"Mamá, estoy viva": se supo cómo fueron los minutos finales de las víctimas de la tragedia de trenes en Adamuz - Revista Para Ti
 

"Mamá, estoy viva": se supo cómo fueron los minutos finales de las víctimas de la tragedia de trenes en Adamuz

Testimonios, historias mínimas y escenas detenidas en el tiempo reconstruyen el recorrido final de quienes viajaban en los dos trenes que chocaron en Córdoba, España. “Pedían ayuda y médicos desde el vagón 6 y yo pensé que nos matábamos”.
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Nadie sube a un tren pensando en el final. Se elige un asiento, se guarda el bolso, se manda un mensaje avisando que ya salió. Todo es rutina. Todo es vida en marcha. Hasta que deja de serlo.

El domingo 18 de enero, casi 500 personas viajaban en dos trenes distintos sin saber que sus caminos iban a cruzarse de la peor manera. En Adamuz, Córdoba, el tiempo se partió en dos. Y lo que siguió fue confusión, miedo y una pregunta que se repitió entre los hierros retorcidos:
“¿Por qué no vienen a auxiliarnos?”

Adamuz: el viaje que nunca llegó a destino

“Buenas tardes. Billete, por favor”. Son las 18.10 cuando los pasajeros del Alvia 2384 Madrid–Huelva suben al tren como cualquier otro día. Coche 1, coche 2, coche 3, coche 4. Una distribución aparentemente inofensiva que, sin que nadie lo sepa, va a marcar la diferencia entre vivir y morir.

Una hora y 33 minutos después, a la altura de Adamuz, el Alvia se cruza con un Iryo Málaga–Madrid que ha descarrilado e invade parte de la vía. El impacto deja 45 víctimas fatales: 36 en el Alvia y nueve en el Iryo. Los coches 1 y 2 del Alvia se precipitan por un talud de cuatro metros. El tiempo se rompe.

Asiento 1A: el primer golpe

En el asiento 1A del coche 1 viaja Miriam Alberico, 27 años, profesora de inglés en Lepe. Vuelve de pasar el fin de semana en Madrid con su novio, Alberto, militar. Su padre, Horacio, sigue el recorrido desde el celular. De pronto, el punto en la pantalla se queda quieto. —“Oye, que te he perdido, ¿dónde estás?”— le escribe. Miriam probablemente murió en el acto.

Miriam Alberico
Miriam Alberico iba en el asiento 1A del coche 1

Al otro lado del pasillo, Nati de la Torre, 79 años, reza el rosario. Viaja con su hijo y tres nietos. Acaba de vender unos terrenos y quiso celebrarlo llevándolos a Madrid a ver El Rey León. Ella no sobrevivirá. Los chicos, sí. Horas después, cuando todo ya es hospital y desconcierto, Carlota pregunta: —“Papá, ¿podré volver al tren a buscar mi libro de Lengua?”

Nati de la Torre, la abuela que rezaba el rosario
Nati de la Torre, la abuela que rezaba el rosario

El vagón 2: llamadas que no se responden

El coche 2 es más pequeño. Allí viaja Álvaro García Jiménez, 32 años, capitán enfermero de la Legión. Regresa de vacaciones. Su cuerpo será uno de los últimos en ser recuperados, cuatro días después.

Alvarez Jimenez
Álvaro García Jiménez iba en el coche 2.

En ese vagón, varios celulares suenan sin que nadie atienda. Uno es el de Amalia Montealegre, médica, 31 años. Pasará cuatro horas sepultada entre hierros, equipaje y cuerpos. A las 23.40, ya dentro de una ambulancia, dicta un número. —“Mamá, estoy viva”.

Amalia Montealegre
Amalia Montealegre llamó a su mamá tras estar 4 horas sepultada bajo los fierros.

El otro tren: luces que se ven y ayuda que no llega

En el Iryo 6189, que salió de Málaga con 289 pasajeros, algunos ven desde sus ventanas las luces de los servicios de emergencia… pero no para ellos. —“¿Por qué no vienen a auxiliarnos?”— se preguntan desde los vagones volcados.

Noelia Ruiz viajaba en el coche 8, asiento 15C. El vagón queda de costado, con las ventanillas mirando al cielo. —“Cerré los ojos y no sabía si los iba a volver a abrir”— contará después.

Cuando los abre, el asiento de al lado está vacío. Allí viajaba Jesús Saldaña, 29 años, médico residente en Cardiología, brillante, con una boda planeada para agosto. Su rostro recorrerá las redes durante dos días de búsqueda desesperada.

Jesús Saldaña
Jesús Saldaña

Los que no llegaron a la cafetería

En el coche 3 del Alvia viaja un grupo de opositores que vuelve de rendir en Madrid. Mario Jara, 42 años, se levanta para ir a la cafetería. No llega. El impacto ocurre a las 19.43.44. —“Mi móvil hizo la foto y ya salimos por los aires”— dirá una sobreviviente.

Ese día Mario cumplía años. Su madre lo esperaba con una torta. Había nacido un 18 de enero en Córdoba. Murió otro 18 de enero, en Córdoba.

Los minutos que nadie olvida

En algunos vagones, el impacto fue inmediato. En otros, el terror llegó en oleadas: primero el ruido, después el movimiento imposible, finalmente el silencio. Hubo quienes cerraron los ojos sin saber si volverían a abrirlos. Hubo quienes rezaron. Hubo quienes pensaron en sus hijos, en un examen, en una boda que estaba por venir. Desde un tren, se veían las luces de emergencia del otro. Tan cerca. Tan lejos.

Historias mínimas que lo dicen todo

Una joven que volvía a su trabajo después de un fin de semana de amor.
Una abuela que había querido regalarles a sus nietos un recuerdo feliz.
Un médico que había elegido la ventanilla para escribir tranquilo.
Una mujer que, horas después, logró decirle a su madre: —“Mamá, estoy viva”.

En medio del caos, también apareció lo inexplicable: personas que sobrevivieron solo porque cambiaron de lugar, porque fueron al baño, porque decidieron no viajar. Asientos vacíos que, de repente, lo significaron todo.

El azar, el cuerpo, la memoria

Había 527 reservas. Viajaban 480 personas. 47 no subieron al tren.

Se habló de números, de vagones, de estadísticas. Pero lo que queda no entra en ningún registro.
Queda el mensaje que no llegó. El celular que siguió sonando. La pregunta de una nena que solo quería volver a buscar su libro.

Hoy, cuando se nombra Adamuz, no se piensa solo en un accidente ferroviario. Se piensa en personas comunes haciendo cosas comunes: volver a casa, estudiar, trabajar, amar. Porque al final, eso fue lo que se quebró: la certeza de que siempre se llega a destino.

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