La historia de John Kennedy Jr. y Carolyn Bessette siempre tuvo ese aire de cuento de hadas moderno, pero detrás de los flashes de Manhattan, la realidad era mucho más compleja. Hoy, con el estreno de American Love Story -la nueva apuesta de Ryan Murphy que podés ver por Disney + que explora este romance-, los detalles de aquel fatídico 16 de julio de 1999 vuelven a salir a la luz. Lo que debía ser un viaje de reconciliación terminó siendo el capítulo final de la dinastía más famosa de Estados Unidos.

Aquel viernes, el clima en el departamento de Tribeca estaba tan cargado como la humedad de Nueva York. La pareja atravesaba una fuerte crisis: John (38) se estaba quedando en el Stanhope Hotel tras una de sus tantas peleas. Él lidiaba con el posible fracaso de su revista George y el cáncer avanzado de su primo, Anthony Radziwill. Carolyn (33), por su parte, se sentía asfixiada por el asedio de la prensa y el peso de pertenecer al clan Kennedy.

El plan de una tregua familiar
La excusa para el reencuentro fue la boda de Rory Kennedy, la prima de John, en Hyannis Port. Carolyn no quería ir; no tenía ganas de fingir sonrisas en el universo de Camelot. Fue su hermana, Lauren Bessette (35), quien actuó como mediadora. Lauren sugirió que viajaran los tres juntos: John la dejaría a ella en Martha’s Vineyard y luego seguiría con Carolyn hacia la boda. Parecía el plan perfecto para limar asperezas.

Sin embargo, el día de John fue frenético. Pasó la mañana en reuniones desesperadas para salvar su revista. Estaba irritable y ansioso. Además, cargaba con una secuela física: seis semanas antes se había quebrado el tobillo haciendo parapente. Aunque le habían sacado el yeso el día anterior, todavía caminaba con una férula y muletas. En ese estado, y con pocas horas de sueño, se preparó para pilotear su Piper Saratoga ligero.
Una cadena de errores y advertencias ignoradas
El despegue estaba pactado para las 17:30, pero el retraso fue constante. John se quedó en la oficina enviando mails de condolencias y postergando reuniones hasta las 18:40. Luego, el tráfico de viernes en hora pico hacia el aeropuerto de Essex County, en Nueva Jersey, hizo lo suyo. Carolyn también llegó tarde, intentando evitar a los fotógrafos.
Recién a las 20:20 llegaron al aeropuerto. Ya era tarde: el sol se estaba poniendo y la visibilidad era reducida. Varios pilotos experimentados habían cancelado sus vuelos esa noche debido a la bruma veraniega, que puede ser traicionera sobre el agua. Incluso un piloto intentó advertirle sobre el mal clima, pero John estaba en la tienda comprando snacks y nunca se cruzaron.

A pesar de no ser un piloto experto y de no estar capacitado para volar solo con instrumentos (sin referencias visuales), John decidió despegar a las 20:39. Lo hizo sin dejar un plan de vuelo y rechazando el ofrecimiento de un copiloto. Solo quería intimidad con su mujer y su cuñada tras días de tanta tensión.
El descenso hacia la oscuridad
El vuelo fue una trampa de sombras. Sin la luz de la luna y con una neblina cerrada, John volaba prácticamente a ciegas. A las 21:39, cuando estaban a solo 20 minutos de su destino, John tomó la decisión fatal: en lugar de guiarse por las luces de la costa, intentó cruzar directo sobre el océano hacia la pista de Martha’s Vineyard.

Desorientado espacialmente, el avión comenzó un descenso rápido. No hubo llamadas de emergencia ni gritos de auxilio por radio. El Piper Saratoga se estrelló contra el mar, a unos once kilómetros de la costa. Carolyn, que según testimonios de la época no confiaba en las habilidades de vuelo de su marido, viajaba en la fila de atrás junto a su hermana Lauren. El impacto fue seco y definitivo.
El final de la esperanza
En Manhattan, la alarma sonó cuando Carole Radziwill llamó a RoseMarie Terenzio, la asistente de John, porque el avión nunca había aterrizado. "Le dije que nunca llevara a dos de mis hijas a la vez", balbuceó conmocionada Ann Messina Freeman, la madre de las hermanas Bessette, al enterarse de la noticia.

Tras días de búsqueda intensa, los cuerpos fueron encontrados el 21 de julio a 37 metros de profundidad. Las hermanas estaban juntas cerca del fuselaje; John seguía sujeto a su asiento. El 22 de julio, ante la mirada de apenas 15 familiares, las cenizas de los tres fueron arrojadas al mar desde el destructor USS Briscoe. El mito de los Kennedy sumaba así su tragedia más joven, dejando para siempre el interrogante de qué hubiera pasado si aquel avión hubiera despegado apenas un par de horas antes.

