La historia de Máxima Zorreguieta es de esas vidas que parecen ordenadas cuando se miran desde lejos, como si todo hubiera estado escrito desde el principio. Pero hubo decisiones que no fueron fáciles, caminos que se torcieron, historias que no terminaron como se esperaba.
Antes de convertirse en reina, antes de ese momento en que su nombre empezó a decirse con solemnidad, hubo otra vida, más inquieta, más desordenada, más humana. Una vida que no avanzaba en línea recta, sino a fuerza de movimientos, de elecciones, de pequeños quiebres que, en su momento, no parecían significar demasiado.
Nació en una familia atravesada por una historia compleja, una de esas situaciones que no siempre se dicen en voz alta pero que dejan una marca silenciosa en la forma de estar en el mundo. Desde chica, algo en ella parecía empujarla hacia adelante, como si quedarse no fuera nunca una opción del todo posible.
Cuando su madre, María de Carmen Cerrutti, la trajo al mundo, su padre, Jorge Zorreguieta, estaba aún casado con su primera mujer. Este hecho, el de ser "una hija natural", impidió a Máxima escolarizarse en una iglesia católica, cosa que, a la larga, le vendría bien porque acabaría estudiando en un prestigioso centro británico, el Northlands School, donde compartió aula con la mujer que acabaría presentándole a su futuro esposo.
Tal vez por eso, cuando aparecieron los primeros amores, no hubo en ellos esa idea de permanencia que otros buscan. Tiziano Iachetti fue el primero, un amor joven, natural, de esos que acompañan una etapa. Pero la vida empezó a exigirle más: estudio, trabajo, una dirección propia. Y Máxima eligió avanzar, incluso si eso implicaba dejar atrás lo que ya conocía.
A Iachetti lo conoció en la secundaria y lo dejó cuando empezó con las prácticas en Mercado Abierto S.A., una financiera de un amigo de su padre. En ese momento, Máxima cobraba 1.5000 dólares al mes.
Después vino Max Casá, una historia breve, casi liviana, como si todavía estuviera probando versiones de sí misma sin decidirse por ninguna. Pero el verdadero cambio llegó cuando apareció Federico de Alzaga, descendiente del virrey.
Con él, el mundo se volvió más amplio, más estructurado, más cercano a ese universo donde las cosas parecen tener un lugar definido. Por primera vez, el amor se mezcló con una idea concreta de futuro.
Y ella quiso ese futuro. Tanto que lo puso en palabras, sin rodeos, como quien entiende que algunas decisiones no se pueden postergar: o avanzaban hacia algo definitivo, o se terminaba. Le dijo: "fue ella quien lo planteó como un ultimátum: "nos casamos, o me voy". Se fue... rumbo a los Hamptons.
Nueva York la recibió en los años 90 con ese ritmo que no permite quedarse quieto. Era una ciudad hecha de oportunidades y de vértigo, de jóvenes que querían abrirse camino en el mundo financiero, de veranos en los Hamptons donde el calor parecía mezclarse con la ambición.
Pero incluso en ese escenario donde todos parecían buscar lo mismo, Máxima se movía con otra lógica. No era solo cuestión de estar en el lugar correcto, sino de entender cómo moverse dentro de él. Aparecía en casas donde no todos podían entrar, se relacionaba con personas que ya estaban un paso más adelante, como si intuyera, incluso sin decirlo, hacia dónde quería dirigirse.
"Máxima llegó a la casa de Raúl Sánchez Elía, el más adulto del grupo, el que más plata tenía y con una casa espectacular con salida a la playa. Tuvo suerte. O fue astuta. No sé", compartió una testigo de aquellos días.
Pero tampoco fue ahí. Nunca terminaba de ser ahí. Y si uno mira hacia atrás, podría pensar que eran historias inconclusas, intentos fallidos. Pero hay algo en la forma en que se encadenan que dice otra cosa. Cada relación, cada ruptura, cada decisión de irse parece empujarla un poco más lejos, como si la vida se fuera acomodando sin que ella tuviera que forzarla.
Luego se fue a vivir con dos amigas al barrio neoyorquino de Chelsea. Y una de ellas le presentó al siguiente millonario de su vida, Orlando Muyshondt, salvadoreño, pensativo, surfer, de brillante pedigrí y, en un tiempo récord, ex novio.
Ese verano, Máxima se instaló en la casa del rey de la vida nocturna de la ciudad, Marc Biron. Una villa que Biron alquilaba a sus groupies, los "latin trash" de los que formaba parte Máxima, y que se conocía en la zona como "The animal house". Había un jacuzzi donde se practicaba el nudismo y se servía alcohol hasta el alba.
Al enterarse de esta situación, Orlando decidió que no era oportuno presentar formalmente a Máxima a su familia, y cuando ella lo supo, decidió romper la relación.
Las biografías no oficiales de la reina consorte de los Países Bajos aseguran que durante un tiempo fue la pareja de un noble británico llamado Christopher. Fue una relación breve y tras esa ruptura, su amiga Cynthia Kaufmann le propuso conocer a dos candidatos en Sevilla, uno guapo y uno rico.
Máxima fue. Porque siempre iba. Y en ese gesto, en esa disposición a moverse, a probar, a no quedarse quieta, estaba todo. Ahí conoció a Guillermo. No era el más obvio. No era perfecto. Tenía incluso algo torpe, como eso de bailar mal que después se volvería casi entrañable. Pero fue distinto. O quizás no distinto: definitivo. El resto de la historia ya se conoce.


