Erika de Sautu Riestra lleva más de treinta años construyendo una carrera sostenida en la industria audiovisual argentina. Siempre desde un perfil bajo, muchas veces en roles secundarios pero con fuerte impacto, su trabajo volvió a ganar visibilidad a partir de sus participaciones en Un gallo para Esculapio y, más recientemente, en En el barro.

Sin embargo, hay una dimensión de su vida que ella misma decidió hacer pública y que atraviesa todo lo que es: su maternidad.
Gaspar, su hijo mayor, y una vida dedicada al cuidado
Erika es madre de Gaspar, su hijo mayor, diagnosticado a los tres meses con parálisis cerebral. Con el tiempo, también se supo que vive con lisencefalia y síndrome de West, y que necesita atención las 24 horas.

En entrevistas recientes, la actriz contó que los médicos le habían dicho que su hijo no iba a superar los cinco años. Hoy Gaspar tiene 27. En este emotivo video lo saludaba por sus 25:
Ella misma definió esa experiencia como una maternidad de “terapia intensiva”: se convirtió en su enfermera, su compañía permanente, su sostén emocional y su voz frente a un sistema que no siempre incluye. Nunca habló desde la compasión, sino desde la lucha.

Para su cumpleaños número 25, Erika compartió un video en redes sociales acompañado por un texto profundamente emotivo: “Feliz cumple hijo hermoso. Sos la persona más luchadora que conozco. Sos perfecto, justo para mí. Te aferrás a la vida cada día… agradecida por tenerte”. También escribió: “Te admiro, te festejo cada mañana, te amo eternamente, hijo”.

Ese vínculo es el centro de su vida. Y, según contó, partió su historia personal en dos: desde entonces, cada proyecto laboral lo vive como si fuera el primero.

En lo personal, Erika comparte su vida con el músico y productor Eduardo Frigerio, con quien mantiene una relación desde hace varios años. En entrevistas contó que eligieron no convivir: ambos tienen hijos de relaciones anteriores y prefieren cuidar sus espacios. Además de Gaspar, es madre de Valentín, su hijo menor, a quien suele mencionar como uno de sus grandes pilares afectivos junto a su pareja.

Una carrera construida desde la constancia
Formada artísticamente con Lito Cruz y Agustín Alezzo, Erika se abrió camino en un medio exigente, marcado por la rotación permanente de elencos y oportunidades.

Desde los años 90 participó en numerosas ficciones de la televisión argentina, entre ellas Convivencia, Sin código, Farsantes, Solamente vos y Cazados. En Un gallo para Esculapio, dirigida por Bruno Stagnaro y producida por Underground Producciones, formó parte de la segunda temporada.
También tuvo una escena que se volvió viral junto a Peter Lanzani, confirmando una vez más su capacidad para dejar marca aun desde personajes no protagónicos.
La Doctora Giuliani y el salto de visibilidad en En el barro
Su notoriedad reciente se consolidó con su llegada a En el barro, producción vinculada al universo de El Marginal. Allí interpreta a la Doctora Olga Giuliani, un personaje visualmente potente -rubia, con estética que remite a las vedettes de los 90- y atravesado por acusaciones de mala praxis por tratamientos estéticos.
En redes sociales, su caracterización generó comparaciones con figuras reales como Giselle Rímolo y Aníbal Lotocki, por los paralelismos con casos de intervenciones sin respaldo profesional.
Dentro del penal, su personaje termina armando un sistema clandestino de retoques estéticos y masajes, una especie de spa ilegal que suma humor oscuro a una trama cargada de tensión. Erika trabajó ese rol desde lo grotesco y lo psicológico, apoyándose fuerte en lo visual como herramienta expresiva.
La respuesta del público y de la crítica fue inmediata: su actuación fue especialmente valorada por la complejidad de los matices y la fuerza escénica.
Permanecer, incluso cuando todo cambia
A sus 58 años, Erika de Sautu Riestra es ejemplo de continuidad en una industria inestable. “Con los años me gané un espacio respetado y la posibilidad de elegir proyectos que aportan desafíos”, supo decir.
Su recorrido está hecho de formación, constancia y adaptación a distintos géneros y formatos, tanto en televisión como en teatro. Pero también de una entrega absoluta a su hijo, una experiencia que resignificó su manera de actuar y de estar en el mundo.
Entre sets de grabación y rutinas de cuidado permanente, Erika construyó una vida atravesada por el oficio y por el amor. Una historia donde la actuación convive con la maternidad más exigente, y donde cada logro profesional se sostiene sobre una lucha silenciosa que empezó hace 25 años.