Lo que pasó en San Cristóbal dejó una escena imposible de procesar: un alumno armado dentro de una escuela y otro chico muerto. Pero después del impacto, aparece lo más difícil: entender qué se hace en un momento así.
Para eso, hablamos con Liliana Fisichella, licenciada en Educación y con cuatro décadas de experiencia en aulas atravesadas por contextos complejos. Su mirada no esquiva la realidad: la violencia ya convive con la escuela.
“No hay un protocolo único”
—¿Qué se tiene que hacer en una escuela cuando ocurre una situación de extrema violencia como ésta?
—Lo que se intenta es tratar siempre de mantener la calma, tanto de los adultos —en primer lugar— para poder transmitírsela a los chicos. Hay que tratar de ver si existe alguna posibilidad de que se vayan de la escuela, siempre con algún adulto que los acompañe.
Si no pueden salir, hay que meterlos en el aula o en algún lugar protegido, con llave, trabando las puertas. Que los docentes los hagan tirarse al piso, que se queden en silencio, que estén al resguardo del agresor.
Y mientras tanto, los adultos no pueden hacer mucho más que llamar al 911 y que la policía se encargue de esta criatura.
Si hay alguna posibilidad de persuadirlo, tiene que ser alguien que tenga vínculo con el chico. Es el único que puede lograr desarmarlo”.
—En este caso se habla de chicos a los que se les cerraron las puertas. ¿Eso forma parte de un protocolo?
—No escuché eso puntualmente. Sí escuché que estaban armando la formación y que las puertas estaban cerradas. Pero la realidad es que en la urgencia se hace lo que se puede. En la medida de lo posible, hay que abrir las puertas para que se vayan del establecimiento, no que se queden adentro.
También escuché que algunos chicos escapaban por las ventanas, rompiendo vidrios. Son situaciones tan urgentes que se actúa como se puede, pero siempre el objetivo es alejarlos del peligro.
“Toda la responsabilidad es el resguardo de los chicos”
—¿Dónde empieza y dónde termina la responsabilidad docente?
—Toda la responsabilidad pasa por el resguardo de los chicos. Incluso del agresor. Después de que pasa algo así, no se trata de decir ‘te expulsamos’. No. La escuela está para ayudar a las familias a educar a estos chicos en todos los sentidos, no solo en lo académico.
Para eso existen equipos de orientación escolar: psicólogos, psicopedagogos, y también organismos que acompañan. Siempre se trata del cuidado y de la contención”.
“Me tocó enfrentar a un chico con un arma”
—¿Alguna vez viviste una situación similar?
—Sí. Me pasó encontrar a un alumno con un arma. Me lo llevé conmigo, traté de que me la dé tranquilamente. Lo primero que hice fue sacarle el arma. Después seguimos hablando.
Mientras tanto, la vicedirectora llamaba al 911 y la preceptora a la familia. Cuando llegó la policía, quería llevárselo directamente, pero no se puede: es menor. Tiene que intervenir la familia. Ahí se siguió todo el proceso con ellos.
En esos momentos, lo único que funciona es el vínculo. Alguien que pueda hablarle y calmarlo. Lo viví con muchos nervios. No es fácil, hay que respirar hondo y decir: "acá vamos". En este caso era un chico que obviamente no venía con intenciones de matar, sino con intenciones de hacerse el vivo, era un chiste.
“Las señales están, pero hay que saber mirar”
—¿Qué señales deberían detectar los docentes?
—Señales hay todo el tiempo. Los chicos las dan constantemente. Pero el problema es que muchas veces no son evidentes. El que grita, pelea o rompe cosas ya está mostrando algo. Pero el que está callado, el que se queda quieto… ese es el que hay que mirar más.
Un adolescente que no expresa nada, algo le está pasando. La mirada es todo.
“La violencia ya es parte de lo cotidiano”
—¿El sistema educativo está preparado para esto?
—Hay documentos, hay guías desde lo que pasó en Carmen de Patagones, pero no se ensayan. Y además, muchas decisiones dependen de cada escuela o jurisdicción. La realidad es que no estamos del todo preparados.
Pero lamentablemente estamos cada vez más expuestos. La violencia se transformó en parte de lo cotidiano. Los chicos vienen a la escuela a hacer catarsis, a buscar límites, a pedir ayuda.
Muchos atraviesan situaciones familiares muy duras: droga, abandono, maltrato, soledad. Y todo eso lo descargan en la escuela.
Una frase que lo resume todo
En medio de una historia que todavía duele, su reflexión final queda resonando: “Los chicos buscan en la escuela lo que muchas veces no tienen en sus casas: contención, límites, alguien que los vea”.


