Desde chico, Thiago Medina sintió la ausencia que deja una madre que se va demasiado pronto. Marisa tenía apenas 34 años cuando la vida decidió interrumpir su historia, dejando a Thiago y a sus hermanos con un vacío que jamás podrían llenar. Pero el recuerdo de ella, sus risas y su voz, permanecieron como un hilo invisible que conectaba a la familia, incluso en los días más oscuros.
El viernes pasado, ese hilo volvió a temblar con fuerza. Thiago, ya un joven de 22 años conocido por su paso por Gran Hermano, viajaba en su moto cuando un auto cruzó su camino. El impacto fue brutal. La noticia corrió como un viento helado: terapia intensiva, pronóstico reservado, oraciones que se multiplicaban en las redes, lágrimas contenidas y corazones aferrados a la esperanza.
Mientras el hospital respiraba con Thiago, en su casa, su hermana Camila —Camilota— recordaba lo que había vivido esa misma tarde. Ese mismo día, mientras buscaba a sus primos y a su hermano para compartir un almuerzo, un colibrí apareció frente a ella. No fue un pájaro cualquiera: su vuelo delicado y pausado parecía suspender el tiempo, y en el instante en que se posó sobre la ventana, Camilota supo que no estaba sola.
“Ahí me dijeron que mi mamá está presente”, contó con la voz quebrada, como si cada palabra fuera un hilo que conectaba el cielo con la tierra. Ellos, la familia de Thiago, sintió que esa madre que los había dejado demasiado pronto, que había marcado sus vidas con su amor y su fortaleza, enviaba ahora un mensaje silencioso pero imposible de ignorar. Y por un momento, en medio del miedo y la incertidumbre, la familia sintió que Marisa estaba cuidando de Thiago desde arriba.
La señal, pequeña y frágil, se convirtió en un faro de esperanza. Un colibrí que cruzó la tarde y llevó consigo la certeza de que, incluso en el accidente más inesperado, el amor de una madre puede llegar más allá de la muerte. Y mientras Thiago luchaba por su vida, su familia encontró consuelo en la presencia invisible que los abrazaba desde el recuerdo y desde lo inexplicable.
Incluso mencionó que Daniela Celis también había vivido un encuentro con un colibrí, cuando el sábado fue a Luján a pedir por su expareja, uniendo así milagrosamente dos historias marcadas por el miedo, el amor y la esperanza.
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