Olvidar el nombre de un actor, no recordar dónde dejamos las llaves o ir a buscar algo a la cocina y no saber para qué fuimos. Estas situaciones son frecuentes y pueden ocurrir a cualquier edad. Muchas veces están asociadas al estrés, al cansancio o a la distracción.
Sin embargo, con el paso del tiempo, especialmente a partir de los 60 años, estos olvidos empiezan a generar preocupación. Y es importante saber que no todos tienen el mismo significado.
Olvidos normales vs. trastornos cognitivos
Los llamados “olvidos benignos” son aquellos que no interfieren en la vida diaria. Por ejemplo, olvidar nombres, extraviar objetos o tener dificultades momentáneas para recordar algo que luego aparece.
En cambio, cuando los olvidos se vuelven más frecuentes, más intensos o empiezan a impactar en la rutina, es necesario prestar atención. No es lo mismo olvidar el nombre de una calle que no recordar dónde vivimos, ni perderse en un lugar desconocido que no poder volver a casa.
En los trastornos cognitivos leves, el deterioro es mayor y, con el tiempo, puede empezar a interferir en las actividades cotidianas. A diferencia de los olvidos benignos, muchas veces la información no se recupera.
De todos modos, la línea entre ambos no siempre es clara y la única forma de diferenciarlos con certeza es a través de una evaluación médica.
Qué hábitos ayudan a cuidar la memoria
La prevención cumple un rol clave en la salud cognitiva. Existen pequeños cambios en la rutina diaria que pueden marcar una gran diferencia a lo largo del tiempo.
Uno de los pilares es el control de los factores de riesgo, como la hipertensión, la diabetes y las alteraciones del colesterol. Detectarlos y tratarlos a tiempo, junto con una alimentación saludable, ayuda a proteger el cerebro.
La actividad física, especialmente la aeróbica, también es fundamental: mejora la calidad de vida, favorece la liberación de endorfinas y contribuye a prevenir el deterioro cognitivo.
A esto se suma la estimulación mental. Leer, estudiar, hacer talleres de memoria, resolver crucigramas o aprender nuevas habilidades mantiene activa la mente y fortalece las conexiones neuronales.
También son clave las actividades placenteras y sociales: bailar, ir al cine o al teatro, compartir con otros. La interacción social mejora la autoestima, evita el aislamiento y tiene un impacto directo en la memoria. La soledad, en cambio, puede favorecer el deterioro cognitivo.
Qué señales deben alertar a la familia
Para los familiares, es fundamental estar atentos a cambios que se vuelven progresivos o más marcados. Si los olvidos aumentan, se repiten o comienzan a afectar la autonomía, es importante consultar.
El primer paso es una evaluación médica. El geriatra puede realizar test cognitivos como el Minimental o el MoCA, que permiten evaluar memoria, atención, lenguaje, orientación y otras funciones.
A partir de allí, pueden indicarse estudios complementarios, como análisis de laboratorio o una resonancia cerebral, y eventualmente una evaluación neurocognitiva más profunda o la interconsulta con neurología.
El diagnóstico suele ser multidisciplinario y es clave para determinar el tratamiento adecuado en cada caso.
La importancia de actuar a tiempo
Los trastornos cognitivos pueden tener múltiples causas, algunas reversibles si se detectan precozmente. Por eso, la consulta temprana es fundamental.
En paralelo, incorporar hábitos saludables, mantenerse activo física y mentalmente, y sostener vínculos sociales no solo ayuda a prevenir, sino que también mejora la calidad de vida.
Cuidar la memoria es, en definitiva, cuidar la autonomía, el bienestar y la conexión con los demás.
Asesoró Gabriela Fabiana Berkowski. Médica especialista en clínica médica y Geriatría MN80474




