Durante décadas, la palabra grasa tuvo mala prensa en la biomedicina. Asociada al exceso, la enfermedad y el riesgo, rara vez fue pensada como parte de la solución. Sin embargo, una línea de investigación reciente propone una idea tan disruptiva como esperanzadora: usar células del propio tejido adiposo para frenar el crecimiento de los tumores.
Lejos de “alimentar” al cáncer, ciertos adipocitos —las células especializadas en almacenar energía— pueden convertirse en competidores metabólicos tan eficaces que dejan a las células tumorales sin los recursos que necesitan para multiplicarse.
El talón de Aquiles metabólico del cáncer
Las células cancerosas crecen rápido y sin control. Para lograrlo, necesitan enormes cantidades de energía y nutrientes. Por eso, muchos tumores reprograman su metabolismo para absorber más glucosa, lípidos y otros compuestos del entorno.
Atacar esa dependencia es una de las grandes líneas de investigación actual. Estudios previos ya habían demostrado que activar la grasa parda —un tipo de tejido adiposo que quema energía para producir calor— puede ralentizar el crecimiento tumoral. El problema es que esta activación, por ejemplo mediante exposición al frío, no resulta práctica ni efectiva en todas las personas, especialmente en adultos mayores.
Reprogramar adipocitos para competir con el tumor
La nueva estrategia parte de una observación clave: los adipocitos no son simples depósitos de grasa, sino células activas, versátiles y relativamente fáciles de manipular.
Investigadores de la Universidad de California en San Francisco exploraron la posibilidad de aislar adipocitos mediante liposucción, modificarlos en el laboratorio y reimplantarlos en el organismo, un procedimiento ya conocido en cirugía reconstructiva.
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Al forzar la expresión de una proteína llamada UCP1, típica de la grasa parda, lograron que adipocitos blancos se comportaran como grandes consumidores de energía. Estas células “reprogramadas” queman glucosa y ácidos grasos a un ritmo tan alto que compiten directamente con las células tumorales.
El resultado fue contundente: cuando se cultivan junto a células cancerosas, el crecimiento del tumor disminuye de forma notable, incluso sin contacto directo. Solo la competencia por los nutrientes alcanza para frenar su avance.
Resultados alentadores, pero preliminares
Este enfoque también fue probado en modelos animales de cáncer de mama y páncreas. Al implantar adipocitos modificados cerca del tumor, la progresión de la enfermedad se ralentizó de manera significativa en comparación con los grupos control.
Además, la terapia ofrece una ventaja clave: puede activarse o desactivarse según sea necesario, lo que suma una capa importante de seguridad y flexibilidad.
Los investigadores incluso demostraron que los adipocitos pueden adaptarse para consumir distintos tipos de metabolitos, lo que permitiría personalizar el tratamiento según el perfil metabólico de cada tumor.
Un cambio de mirada sobre la grasa
El enfoque, conocido como trasplante de manipulación adiposa, recuerda a otras terapias celulares ya existentes, como las CAR-T. Su potencial radica en que utiliza procedimientos conocidos y células del propio cuerpo.
Aun así, se trata de una investigación preclínica. Falta saber cuántas células serían necesarias en humanos, cuál sería su seguridad a largo plazo y cómo interactuarían con el organismo en su conjunto.
Más allá de su aplicación futura, el hallazgo deja un mensaje potente: la grasa deja de ser solo un problema para convertirse en una posible herramienta terapéutica. Y nos recuerda que, a veces, entender mejor al cuerpo abre caminos inesperados.
En el Día Mundial contra el Cáncer, esta investigación suma algo más que datos: suma esperanza.
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