La segunda tanda de desfiles del sexto día de Argentina Fashion Week volvió a confirmar algo: la moda argentina no tiene una sola voz, sino muchas formas de decir.
En el Palacio Libertad, la pasarela se transformó en un recorrido por universos muy distintos, pero igual de potentes. Desde el brillo profundo de lo nocturno hasta la fuerza del cuerpo y la funcionalidad urbana, cada colección propuso una forma distinta de habitar la moda.
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Ana Mejía: un viaje profundo en clave azul

Con “Zafiro”, Ana Mejía construye una colección que se siente casi como una experiencia. Todo gira en torno al azul, pero no a uno solo: hay matices, profundidades y destellos que recuerdan al cielo nocturno y a la luz filtrándose sobre superficies delicadas.

Las siluetas se vuelven etéreas y sofisticadas gracias a materiales como el tul bordado, la seda, el satén y el terciopelo. Cada textura suma una capa de sentido, mientras los bordados en pedrería capturan la luz y generan un efecto casi hipnótico.


Los detalles —plumas, flores en 3D, acentos en dorado y plateado— no son accesorios: son parte del relato. La colección se mueve entre lo liviano y lo estructurado, entre lo delicado y lo imponente, con una elegancia que no necesita exagerar para hacerse notar.




Jessica Córdoba: el poder de la silueta

“Diosas de Oro” no deja dudas desde el nombre. La propuesta de Jessica Córdoba se apoya en una idea clara: celebrar la fuerza y la sensualidad femenina desde un lugar de lujo y presencia.

Las siluetas son protagonistas. Cortes sirena que se ajustan al cuerpo, volúmenes estratégicos y líneas que remarcan la figura construyen una estética que mira de frente, sin timidez.


El dorado aparece como símbolo y como lenguaje. No solo aporta brillo, sino también carácter. Cada look transmite seguridad, una forma de elegancia que no busca suavizarse, sino afirmarse.






Marisa Marana: la elegancia de lo que se usa

Con “Urbana”, presentada dentro de su desfile Piscis, Marisa Marana propone una moda que se conecta directamente con la vida real. No hay artificio innecesario: hay prendas que se piensan para ser usadas, vividas y reinterpretadas.

La superposición es clave. Poplin, algodón, gabardinas y lanas se combinan en capas que generan movimiento y profundidad, mientras la paleta —azules, bordeaux, marrones, negros y grises— refuerza esa idea de atemporalidad.


También aparece la noche, con piezas en shantung y organza bordada que suman sofisticación sin perder coherencia con el resto de la colección.


Después de 55 años de trayectoria, Marana no busca reinventarse desde el ruido, sino desde la certeza: diseñar ropa que perdure. Que encuentre a su mujer y la acompañe.






