Taller de celos y celados: cómo batallar contra una de las emociones tóxicas que impacta en la pareja

El periodista y psicólogo social pensaba que no era celoso hasta que un día se sorprendió hurgando a escondidas el cuaderno de una novia. Luego se dedicó a estudiar el tema e incluso a organizar talleres para celosos y celados.

Los celos, una emoción tóxica que atenta contra la pareja. Foto: 123 RF.


Pasé años creyendo que no era celoso, tal vez porque había olvidado las peleas que tenía con mi hermano cuando mi mamá le servía un milímetro más de flan con dulce de leche. O porque con mi primera esposa -la que, por aquello de que el amor tiene que ver con la química, me trataba como si yo fuera un deshecho tóxico- jamás tuve una pelea por celos.


Pero una vez liberado de mis primeras nupcias tuve la infeliz idea de salir con mujeres más jóvenes que yo, creyendo que allí encontraría mujeres de buen carácter, hasta que armé pareja con una locutora de radio mucho menor que yo. Nunca creí que esa relación fuera el punto inicial de la tesina para graduarme en Psicología Social. Cuando me inscribí en esa carrera lo hice para investigar los pactos psicológicos del público con la televisión -dilucidar las sinrazones por las cuales la gente reclama una programación televisiva mejor pero luego le da rating a las producciones que critica-. Pero cuando tuve que escribir el trabajo, mi profesora-guía me pidió que eligiera una temática menos mediática y que se pudiera trabajar en grupo.


¿Qué elijo?, murmuré preocupado. La noche que ella regresó a casa después de su primer día de clases universitarias se fue a dormir muy cansada. Yo me quedé en el living meditando sobre el objetivo de mi tesina (realmente no sabía qué tema investigar) cuando me encontré delante del cuaderno que ella había dejado sobre la mesa y mi mente fue sorprendida por una pregunta inesperada: “¿Habrá anotado ya el teléfono de algún compañerito de facultad?”. Y no pude evitar abrir la tapa del cuaderno y revisarlo. Cerré el mismo de golpe, colorado de vergüenza: ¿por qué hice esto?, me pregunté desorientado.


Buscando la respuesta a ese acto de celos vino todo lo que hice después. Por supuesto que presenté este tema a mi tutora-guía. Para mi sorpresa, lo aceptó y un año después creé un taller para celosos. Y un poco más tarde publiqué el libro “Los Celos En Los Vínculos Cotidianos”. Lo que había vivido se convertía en un espacio de reflexión para mí y para muchísimos otros.


Así, yo, sin planearlo, fui el coordinador -a partir del 2005- del único taller de reflexión y mutua ayuda de la Argentina que, creo, había en ese momento. Estaba dedicado a los celosos y a los celados. Se desarrolló en distintos ámbitos: en una Escuela de Psicología Social, en un Hospital Municipal, en un bar de un Shopping, en mi living, con entrada libre y gratuita, y se tituló Cuando Los Celos Te Carcomen.


Allí vimos que existían celos meramente individuales, relacionados con la historia personal de cada participante, cuyas parejas eran sustitutos imaginarios de imagos parentales o personajes fundantes de su pasado, y también, celos sociales, aquellos que tienen que ver con los códigos de una civilización que desde Adán y Eva entiende que la pareja, como lo dice la palabra, es de a dos, y él o lo tercero interfiere. No interesa si esa unión es heterosexual o es homosexual, la pareja es de a dos y punto.


Mi trabajo en el taller fue la autoconciencia y el desapego. Nunca le dije a alguien: “estás loco, tu esposa de ningún modo te va a engañar”, o “tu marido es un santo, jamás se va a enamorar de otra”. Porque no lo sabemos. Y aunque en grupo sugerimos la renovación de la palabra confianza (la confianza básica, no ciega, la confianza que permite el inicio de cualquier vínculo), la verdad es que no hay garantías.

Por eso, esa seguridad que se le reclama a los celosos no es la de que nadie los va a traicionar o abandonar, sino la seguridad de que lo van a poder soportar, como ya lo hicieron alguna vez.
 

Se habla siempre de los celos masculinos, a los cuales Shakespeare les dedicó un personaje, Otelo, un celoso que incurrió en violencia de género y cuya fama atraviesa los tiempos. Pero ¿quién se ocupa de los celos femeninos? ¿Y qué sentimos los varones frente a sus exabrupto. Si bien no es aconsejable generalizar y cada persona tiene su historia particular, su estructura psíquica individual, y su novela familiar inventada, digamos que las minas cuando se enamoran de un tipo inmediatamente se ven invadidas por los celos. Y cualquiera que distraiga la atención de él, sea por lo que fuere, les provoca la inevitable pregunta (consciente o no): “¿qué tendrá Ella que no tengo Yo?”.

La desconfianza incide directamente en los celosos. Foto: 123RF


Esta leyenda de que siempre hay una rival afuera y un sospechoso adentro es un partido que se juega solo en la mente femenina, donde se mezclan recuerdos de abandonos paternales, reales o no, anécdotas vividas con otras parejas, conceptos coagulados al estilo “los hombres son”. La falacia más común es: “si mi papá le fue infiel a mi mamá, entonces los hombres me van a engañar a mí”. Ante esto los varones sentimos castración, enojo, y empezamos a soñar con la Soledad, que tiene nombre de mujer pero no lo es.


En las reuniones de amigos, cuando se toca el tema de los celos, pareciera que las únicas celosas son las mujeres, siempre angustiadas inspectoras de bolsillos, agendas y teléfonos celulares, atravesadas por la desesperada obsesión de controlarlo todo en la vida de sus “bombones”. Muchas afirman que empezaron a ser así después de sufrir un engaño inesperado (de esta u otra pareja anterior) o desde que el papá abandonó a su mamá por otra mujer y no llamó nunca más.

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Los tipos, en cambio, se sienten incómodos por los cambios conductuales de la mujer moderna, la que trabaja, estudia, practica deportes, asegura tener amigos varones, baila y viaja sola, sin su macho fijo. De pronto algunos se angustian porque ella quiere hacer un curso de actuación teatral como si el presunto ladrón de su novia sólo pudiera hallarse en ciertos lados.


¿Solución? Un varón debería preguntarse todos los días al contemplar a la mujer que quiere: “¿ puedo vivir sin ella?”, “¿soy capaz de continuar mi existencia si me deja?”. Mientras la respuesta sincera sea sí, la convivencia será una comedia, y no una tragedia, y él le dará a ella libertad para que se inserte en la sociedad de manera creativa y evolutiva, y también él tendrá fuerza interior para decirle “adiós, querida”, en cuanto ella tenga una actitud confusa, equivoca o histérica con otro tipo, sea por lo que fuere.


A esa duda que carcome, a través de los celos, en el taller se la cambiamos por otra: ¿A quién veo yo en ese otro? Y discutimos otras diferentes. Y en mi caso, no solo trabajé aquellos celos primarios, primitivos, infantiles, sino que me planteé que el amor no es más que transferencia de imagos parentales sobre una persona, que no es cualquier persona, y hay que estar alerta ante los reclamos que vamos a hacerle.

Fuente: Luis Buero, periodista, guionista y psicólogo social.

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