismo, como quien acepta que hay personas que viven con una intensidad que no siempre negocia con el tiempo.
“Ella se me aparece en sueños”, contó. Y agregó algo que dice más de la amistad que de la muerte: cada vez que eso pasa, Paula llama a Ricardo, el papá de Jazmín, para decirle que soñó con ella, que estaba bien. No es un gesto mediático. Es un ritual íntimo. Una forma de sostener lo que quedó suspendido.

Jazmín fue mucho más que una modelo. Fue periodista, conductora, panelista. Pero, sobre todo, fue una voz incómoda en una industria que prefería el silencio. Habló de machismo, de trastornos alimenticios, de consumo problemático, cuando todavía no era habitual hacerlo. Se mostró vulnerable cuando la vulnerabilidad no cotizaba. Esa honestidad brutal la volvió cercana para muchos y, al mismo tiempo, difícil de encasillar.

En ese recorrido, las amistades fueron un ancla. Y la de Paula fue una de las más fuertes. No porque se parecieran, sino porque se eligieron. Porque se acompañaron en los momentos de exposición, de crecimiento, de caída. Porque algunas personas llegan a la vida de otras para quedarse, incluso cuando ya no están.
A más de una década de su muerte, Jazmín de Grazia sigue siendo una presencia. No solo en la memoria colectiva, sino en esos gestos pequeños que no se ven: un sueño, una llamada, una frase que vuelve. Tal vez ahí esté la verdadera huella. No en lo que terminó, sino en lo que todavía insiste en seguir vivo.
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