Maggie O’Connor tenía 70 años cuando, al ver a su hija convertirse en abuela, se quebró frente a su casa y gritó entre sollozos: “Es el bebé, el bebé”. No hablaba de su nieto. Hablaba de Mary Margaret, su primera hija, nacida en 1943 en el Hogar de Tuam, Irlanda, y muerta a los seis meses. Su cuerpo jamás fue entregado. Su historia jamás fue contada.

Este lunes, 14 de julio de 2025, comienzan los trabajos para excavar la fosa común del antiguo Hogar de Tuam, donde se cree que fueron arrojados los restos de 796 bebés y niños. Durante dos años, un equipo forense trabajará en el lugar.

Se trata de uno de los crímenes sociales más estremecedores de la historia irlandesa, y Maggie, sobreviviente del sistema, se volvió símbolo de una verdad que ya no puede ser negada.
El crimen del silencio
Entre 1922 y 1998, Irlanda implementó junto a la Iglesia Católica una red de “hogares para madres y bebés” donde enviaban a mujeres embarazadas fuera del matrimonio. Allí eran separadas de sus hijos, castigadas por su sexualidad, obligadas al encierro y, muchas veces, al trabajo esclavo. Sus bebés eran entregados, vendidos, o, como en Tuam, descartados sin sepultura.

Maggie fue enviada allí con 17 años, luego de ser violada por un conserje de la escuela industrial donde vivía. Dio a luz sola, fue separada de su hija y enviada a una lavandería de las Hermanas de la Magdalena. Se enteró de la muerte de Mary Margaret seis meses después, mientras colgaba la ropa: “El hijo de tu pecado está muerto”, le dijeron las monjas.
El trauma la acompañó siempre. Se mudó a Inglaterra, tuvo otros hijos, y guardó el secreto por más de medio siglo.
La fosa que reveló la verdad
En 2014, la historiadora Catherine Corless reveló que los cuerpos de los niños habían sido arrojados a un tanque de aguas residuales. Documentó 796 muertes sin registros de entierro. Durante años, fue ignorada. Hoy, su trabajo es la base del proceso que finalmente comenzará.

El gobierno irlandés pidió disculpas recién en 2021. La exhumación representa un acto de reparación, aunque insuficiente. Las familias quieren justicia, memoria, y entierros dignos. Anna Corrigan, que descubrió que sus hermanos nacieron y murieron allí, lo resume con crudeza: “No tuvieron dignidad en vida. No tuvieron dignidad en la muerte”.
Un grito colectivo
Teresa O’Sullivan, nacida en Tuam en 1957, dijo: “Podría haber sido yo. Todos estábamos a un pelo de caer en la fosa séptica”. Sobrevivientes, familiares, arqueólogos y activistas se reunirán durante los próximos años para devolverle a cada niño su historia, su nombre, su descanso.

Annette McKay, hija de Maggie, lo dijo claro: “No voy a grabar el nombre de mi madre en su lápida hasta que pueda reunirla con Mary Margaret”. Hoy, su lucha representa a todas las madres que fueron forzadas a callar.
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