Ramiro Rodríguez Pardo murió a los 87 años, tras tres meses de internación. Sufría de Parkinson. Su vida fue un banquete de pasiones, amistad y familia. "Ayer, por la tarde, partió Ramiro. Ya estará allí junto al Gato @gatodumasonline brindando y riéndose con anécdotas inolvidables, como solían hacerlo cada vez que se juntaban. Tanta historia entre ollas, sartenes y aromas de cocina que supieron escribir juntos. Tantos alumnos, tantos grandes cocineros que formaron y siguen acrecentando vuestro legado", anunció en sus redes Mona Narvaja, la mujer que lo acompañó más de 40 años.

"La cocina argentina es una antes y otra después de Uds. Se te va a extrañar. Descansa en paz y no hagan mucho lío juntos allá donde se encuentren. Seguro que también los acompañará el Pole @poleselloartist a quien tanto extrañabas. Muchos te estarán recibiendo, familia y amigos. Disfrútalos eternamente y, de esta tierra, descansa en paz allá donde no hay límites para la felicidad", escribió.

Hay hombres que cocinan para llenar estómagos y otros que lo hacen para llenar de sentido la vida. Ramiro Rodríguez Pardo pertenecía al segundo grupo. Podía haber sido cura —era lo que esperaban sus padres en España—, jardinero, actor o director de cine. Eligió la cocina. Y allí, entre fuegos, ollas y cuchillos, desplegó la fe que no profesó en los altares.

Se rebeló siete días antes de ordenarse sacerdote. El escándalo familiar fue inevitable. Lo mandaron a la Argentina, a un tío que debía convencerlo de volver al seminario. No solo fracasó: lo adoptó. Ese tío tenía restaurantes, y Ramiro, todavía joven, encontró en el ritmo del servicio una razón de vivir. Poco después abrió su primer local, nada menos que El Palacio de la Papa Frita, un boom en Buenos Aires.

"Ramiro, ayer partiste hacia la inmensidad, allí donde la alegría es infinita. Allí te encontrarás con todos los seres queridos que te antecedieron, familia y amigos. Dios te guarde en la palma de su mano", compartió Mona en sus redes.
"Acá nos quedan tus recuerdos. Tantos momentos compartidos. Momentos maravillosos, momentos donde tu cocina nos regalaba manjares creados por tus hábiles manos. Momentos que disfrutaremos recordándote en familia y con amigos. Con tus entrañables amigos, hermanos de la vida Nor, Edu y David y con todos aquellos con los que tanto has compartido y que ya te extrañan, con tantos cocineros que has formado, con tantos aficionados a la cocina que empezaron a amarla en tus programas con el Gato Dumas, aquel famoso y primer programa de cocina “Los Cocineros”, aquel otro “Gato Pardo” en ElGourmet, los programas que hicieron con Maiken Bückle-Vinelli. Tantos recuerdos, tantas anécdotas, tanto has dejado. Todos debemos brindar por ti, es lo que te gustaría. Tus enseñanzas serán eternas. Descansa en paz y no se porten muy mal con el Gato allá donde estén", siguió escribiendo.

Una vida alrededor de la mesa
Ramiro tenía tres hijos: César Alejandro, María Gabriela y Ramirito. El mayor, economista en potencia, lo sorprendió una tarde confesándole que quería ser como él: cocinero. Lo mandó a estudiar a Europa y hoy César hace carrera en Madrid. De algún modo, el oficio encontró heredero.
Pero la mesa de Ramiro no era solo un espacio de trabajo. Era, sobre todo, un espacio de afectos. En su casa de Palermo, junto a Mona —su compañera de más de 40 años—, su hijo menor y su nieto, seguía reuniendo a los suyos alrededor de paellas, pulpo a la gallega y, cuando la nostalgia era más fuerte, papas fritas con huevo: su plato favorito.
El arte de la amistad
Hablar de Ramiro es también hablar del Gato Dumas, su hermano de vida. Juntos levantaron restaurantes, hicieron programas de televisión, rieron y discutieron como viejos cómplices. “Era la persona más generosa y vital que conocí. Me dejó un vacío enorme, pero sé que algún día nos volveremos a encontrar”, decía sobre él.
Quienes lo conocieron saben que Ramiro no solo cocinaba: miraba. Miraba los árboles mientras manejaba despacio por Libertador, los detalles de cada mesa en sus restaurantes, las orquídeas que cultivaba para regalar a Mona. Creía que un plato no podía nacer del caos, que la armonía era la verdadera receta del sabor.
“De ninguna manera se puede ser cocinero si no hay vocación. La cocina es dura, muy esclava. Solo se sobrelleva con pasión”, repetía. Almorzaba tarde, prefería frutos de mar y vegetales, y vestía con un sello propio, cuidando hasta los tiradores que compraba a artesanos austríacos. La suya era una elegancia simple, casi ritual.
Ramiro Rodríguez Pardo murió ayer, a los 87 años. Deja un legado de platos, anécdotas y afectos. Pero sobre todo deja la certeza de que la cocina, cuando se hace con amor, puede ser el idioma más profundo para hablar de la vida.
Suscribite al newsletter de Para Ti
Si te interesa recibir el newsletter de Para Ti cada semana en tu mail con las últimas tendencias y todo lo que te interesa, completá los siguientes datos:


