Iván tiene 25 años. Es no verbal, está en el espectro autista y tiene discapacidad intelectual. Y este año, por primera vez, escribió su nombre.
Un cuaderno lleno de "Ivanes", de intentos, de trazo en trazo, hasta que apareció: Iván. Completo. Suyo. Ese cuaderno es una de las cosas más elocuentes que he visto en mucho tiempo, y no tiene una sola palabra convencional de éxito.
Cada 2 de abril el mundo habla de autismo. Se encienden luces azules, se publican estadísticas, se comparten infografías. Y está bien. Pero el autismo no es un día al año: es una condición del neurodesarrollo que acompaña a la persona a lo largo de toda su vida. Eso lo saben muy bien las familias que lo viven adentro, no desde afuera.

Ramiro tiene 22 años. También está en el espectro y tiene discapacidad intelectual. A veces le cuesta enormemente expresar lo que quiere, lo que desea, lo que siente. Esa dificultad puede desregularlo, frustrarlo, aislarlo. Pero Rami les enseñó a los suyos algo que ningún manual anticipó: que con información, con empatía, con respeto y con los apoyos correctos, no hay ninguna diferencia que tenga que ser una barrera.
Iván y Rami tienen nombre y tienen historia porque hay personas que eligieron contarlas. Pero detrás de ellos hay miles que no aparecen en ninguna columna: chicos y chicas que esperan turno en listas de espera interminables, adultos que quedaron afuera del sistema educativo antes de que alguien creyera en ellos, familias que navegan solas sin información ni red de contención. El autismo tiene muchas caras, y la mayoría no se están señalando todavía.

Iván, por su parte, hoy puede hacer algo que se llama lectura global: si le pedís que señale dónde dice "tele" entre un grupo de palabras sin imágenes, lo señala. Se comunicaba —y se comunica— a través de un comunicador con salida de voz. Pero ahora también hay letras. Las suyas.
Lo que el autismo enseña, si uno se permite aprenderlo, es que los tiempos no son universales. Que el progreso no siempre se mide en años escolares ni en hitos esperados. Que confiar en una persona —confiar de verdad, sin condiciones de por medio— es en sí misma una forma de apoyo. Y que podemos aprender toda la vida: los que enseñan y los que acompañan, tanto como quienes son acompañados.
En momentos difíciles como los que atraviesa la Argentina, las familias que acompañan a personas en el espectro autista sienten el peso del contexto más que nadie. El cansancio frente a la falta de apoyos y a las barreras es comprensible. Un cansancio que se mezcla con la angustia y la preocupación por el futuro, especialmente cuando los padres ya no estén. Pero también es cierto que mucho de lo que hoy existe —los apoyos, los espacios, los derechos— fue posible porque alguien decidió no bajar los brazos cuando hubiera sido más fácil hacerlo.

Así fue como, en 2010, Soledad, mamá de Ramiro, y Carina, mamá de Iván, decidieron fundar Brincar con la convicción de que la mejor respuesta frente a las barreras es colectiva: unirse a otros para lograrlo juntos.
Esa historia de perseverancia silenciosa merece ser recordada y, sobre todo, merece seguir escribiéndose.
Este 2 de abril no alcanza con encender una luz. Alcanza con informarse. Con abrirse a la neurodiversidad. Con preguntar qué necesita el de al lado. Con entender que cuando se dan oportunidades reales, todas las personas tienen algo para demostrar y para dar.
Un cuaderno lleno de "Ivanes" lo prueba. Y también lo prueban todos los cuadernos que todavía no conocemos.
Soledad Zangroniz es presidente y Carina Morillo, vicepresidente – Madres fundadoras de Brincar
La Fundación Brincar por un Autismo Feliz es una organización sin fines de lucro de Argentina dedicada a mejorar la calidad de vida de las personas con Trastorno del Espectro Autista (TEA) y sus familias. Su enfoque abarca desde la detección temprana hasta la vida adulta, centrándose en las habilidades y sueños de cada individuo.