En otra época, los nombres nacían de la memoria: un abuelo, una flor, un deseo. Hoy, en San Francisco, se compran. Taylor Humphrey, 37 años, doula, consultora en branding y “nerd de los nombres”, cobra hasta 30.000 dólares por encontrar el nombre perfecto para un bebé.
Promete exclusividad, armonía sonora, genealogía emocional. Una mezcla de psicóloga, astróloga y estratega de marketing que ofrece algo más que una lista: una identidad con marca registrada.
A simple vista, parece una excentricidad de Silicon Valley. Pero quizá no lo sea tanto. Detrás de cada consulta, Taylor dice encontrar una historia de duda: parejas que no logran ponerse de acuerdo, familias que buscan un nombre que suene moderno pero ancestral, o padres que no quieren repetir un linaje, pero tampoco borrarlo. Lo que ella vende, en el fondo, es alivio: la sensación de haber elegido bien.
Su trabajo empezó como un juego en redes sociales. Hoy tiene más de 100.000 seguidores en TikTok e Instagram y un archivo con miles de nombres clasificados por “vibras”: etéreo, solar, mítico, vintage. Su paquete más caro incluye análisis genealógico, focus groups y una “campaña de naming” que parece sacada de una agencia publicitaria.
Los críticos la acusan de frivolidad. Ella responde con humor: “Yo también me río. Pero sigo pagando el alquiler”. Lo curioso es que, más allá del juicio, su oficio está creciendo. En Estados Unidos ya hay una docena de consultores a tiempo completo. Algunos padres los contratan por miedo a arrepentirse del nombre. Otros, para asegurarse de que su hijo suene “único” en Google.
Nombrar es un acto de poder. En la Biblia, Adán se vuelve humano cuando empieza a nombrar las cosas. En las familias, el nombre puede ser herencia o rebelión. Tal vez por eso hoy delegamos esa tarea: porque pesa demasiado. Porque elegir un nombre es aceptar que alguien, alguna vez, llevará nuestra voz dentro de la suya.
Taylor, sin proponérselo, se volvió una especie de espejo del mundo contemporáneo: un lugar donde hasta la identidad puede ser tercerizada, pero donde —por fortuna— todavía hay quien se detiene a pensar en lo que significa ponerle nombre a alguien.
Por qué nos cuesta más elegir los nombres de varones que de mujeres
En uno de sus más recientes posteos, Taylor plantea este dilema: "Tenemos que hablar de por qué es más difícil nombrar chicos que chicas... Hablamos tanto de masculinidad tóxica,
Pero no lo suficiente sobre cómo es la masculinidad divina, sana, segura, protectora".
"Mientras que los nombres de chicas pueden ser bonitos, extraños, feroces o poéticos... Se espera que los nombres de chicos crezcan y se conviertan en CEOs, atletas o proveedores estoicos. Esto no es solo un problema de nombres. Es un reflejo de 1) cómo criamos a los niños: lo que esperamos, limitamos y reprimimos. 2) lo que esperamos de los niños y los hombres", asegura la experta.
Y confirma que "Nuestras creencias subconscientes y expectativas aparecen antes de que nuestros hijos hayan nacido: y se puede ver que el proceso de nombrar a los bebés. Cuando mezclamos masculinidad con toxicidad, creamos un ambiente rígido y vergonzoso en el que criar a los chicos que hemos nombrado..."
Por último, dice: "Siempre me refiero a esto como "El proceso SAGRADO de nombrar a los bebés" porque curar nuestras heridas más íntimas es un trabajo profundo, difícil y sagrado. Encontrar un nombre de chico que ames y criar un hijo sano requiere curar las heridas personales y ancestrales perpetradas por los hombres. Requiere reconocimiento y perdón. El nombre del bebé es una forma de trabajo de sombra. Puede curarte si lo dejas".
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